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Viernes 29 de enero de 2010| por Columna de Sergio Benavides
Cuando el oficial Steven Spiro atrapó a Mark Chapman en un callejón cercano al edificio Dakota de Nueva York, luego que éste le disparara cinco balazos a John Lennon, fueron pocas las posesiones con las que encontraron al perturbado asesino. Arriba de la cómoda del cuarto en el que durmió la noche anterior al suceso, el 7 de diciembre, estaba el libro "El guardián entre el centeno" (también llevaba uno consigo cuando lo capturaron) y una Biblia abierta en el Evangelio según San Juan, al que Chapman le agregó con letra manuscrita "Lennon" (evangelio según John Lennon). Desde entonces, la prensa y algunos investigadores se dedicaron a especular cuál fue la influencia del texto de Salinger en la muerte del ex beatle.
Chapman tuvo cuadros esquizoides y aseguró que, en su mundo interior, unas voces de pequeños habitantes de su cabeza lo llamaban a asesinar al músico. En tanto el libro alimentaba esa decepción del joven enviciado de tabaco, decepción y alcohol. Un muchacho que no crece y que tiene miedo e inconformidad ante la sociedad, además de estar envuelto en una depresión nerviosa. Hay quienes aseguran que Chapman sintió revelaciones con respecto al texto, sin embargo, algunos estudios develaron que no existían vínculos con la muerte.
Y es que Holden Caulfield, el protagonista y narrador de la historia no asesina a nadie. Sin embargo, y más allá de la mirada superficial, es efectivo que Chapman duplica conductas del desencantado protagonista. Entra a un cuartucho de hotel parecido al de la novela y se acompaña sólo de una prostituta con vestido verde buscando compañía. Igual que Holden. Y aunque luego Chapman se cambia al Sheraton, lo hace a una habitación con el número 2730 (el mismo número que aparece en el libro).
Ambos terminaron encerrados. Y si Holden se despide desde un siquiátrico, Chapman lo hizo en la cárcel, donde la sociedad (ni los jueces) le perdonan la osadía. ¿Coincidencias? Puede ser, pero al menos el ejercicio existió y se comprueba en el juicio, donde el asesino declaró. "He puesto el último clavo en el ataúd de los años sesenta. Era una trampa. No quería su autógrafo, quería su vida. Y terminé obteniendo ambas cosas. Había una voz en mi cabeza diciendo 'hazlo, hazlo'. Lean 'El guardián entre el centeno'. Allí están todas las respuestas. Léanlo y lo comprenderán todo".