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15 años del caso Lewinsky: Las manchas imborrables en un vestido azul

15 años del caso Lewinsky: Las manchas imborrables en un vestido azul

El affaire entre Mónica Lewinsky y el Bill Clinton, permanece fresco en la memoria del mundo. Mientras el ex Presidente de EEUU trata de que todo se olvide en pro de la carrera de su esposa, la ex becaria se debate eternamente entre sacarle partido a la situación o rehacer su vida en paz.

Domingo 1 de septiembre de 2013 | por Felipe Castro + Sigue a La Nación en Facebook y Twitter

Han pasado 15 años desde que la sociedad estadounidense posara sus ojos en el despacho Oval de la Casa Blanca. Las razones nada tenían que ver con política, economía o la decisión sobre si invadir o no algún lejano país: el presidente de la nación, Bill Clinton, había manchado esos republicanos metros cuadrados teniendo sexo con la becaria Mónica Lewinsky.

Mancha es una metáfora apropiada para describir cómo en la memoria de una sociedad que goza del morbo, permanecen vivas las palabras de William Jefferson Clinton que declaraba, con una mano sobre la Biblia, “yo no tuve relaciones sexuales con esa mujer”, apuntando a la, en esos días, estudiante recién graduada de sicología de 25 años.

Si para Clinton, tener sexo oral no significa tener relaciones sexuales, pues allá él. Pero en la mente de todo el mundo permanece, lo haya visto no, la imagen de un vestido azul con la mancha opaca dejada con el semen del hombre más poderoso del mundo, que fue usada como prueba física del romance.

CÓMO RESISTIRSE A UN ASCENSO


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Monica Samille Lewinsky nació en San Francisco el 23 de julio de 1973, del matrimonio de un oncólogo y una escritora, que terminó con una fuerte batalla judicial.

El año 1995 la muchacha robusta y de rostro agradable, recién graduada de sicología, consiguió una beca para trabajar en la Casa Blanca. Durante su pasada por la sede de gobierno, que terminó en 1997, mantuvo 9 encuentros sexuales con el Presidente.

En el juicio se supo que los encuentros de Lewinsky con Clinton consistían simplemente en practicarle sexo oral en el despacho Oval de la principal residencia de Washington. Si eso puede ser considerado un affaire, un romance o una relación sexual, es tema de discusión hasta estos días.

Nunca sabremos si la muchacha se dejó llevar por el viejo precepto que ve en la felación una rápida forma de ascender en el lugar de trabajo, sin trabajar tanto. La defensa de Bill, en tanto, uso la excusa de que él “no hizo” y más bien “se dejó hacer”, para argumentar que se trataba casi de un pasivo –y privilegiado- observador.

Por las razones que fueran, Lewinsky comenzó a jactarse de sus encuentros con la secretaria Linda Tripp, quien comenzó a grabar las conversaciones. Cuando ya tenía suficiente, hizo entrega del sabroso material a Kenneth Starr, un abogado designado por el mismo Clinton para integrar la Oficina de Consejeros Independientes y que terminó elaborando la acusación que se hizo conocida como “Informe Starr”.

El resto es el juicio, la prensa y el escándalo. La negación también, que termina contradiciendo al mandatario con un chorro de ADN seco en la manga de un vestido azul, que nunca visitó la lavandería.

EL DIFÍCIL ARTE DE OLVIDAR

Bill Clinton la sacó relativamente barata. Relativamente, ya que pese a que corrió el riesgo de ser impugnado y seguir el mismo camino que Richard Nixon –abandonar su mandato por culpa de una  “garganta profunda”- finalmente el Congreso decidió no impugnarlo por sus acciones, entre las que se encontraba la obstrucción a la justicia.

Terminó su segundo Gobierno en 2001, para ser reemplazado por George W. Bush. Los problemas de Estados Unidos serían, desde el 11 de septiembre de ese mismo año, mucho más grandes que una mamada en la Casa Blanca.  La reputación de Clinton se debatía entre la de una especie de ídolo porno para algunos, mientras que los más conservadores, capaces de perdonar bombardeos e invasiones por petróleo, jamás olvidarán que su presidente engañó a su mujer y le mintió al país por un romance de oficina.

Por su parte, la Lewinsky pasó a formar parte de la cultura pop estadounidense y –digámoslo- mundial. Hasta en una tienda de calcetines y ropa interior en el centro de Santiago, un locatario bautizaba unas portaligas “listas para la acción” con el apellido judeo-alemán de la becaria.

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Desde que salió de la Casa Blanca, la muchacha de ojos verdes sacó provecho de la situación y después de las respectivas y bien pagadas fotos en Playboy, además de una autobiografía por la que recibió 1,5 millones de dólares,  se convirtió en diseñadora de bolsos (1999), lanzó su propia línea de productos para adelgazar (2000) hasta que en 2003 llegó a la máxima decadencia presentando un Reality Show.

Dando bote estuvo hasta que se trasladó a Londres a estudiar un Master y en 2006 se titulaba en Sicología Social en la London School of Economics. Se dice que al recibir su diploma el aplauso fue largo y cerrado, como una suerte de gesto de desagravio después de que todo el planeta la apuntase con el dedo.

MANCHAS Y GRABACIONES

A comienzos de agosto de este año el escándalo estuvo a punto de reflotar cuando la prensa estadounidense publicó una grabación de audio inédita de Monica Lewinsky, supuestamente de noviembre de 1997, posterior a la relación que mantuvo con el Presidente Bill Clinton. La ex becaria de la Casa Blanca, según la grabación, intenta seducir a Clinton y de convencerlo a que se encuentren.

La prensa dio con el paradero de la hoy sicóloga social de 40 años en Londres, pero ella se negó a dar entrevistas. En marzo, en tanto se le pudo retratar elegantemente vestida saliendo de un restaurante. Clinton, por su parte, intenta sepultar esta historia en pro de la carrera de su esposa Hilllary, que se proyecta como el nombre más fuerte de los demócratas para las próximas elecciones presidenciales estadounidenses.

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Poco antes, en junio, un camisón negro que pertenecía a Mónica Lewinsky era uno de los artículos subastados en Los Ángeles, como parte de un lote de 32 objetos que formaban parte del material examinado como evidencia potencial por el equipo del fiscal Kenneth Starr, previo a la imputación contra Clinton en 1998.

Habían muchas prendas de vestir de la becaria: además del camisón largo y negro, una blusa de seda verde, chaqueta y pantalones.

El famoso vestido azul con restos del semen del Presidente Clinton no formaba parte del lote.

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