
Domingo 22 de noviembre de 2009| por Ral Sohr
En Washington se libra un duro debate sobre qué hacer en Afganistán. Hasta ahora los militares han exigido más tropas. Pero no responden a una pregunta urgente: ¿cómo salir de un país en el que están empantanados desde que lo invadieron en 2001? Desde entonces, con una presencia de fuerzas de la OTAN superior a los cien mil hombres, la situación empeora para las fuerzas occidentales.
La confirmación en la Presidencia de Hamid Karzai no cumplió con los mínimos requisitos de una formalidad democrática. En rigor, Karzai actuó como un político tradicional afgano que supo hacer valer la fuerza por sobre otras consideraciones. A Karzai ni por un momento le inquietó haber ganado las elecciones mediante un gigantesco fraude. Tal fue la magnitud de la manipulación electoral que sus aliados extranjeros se vieron forzados a negarle la victoria en la primera vuelta electoral. Su principal rival, Abdullá Abdullá, exigió algunos cambios para la segunda vuelta como el reemplazo del presidente de la Comisión Electoral. Karzai no aceptó ninguna de las peticiones, lo cual culminó con la renuncia de su adversario. Así, luego de una elección que todos coinciden en señalar como una farsa, Karzai obtiene un nuevo período de cinco años. Si el objetivo del tortuoso proceso electoral fue conseguir un gobierno legítimo y, más importante aún, con legitimidad ante los 32 millones de afganos, el resultado es un desastre. Los ganadores netos de la agitación política son los talibanes que denuncian que Karzai es un títere de las fuerzas invasoras. Cualquiera que haya leído sobre Afganistán sabrá que su pueblo indómito, con una formidable tradición guerrera, ya dio cuenta de los ingleses y los rusos. La mera presencia de fuerzas militares extranjeras constituye una agresión para el grueso de una población alérgica al cambio y a las influencias foráneas.
La idea que es posible instaurar una democracia con características occidentales en una sociedad tribal, gobernada en vastas regiones por señores de la guerra, peca de ingenuidad o, si se prefiere, es una arrogancia concebida a miles de kilómetros de distancia. Hasta cierto punto la ignorancia de las condiciones locales es lo que ha permitido el avance de los insurgentes. No faltan los analistas afganos que señalan que los talibanes no son tan fuertes, sino que el gobierno es muy débil. Luego del fiasco electoral el gobierno será más débil aún. Una señal de advertencia, de la mayor seriedad, es lo ocurrido cuando un miembro de la policía afgana mató a cinco soldados británicos. El incidente deja en claro las dificultades de la "afganización" de la lucha contra los talibanes. Las esperanzas de una salida de las fuerzas de Estados Unidos y la OTAN pasan por la capacidad de delegar, en forma creciente, las tareas militares y policiales a los afganos. Pero si los talibanes han conseguido infiltrar o influir a las fuerzas regulares y de orden, todo el proceso queda en suspenso.
Una muestra categórica de la ausencia de control del gobierno y las tropas de la OTAN es el incremento de la producción de opio. En la actualidad Afganistán tiene un virtual monopolio de la producción de los opiáceos. Según un reciente informe de Naciones Unidas, el país es responsable de 92 por ciento de las drogas fabricadas a partir de las adormideras, que alcanzan un valor de marcado de 65 mil millones de dólares y abastecen a unos 15 millones de adictos. El informe señala que cerca de cien mil personas mueren cada año como resultante de este tráfico. Ninguna otra droga causa tal número de víctimas fatales a nivel internacional. La inoperancia y corrupción de los guardianes del orden afganos hacen que las fronteras del país estén abiertas. Apenas dos por ciento de la producción de opiáceos es incautada. El grueso de la droga llega a los mercados internacionales luego de circular por Pakistán.
Éste no es un fenómeno nuevo. Con un par de años de operaciones de la CIA, tras la invasión soviética a Afganistán, en 1979, la frontera afgano-paquistaní se convirtió en la mayor productora de heroína, capaz de satisfacer el 60% de la demanda mundial. Según el analista estadounidense Alfred McCoy: "Efectivos de la CIA controlaban el comercio de heroína. A medida que los mujaidines capturaban territorios en Afganistán, ordenaban a los campesinos que plantaran opio como parte de un impuesto revolucionario. Al otro lado de la frontera, en Pakistán, bajo la protección de la inteligencia paquistaní, producían heroína en cientos de laboratorios". En 1985, el ex director de la CIA para operaciones en Afganistán, Charles Cogan, admitió que la CIA había sacrificado la guerra contra las drogas a favor del combate en el marco de la guerra fría: "Nuestra misión principal era infligir el máximo daño posible a los soviéticos. No teníamos realmente los recursos o el tiempo para dedicarnos a investigar el tráfico de drogas. No creo que debamos disculparnos por esto. Cada situación tiene sus consecuencias indeseables (...). Las hubo indeseables en término de drogas, sí. Pero el objetivo principal se cumplió: los soviéticos salieron de Afganistán". La huella local de la explosión de los cultivos de heroína quedó a la vista con el trágico aumento de los adictos: en Pakistán había una pequeña cantidad en 1979, pero para 1986 ya había 650 mil; en 1991 eran tres millones y en 1999 los heroinómanos eran cinco millones. Muchos de los que hoy denuncian la corrupción y la ingobernabilidad de la región cosechan el caos que crearon. //LND