
Domingo 4 de octubre de 2009| por Diego Moulin / Columnista LND
Los seguidores de "Dónde está Elisa?" estamos con un gusto amargo en la boca. Ya conocemos el final de la teleserie, tenemos la certeza -como muchos sospechábamos- de que Consuelo es la asesina de su sobrina, y además sabemos que matará a su esposo, Bruno Alberti, pero que finalmente sobre ella caerá el férreo brazo de la ley. Con la revelación de La Tercera del desenlace de culebrón de TVN, se fueron a las pailas las largas horas invertidas en seguir la telenovela nocturna más exitosa de la historia nacional. Lamentablemente, muchos no pudimos evitar la tentación suicida de abrir las páginas del diario, pese a que sabíamos que el suspenso se acabaría, que se esfumaría esa pulsión que nos mantuvo pegados durante meses a la TV de lunes a jueves. Ahora las noches de la semana no tienen el mismo sabor. Yo continúo viendo la teleserie, pero todo es distinto; si me invitaran a comer fuera de casa ya no tendría mayores problemas en aceptar.
Sin embargo, más que los fieles telespectadores, fue el canal estatal quien reaccionó con mayor indignación frente a la filtración. Al día siguiente anunció a los cuatro vientos que interpondría una querella contra quienes resulten responsables de la captura y difusión ilegal de imágenes de la teleserie. No pongo en duda la legitimidad jurídica de la demanda, pero creo que si TVN mira las cosas con perspectiva no tiene de qué quejarse. Durante meses, la estación pública usufructuó de la ingente cobertura que la prensa hizo de la historia del secuestro y muerte de la colegiala del barrio alto, que se convirtió en el caso "policial" que más titulares y portadas ha acaparado en el último tiempo. El fenómeno Elisa no es explicable sin ese aporte promocional de diarios y revistas, el que, obviamente, contó con la complicidad y simpatía del canal 7, que aceptó anteriores revelaciones sin hacer tanta escandalera. Es cierto que La Tercera sobrepasó un límite al publicar escenas clave del final de la teleserie, pero la culpa no es del chancho sino de quien le da afrecho.
Para sobrevivir en el competitivo mundo de hoy, muchos medios escritos han debido metamorfosearse en periódicos de televisión. El fenómeno lo analizó hace ya más de 10 años el sociólogo Pierre Bourdieu -un enemigo declarado de la pantalla chica-, quien veía con desolación cómo muchos diarios serios y prestigiados renunciaban a sus atributos diferenciadores, aumentando el espacio dedicado a la imagen en desmedro del texto y dando mayor cobertura a temáticas atractivas comercialmente pero triviales, como la farándula. En Chile esa tendencia está consolidada. Hay periodistas que reportean viendo TV, informando de cada una de las polémicas, berrinches y pelambres que suceden delante y detrás de las cámaras, como si fueran hechos de un valor noticioso incalculable. Cualquier cosa es válida para lograr un golpe periodístico, incluso el gastar algunos miles de pesos en un informante que provea las imágenes exclusivas de un programa exitoso, como al parecer sucedió con la filtración de "Dónde está Elisa?". Los sabuesos de la prensa -todos lo sabemos- son implacables cuando se trata de llegar a la verdad, aunque sea la verdad de un simple espacio televisivo de ficción.