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  B. B. King: El Rey sigue punteando

  Aunque hace tres años ya comandaba su "gira de despedida" por Europa, esta vez la cosa parece que va en serio: el último bluesman que brotara desde el delta del Mississippi se presentará en el país por petición expresa. La emoción aún no se va. Lucille espera ser tocada nuevamente.

Domingo 14 de marzo de 2010| por Marcos Moraga L./ La Nacin Domingo

Había que llevarlo a coscorrones para que fuera a la iglesia. Sacarlo a tirones de la cama de domingo, el único día en que las manos podían descansar -si es que- de la cosecha del algodón. Hasta que llegó un nuevo reverendo, el reverendo Archie, quien por primera vez puso una guitarra eléctrica en sus oídos, ahí cerca del delta del Mississippi. Riley B. King tenía siete años. Bastaron seis cuerdas y un amplificador a tubos para convertirlo en creyente de la palabra eléctrica. Hoy es maestro. Había que arrastrarlo a la iglesia, casi como hay que arrastrarlo a un avión.

B. B. King le tiene pánico a volar. Así es y así siempre ha sido. No es poca cosa que haya accedido a timbrar su pasaporte por última vez. "Además, no hay muchas mujeres que soporten a un bluesman viajero", dijo a la revista Esquire hace tres años, mirando por sobre sus hombros sus dos matrimonios terminados y la infinidad de mujeres de las que sólo guarda canciones. El último de los viejos bluesman se presenta el 27 de marzo en el Teatro Caupolicán desde las 21 horas.

Será la última oportunidad de verlo actuar, al menos en el país. Según la producción del concierto, el bluesman quería despedirse del público latinoamericano y accedió a sobrevolar la región para desenfundar a Lucille en Argentina, Brasil y Chile.

En fuego

B. B. King viene saliendo de una gira invernal en que compartió escenario con otro maestro casi contemporáneo: Buddy Guy. (Sus coetáneos, como Muddy Waters o Howlin' Wolf, ya están todos bajo tierra). En 2008 publicó un nuevo disco, lleno de material original, "One kind favor", acompañado del gran productor T. Bone Burnett, marcando su regreso a un sonido más rural, más cercano a sus inicios.

Es una ruta tremenda para un niño que hasta hoy desconfía de sus "dedos tontos", que partió a buscar a su primo Bukka White para que le enseñara a tocar el blues y como nunca pudo, adaptó una técnica lenta, de notas solitarias que se sostienen sin prisa, que se levantan y deforman, que se quiebran en un staccato cuando la emoción lo requiere. Un joven que se enamoró del sonido arrastrado de la música hawaiana, que grabó con Sam Phillips cuando ni existían los estudios Sun Records, que metió 74 temas en el Billboard antes de 1985 y que -cuando las leyendas del blues comenzaban a replegarse- llevó su guitarra a las grandes audiencias con "The thrill is gone", que no es de su autoría (la escribieron Roy Hawkins y Rick Darnell) pero que ya es como su firma.

Más temprano en sus días, King era capaz de desafiar hasta el fuego. Era cerca de 1951, según ha relatado él. Dos tipos se trenzaron a combos en el público mientras él se estaba presentado en una boite de Nueva Orleáns. La camorra dio vuelta una estufa de parafina. La casa ardió y todos corrieron. Afuera, King se acordó de su guitarra y entró a rescatarla. Casi muere. Después se enteró que la muchacha en disputa de los dos peleadores se llamaba Lucille. Así bautizó sus guitarras en adelante.

Hoy, King está soltando el acelerador. Tiene diabetes. Bajó su insano ritmo de giras (342 noches tocando en 1956). La guitarra que sostiene es la Lucille número 16. La 17 se la regaló la Casa Gibson para su cumpleaños número 70 y ni la toca. La mira, pero no la toca. Fue por petición expresa que viene a Sudamérica, y aunque a Chile no llegará en su mítico bus -lo usará para algunas fechas en Brasil- aún está dispuesto a arriesgar el pellejo por un último adiós.

"Tengo un excelente equipo médico", dijo a la revista Esquire: "Está el doctor. Viagra, el doctor Cialis y la enfermera Levitra. Me mantienen… emm…, derecho".

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