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  Barbas largas en Afganistán

  La ruta de salida, anticipada por Obama, es la "afganistanización" del conflicto. Es decir, transferir en forma creciente las responsabilidades políticas y militares a los afganos. Esto es fácil de decir pero muy difícil de ejecutar. Si el país carece de cohesión nacional cuesta vislumbrar fuerzas armadas que velen por los intereses del conjunto de la nación. Estados Unidos intentó "vietnamizar" la lucha en Vietnam del Sur. Pero lejos de conseguirlo, se vio envuelto en forma creciente en la guerra con más y más tropas.

Domingo 25 de octubre de 2009| por Ral Sohr

Muchos afganos han dejado de afeitarse. Los talibanes exigen, conforme a sus credos religiosos, que los hombres dejen crecer sus barbas. Las mujeres, por su parte, deben cubrir sus cuerpos y rostros con las burkas. La incertidumbre política ha llevado a los más cautos a cumplir con los preceptos religiosos de los fundamentalistas.

Las dudas sobre el futuro del atormentado país no pueden más que aumentar. Occidente jugó sus cartas políticas por la consolidación del gobierno del Presidente Hamid Karzai. Ésta no fue una apuesta programática ni tampoco una opción ideológica. Simplemente era la figura capaz de garantizar una alianza de amplio espectro. De entrada, Karzai es un pashtún, o sea pertenece al grupo mayoritario que representa al 42 por ciento de los 32 millones de habitantes.

El bochorno de las últimas elecciones presidenciales retrata a Karzai de cuerpo entero. Se estima que un tercio de los votos computados a su favor fueron producto del fraude. Uno de los mecanismos utilizados para inflar su votación fue la compra, con dineros fiscales por cierto, de votos a jefes tribales que arrastraban tras de ellos a sus numerosos leales. El otro expediente consistió en llevar urnas que ya contenían votos a su favor. Esto produjo que en muchas partes aparecieran más votos que votantes. Así Karzai logró algo más de 50 por ciento de la votación, lo que le evitaba pasar a una segunda vuelta. Es obvio que el Presidente entendió las elecciones como un clásico ejercicio de muestra de control sobre el conjunto del país. Estados Unidos y sus aliados de la OTAN buscaban otra cosa: arriesgaron las vidas de sus tropas para establecer un gobierno que ganase el respeto de la mayoría de la población. Ésta es una condición esencial para frenar el avance de los talibanes. La guerra que se libra en el país asiático no es por territorios. El campo de batalla determinante es la voluntad de los afganos. Son ellos quienes, en definitiva, determinarán el derrotero de su país.

El escenario político actual es poco prometedor para Occidente y los propios afganos. Karzai ha sido derrotado por partida doble. A las denuncias en su contra por fraudes y nepotismo -su hermano ha estado envuelto en una serie de negociados-, ahora se suma la evidencia irrefutable de la manipulación electoral. Ello, a tal punto que fue forzado a admitir una segunda vuelta electoral. Otra elección es una pesadilla para la población y para las fuerzas de la OTAN, pues ambas quedarán expuestas a los ataques talibanes. Karzai ha perdido todo prestigio, y tenía ya muy poco, de cara a la opinión pública occidental. Éste es un asunto serio, dado que hay un rechazo creciente al envío de más tropas para luchar en Afganistán. Frente a sus compatriotas ha quedado como un títere. Después de hacer trampa y luchar a brazo partido por hacerla valer ha debido acatar la voluntad de sus mentores.

Es comprensible que el Presidente Barack Obama cavile sobre qué hacer. Las elecciones pasadas mostraron que Afganistán está tan lejos como siempre estuvo de un sistema democrático occidental. La guerra contra los talibanes es justificada por Washington como una necesidad de seguridad nacional: si vencen los talibanes volverá a proliferar Al Qaeda, con el peligro que ella representa. Hay estrategas que cuestionan esta premisa y proponen negociar con facciones de los talibanes y fijar la mira en los hombres de Osama bin Laden. Pero cualquiera sea la estrategia que adopte Estados Unidos, debe contener pasos para concluir el conflicto y así poder retirarse.

La ruta de salida, anticipada por Obama, es la "afganistanización" del conflicto. Es decir, transferir en forma creciente las responsabilidades políticas y militares a los afganos. Esto es fácil de decir, pero muy difícil de ejecutar. Si el país carece de cohesión nacional cuesta vislumbrar fuerzas armadas que velen por los intereses del conjunto de la nación. Estados Unidos intentó "vietnamizar" la lucha en Vietnam del Sur. Pero lejos de conseguirlo, se vio envuelto en forma creciente en la guerra con más y más tropas. Obama, que con sus asesores han estudiado la experiencia de Vietnam, sabe los peligros que le acechan si despacha más fuerzas. Entretanto, sus generales en el terreno le exigen refuerzos tal como en su tiempo lo hicieron en Vietnam. Cuantos más hombres comprometa más difícil puede resultarle salir. Es cierto que es una guerra heredada del gobierno del Presidente George W. Bush. Pero a partir de las decisiones venideras será cada vez más una guerra de Obama, con los costos políticos que ello entraña. Ello, en especial frente a su electorado que es menos tolerante a las aventuras bélicas que el de su antecesor en la Casa Blanca. Es tan cierto aquello que se sabe cómo empiezan las guerras pero nunca se sabe cómo terminarán. //LND

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