
Domingo 31 de enero de 2010| por Tato Tagliani
Mi dealer de películas de porno tiene una fijación con nuestros hermanos afroamericanos. "Los negros son todos unos calientes, andan todo el día tirando", sostenía el muy hocicón. Su tesis, explicaba, siempre tiene que ver dos cosas: la primera, es de proyección: su admiración por dioses del porno como ManDingo o Lexington Steele, alias "El empalador". "Son todos así, son una raza privilegiada y cachera", fundamentaba. Y lo segundo, quizás aventurado, pero a lo menos discutible, estaba fundamentado con un aspecto ambiental un poco más considerable. "Es la calor", decía.
Y me quedé pensando.
"Con la calor la gente se pone caliente", justificaba el dealer.
La conexión verano+calor=sexo es milenaria. Según el traficante de películas, es cosa de mirar hacia el Caribe y hasta una viejuja es un ser rebosante de sensualidad.
Así que mejor dejé de escucharlo y me acordé de una paciente.
Se llamaba Úrsula
Era bonita.
Y demasiado caliente.
Úrsula, a quien su mamá le puso así por Úrsula Andress, y le cargaba llamarse como "una vieja", contaba que durante el verano se convertía en una pirinola sexual. Pese a que tenía 25 años, acumulaba una cantidad de encuentros sexuales estivales de toda índole. Fellatios detrás de las rocas, paraguayas en la playa y sexo duro en el bosque. Era una auténtica ayuda para incrementar esa estadística que indica que el 80% de los adolescentes tiene su primera relación sexual durante estos meses.
En su primera gira de estudios ya se había servido y desvirgado a varios compañeros. Y en el resto de los paseos, siempre se las ingeniaba para recibir placer. Y recibir placer para ella, era también entregarlo. En el bus, siempre se iba sentada con el chico que más le atraía. Esperaba que la tropa de pelotudos de sus compañeros se instalara al fondo a beber huichipirichi (vino con jugo de piña en polvo), para ponerse los audífonos sin volumen, abrirle el cierre al muchacho, agarrar su miembro y comenzar con el movimiento: arriba y abajo; abajo y arriba, con diversas velocidades, mientras el otro se aguantaba de gemir. Si alguien le hablaba ella contestaba, se reía e incluso lanzaba alguna broma a lo lejos. Pero nunca, jamás, separaba su mano del pene de su galancete, quien siempre terminaba con los pantalones mojados, temeroso de que alguien lo fuera a descubrir.
Pero en la noche, como los viajes siempre eran para el norte, los roles se intercambiaban. Bajo una frazada, existía la rutina: él introducía religiosamente hasta dos dedos en la vagina lubricada de su compañera. "Siento una bolita al fondo", le decía el ansioso joven, en referencia al mismísimo cuello del útero. Úrsula cerraba los ojos, se mordía la lengua, sentía la presión y se reía. De su boca ardiente no salía ni media palabra.
Con los años, esta rubia de un metro sesenta y cinco, delgada, sin mucha pechuga, pero con un trasero portentoso, onda vikinga, amplificó su mito. En una especie de hibernación, de abril a octubre prácticamente pasaba inadvertida. Pero con los primeros calores de octubre, despertaba de su madriguera y con más de 28 grados a la sombra volvía a la vida. Si no tenía sexo se masturbaba dos veces al día, gentileza de un consolador que yo mismo le receté. Y cuando follaba, gozaba con hacerlo con las ventanas cerradas, sin ventilador, y lamiendo cada parte del saladísimo cuerpo de su compañero, antes de ser penetrada.
El calor a Úrsula no la agobiaba sino que la excitaba. Como a todos, la concentración de testosterona en su sangre aumentaba debido al exceso de estímulos lumínicos, hecho que incide directamente en el acrecentamiento de la libido. También se metía un par de meses al gimnasio para cultivar su cuerpo. Y luego aprovechaba de ponerse falditas cortas, poleras diminutas y hasta salir sin ropa interior de su casa, si es que preveía algo de acción. Eso era, precisamente, lo que más valoraban sus compañeros de entorno, quienes la trataban de "ninfómana", pero que alucinaban como enfermos con tanto roce veraniego. Y fueron los mismos que sufrieron cuando la rubia con aspecto vikingo se fue a vivir a Ecuador, buscando el calor para mantener su inconmensurable apetito sexual durante todo el año.
En estos días en que por culpa del calor (o "la calor") todos parecen andar atontados, hay que privilegiar algunos aspectos. Uno puede cumplir finalmente todas las fantasías sexuales pensadas en lugares al aire libre (vertederos, muelles, canales de regadío). Y lo otro es que cuando tenga relaciones con su musa o su galán y esté sufriendo por la temperatura, pueda incorporar el elemento mágico: el hielo, y así estimular creativamente diversas zonas a través del frío. Consejo: tome el cubito con la boca y recorra todas las áreas de la humanidad de su compañero(a). Pase por la espalda y deténgase ahí, presionando el hielo contra la piel. Llegue a las orejas y quédese un buen rato en el cuello. Luego el ombligo, las piernas, los tobillos y con ayuda de su lengua explore hasta donde quiera. Si el cubito se le derrite pronto, quiere decir que usted es una persona caliente y que los días de verano serán fabulosos.