
Viernes 20 de noviembre de 2009| por Ral Sohr / Columnista LN
Desde hace algunas décadas se observa una larga marcha de empresas occidentales a China. Allí les espera una mano de obra barata, bajísimas exigencias laborales y medioambientales. Además, en muchos casos, se trata de una puerta de acceso a uno de los más suculentos mercados de consumidores. Tan atractivas son las condiciones que entre las 500 principales empresas europeas, más de 40% han trasladado algunos de sus servicios o unidades productivas a Asia. La aritmética empresarial es simple: en EEUU la hora de trabajo, consideradas las cargas sociales, es en promedio de 21,11 dólares la hora, en tanto que en China es de apenas 0,67 centavos por el mismo lapso.
Uno de los rasgos centrales de la globalización ha sido (aún es, aunque a un ritmo más moderado), el masivo proceso de relocalizaciones. Estos desplazamientos causan enormes impactos sociales y políticos en las economías de los países desarrollados. Han desaparecido o se han reducido muchas industrias metalmecánicas, astilleros, empresas petroquímicas, textiles y otras. Un país detrás de otro, China, Indonesia, Vietnam, entre muchos, se suman a los ofertantes de mano de obra barata y en apariencia infinita. Es un proceso que hasta la crisis financiera desatada en 2008 solía movilizar alrededor de 40 mil millones de dólares anuales. Numerosas empresas que no siguieron esta tendencia, por ejemplo la francesa de electrodomésticos Moulinex, simplemente quebraron, porque sus competidores tomaron demasiadas ventajas fabricando productos a unos precios más competitivos.
Lo notable es que ahora son empresas chinas las que comienzan a buscar emplazamientos más convenientes para sus plantas. Uno de los enclaves de los inversores asiáticos es Egipto y, en especial, la zona franca de Puerto Said, en el extremo norte del Canal de Suez, donde ya operan 950 empresas chinas que representan una inversión de 300 millones de dólares. Una de las compañías es el Grupo Textil Nilo, de capital chino, que emplea a 600 personas de las cuales 80% son egipcios y 20% chinos. El Cairo permite la importación de materias primas sin impuestos ni aranceles a condición de que los productos manufacturados sean exportados. El grupo Nilo importa 60% de sus insumos para la confección de vestimenta de bajo costo. La casi totalidad de la producción tiene como destinatario a EEUU. La gran ventaja para los empresarios está en la etiqueta, que en vez de decir "Made in China", dice y efectivamente es "Made in Egypt". Esto libera a los productores de todas las restricciones de cuotas de importación que rigen en diversos mercados. Se benefician además de las franquicias que Washington da a Egipto en materia de exportaciones textiles.
Es tal el volumen de las exportaciones del país asiático que muchos gobiernos buscan proteger a las industrias textiles nacionales, fuentes del escaso empleo manufacturero en países menos desarrollados, con aranceles o acuerdos voluntarios de cuotas de importaciones. En la actualidad en las grandes tiendas europeas y estadounidenses, incluso con las marcas de mayor prestigio, buena parte de sus exclusivos modelos son manufacturados en China. En los países desarrollados el déficit que muchos registran en su comercio con China los lleva a exigir un freno al aluvión de mercaderías orientales. Y para los fabricantes chinos de poco sirven sus ventajas en costos si no tienen acceso a los consumidores. Entonces, no es la falta de mano obra criolla, ni costos inferiores en otros países, lo que los lleva a relocalizar. Los empresarios chinos, como todos sus congéneres del resto del mundo, buscan el lucro e irán donde sea necesario para conseguirlo.