
Domingo 27 de septiembre de 2009| por Libio Prez
Desde la noche del martes, el depuesto Presidente hondureño Manuel Zelaya duerme en un colchón inflable a ras de piso en el escritorio principal de la embajada de Brasil en Tegucigalpa. Al corpulento y legítimo gobernante de la nación centroamericana le acompañan casi un centenar de sus partidarios, algunos familiares y unos pocos funcionarios de la legación diplomática, cercada por unos dos mil militares. Con el agua racionada, los baños saturados, cortes intermitentes de luz, los teléfonos bloqueados y con escasos alimentos, el ambiente dentro de la embajada es crítico. Tanto como en toda Honduras, que vivió bajo toque de queda por tres días seguidos.
Al menos dos muertos, decenas de heridos y más de un millar de detenidos ha dejado la represión policial que se desató desde el momento mismo en que Zelaya hizo su aparición, el martes pasado, en la embajada brasileña y millares de sus simpatizantes comenzaran a salir a las calles en apoyo al Presidente depuesto el 28 de junio. El Presidente de facto, Roberto Micheletti, resintió el golpe que le propinó Zelaya con su regreso clandestino y las masivas movilizaciones que se desataron en los alrededores de la representación diplomática, en el sector más pudiente de Tegucigalpa, en los barrios populares y en el interior del país.
"La represión que ha sufrido la resistencia en su larga lucha contra el golpe de Estado es sorprendente, por la furia desatada, el odio manifiesto y la violencia implícita: golpean con tubos de metal que han sustituido los tradicionales toletes de madera, utilizan palos con clavos para que los golpes sean más certeros, atacan en grupos, arrasan con mujeres, jóvenes y niños, se ensañan con los más indefensos, arrastran por el suelo a los jóvenes que detienen y se los llevan con rumbo desconocido", relata la economista y socióloga Leticia Salomón, investigadora del Centro de Documentación de Honduras, al describir la forma en que ha actuado la policía militarizada en los casi 90 días desde que Zelaya fuera arrestado, sacado en pijamas y expulsado a Costa Rica. Esa represión, agrega, se ha agudizado desde el retorno del gobernante depuesto.
Zelaya, que no se despega de su teléfono celular para hablar con sus colaboradores, que permanecen fuera de la embajada y a la cabeza de la resistencia, ha insistido en que su regreso a Honduras tiene como objetivo firmar los Acuerdos de San José, negociados por el Presidente costarricense Óscar Arias y que establecen el retorno al poder del Mandatario legítimo y la convocatoria a elecciones, entre otras medidas para normalizar el país. Y está dispuesto a dialogar.
Micheletti -que en un primer momento descartó que Zelaya estuviera en Honduras- dijo que acepta un diálogo, pero que el regreso del Presidente depuesto a su cargo está fuera de discusión y que debe reconocer como legítimas las elecciones programadas para el 29 de noviembre. Es un diálogo de sordos, porque no existe ningún puente entre Zelaya y Micheletti. Por eso la prueba de fuerzas está en las calles de Honduras.
Pero Micheletti está más débil, no sólo porque la resistencia no ha dejado de movilizarse en 90 días de gobierno de facto, sino también porque el aislamiento internacional de los golpistas no ha cedido. El diálogo de sordos podría terminar en los próximos días, cuando la delegación de la OEA, con el propio secretario general José Miguel Insulza a la cabeza, y un grupo de cancilleres (de América Latina y España), busquen una negociación que permita una salida a la crisis que se agrava con el correr de los días. Porque la prueba de fuerzas es asimétrica: las movilizaciones pacíficas de apoyo a Zelaya chocan con los cuerpos armados del ejército y la policía bajo el control de Micheletti.
Dentro y fuera de la embajada
"El Presidente (Zelaya) y las personas que se encuentran en la embajada de Brasil se han convertido en blanco de la irracionalidad golpista, situación que se expresa en la intensificación de sonidos, ruidos intensos asociados con activación constante de fusiles, marchas de pelotones, iluminación intensa dirigida a la embajada. Este comportamiento irracional es indicativo de la desesperación asociada con la etapa final de un proceso en el que ellos (los golpistas) han salido perdedores", cuenta Leticia Salomón, para describir el ambiente externo a la legación diplomática.
Dentro de la sede diplomática, el estrés se acumula. El periodista André Conteris, del informativo estadounidense "Democracy now", estuvo en la embajada brasileña para entrevistar a Zelaya y relató que quienes han estado refugiados ahí, por lo menos hasta el jueves cuando se levantó el toque de queda, "permanecen en condiciones inhumanas", duermen en el suelo y llevaban días sin bañarse ni cambiarse de ropa. Se alimentan con galletas envasadas y la única comida diaria era un plato de arroz con frijoles. La escasa alimentación la está proporcionando la oficina local de la ONU.
A la crítica vida al interior de la embajada, se agrega la incertidumbre diaria sobre la posibilidad de que el Ejército o la policía emprendan una operación de allanamiento del lugar. Han salido algunos partidarios de Zelaya en grupos pequeños, que fueron arrestados apenas cruzaron los límites de la sede bajo inmunidad diplomática. Pero el temor mayor es que se produzca una operación que busque arrestar o asesinar al propio Presidente depuesto, como él mismo ha alertado. Micheletti ha descartado una y otra vez un posible ingreso a la embajada de Brasil, donde Zelaya buscó refugio por consejo del Presidente venezolano Hugo Chávez (ver recuadro).
Afuera las cosas no eran distintas para la población. Tres días de toque de queda causan estragos. Mientras grupos organizados de zelayistas luchaban en las calles -en desobediencia al estado de excepción- con barricadas y fogatas en una decena de puntos de la capital de manera ininterrumpida por casi 72 horas, otros grupos saqueaban tiendas y supermercados en busca de alimentos. La presión era tal, que el régimen de facto suspendió el miércoles el toque de queda por cinco horas, para que la población saliera a comprar alimentos, pero no había dinero.
La economía hondureña está literalmente paralizada desde que regresó Zelaya y pierde unos 40 millones de dólares diarios. Según informes oficiales, las reservas del Banco Central hondureño han caído en un ocho por ciento en menos de una semana. Los analistas estimaban que el sistema financiero será puesto en jaque una vez que los bancos abran sus puertas y se produzca una masiva afluencia de público a retirar fondos en dólares. En Tegucigalpa casi no hubo circulante durante toda la semana, el comercio y los bancos estuvieron cerrados en acatamiento al toque de queda. Las reservas internacionales en los últimos diez días han caído hasta los 2.230 millones de dólares.
Pero la crítica situación económica se arrastra y agudiza desde hace tres meses, cuando Zelaya fue depuesto y al aislamiento internacional de los golpistas se sumó la suspensión de créditos y ayuda de Estados Unidos y Europa. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) hizo lo mismo, al acatar las resoluciones de la OEA y Naciones Unidas. Desde el golpe de Estado del 28 de junio, Honduras ha perdido unos 200 millones de dólares de inversión. Que no es poco para un país que tiene un PIB de 14.100 millones de dólares.
En tres meses, Micheletti no pudo consolidar su régimen, las elecciones de noviembre están cuestionadas incluso por la ONU, que esta semana suspendió su asistencia técnica por "considerar que no existen condiciones para la realización de comicios creíbles", según un comunicado difundido el miércoles por el secretario general Ban Ki-moon, que también manifestó su preocupación por el deterioro creciente al respeto a los derechos humanos. Como si fuera poco, la crisis ascendió al Consejo de Seguridad de la ONU, que el viernes puso en tabla la crítica situación hondureña y condenó los "actos de hostigamiento a la embajada" de Brasil. Zelaya, aunque sitiado, mantiene en jaque al golpista. //LND
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El activo papel de Lula y el retorno clandestino En Itaramaty -la Cancillería de Brasil- dicen que el Presidente Luiz Inácio Lula da Silva no tenía información alguna sobre las intenciones de Manuel Zelaya de regresar clandestinamente a Honduras. El lunes 21, mientras volaba hacia Nueva York para participar en la Asamblea General de la ONU, el Mandatario brasileño recibió una llamada de un alto funcionario de la Cancillería. El funcionario le relató que, en Tegucigalpa, una diputada zelayista junto a Xiomara Castro, la esposa de Zelaya, habían solicitado la autorización del gobierno brasileño para que el Presidente depuesto pudiera ingresar a la embajada y recibir refugio diplomático. El encargado de negocios de la embajada brasileña en la capital de Honduras recibió la petición de las dos mujeres, quienes se quedaron en el lugar mientras esperaban la respuesta. El funcionario intentó hablar con el canciller Celso Amorim, pero éste ya estaba en Nueva York, por lo que llamó a Itaramaty, desde donde pudieron hablar con el avión de Lula, que en ese momento se encontraba junto su asesor internacional, Marco Aurelio García. De inmediato Lula autorizó que Zelaya entrara a la embajada, lo que se materializó apenas una hora después. Según diplomáticos, Zelaya escogió la representación brasileña por consejo del Presidente venezolano Hugo Chávez, con quien había estado hasta el domingo pasado. "Chávez consideró que la embajada brasileña era el lugar más seguro para Zelaya", dicen los diplomáticos en Brasil, ya que Lula ha jugado un papel relevante en las presiones contra el régimen de facto, pero al mismo tiempo mantiene distancia de la retórica que Chávez ha usado para apoyar al Presidente depuesto. Según los brasileños, Zelaya y Chávez consideraron que las embajadas de otros países eran menos seguras y que difícilmente Micheletti se atrevería a incursionar en territorio brasileño. Una vez que Lula confirmó que Zelaya estaba en la legación diplomática, hizo saber a Micheletti que no aceptaría que fuerzas policiales violaran la inmunidad de su embajada y que el Presidente depuesto contaba con la protección del gobierno de Brasil. Lula reiteradamente ha insistido en que nada tuvo que ver con el regreso clandestino de Zelaya y su entorno no duda en apuntar a Chávez. Las versiones sobre cómo Zelaya ingresó a Honduras son varias. El propio gobernante depuesto dijo que entró por la frontera terrestre con El Salvador, en una caminata de más 15 horas, con el apoyo de campesinos y burlando los controles policiales. Con el correr de los días, Chávez entregó su propia versión. En Nueva York dijo que Zelaya ingresó en la maleta de un auto conducido por dos de sus partidarios y que logró traspasar 20 controles policiales. En El Salvador, en tanto, circuló la versión de que un avión con matrícula venezolana procedente de Nicaragua aterrizó sin autorización la noche del domingo pasado, que incluso fue multado por no respetar las órdenes de la torre de control del aeropuerto salvadoreño de Comalapa. Luego de estar un par de horas, despegó con rumbo desconocido. La prensa salvadoreña dijo que desembarcó un pasajero: Zelaya. Las mismas versiones indican que, en el terminal aéreo, Zelaya era esperado por altos dirigentes del ahora gobernante Frente de Liberación Farabundo Martí (FMLN) y un grupo de diputados. El Presidente salvadoreño Mauricio Funes dijo ignorar de qué forma y por dónde Zelaya ingresó a Honduras, aunque admitió que estuvo en su país la noche del domingo, pero precisó que ese mismo día partió en el avión venezolano con rumbo desconocido. Por cierto, hay quienes creen que Zelaya pudo haber aterrizado en alguna pista clandestina de Honduras. |