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Sábado 4 de febrero de 2012| por Felipe Mardones
En pleno apogeo de los solistas nacionales hace un par de años, Ricardo Santibáñez debutó en 2010 con el apodo de Geosónica y el disco Extrapolar (Independiente), un trabajo de pop discreto y que mezclaba programaciones electrónicas con la tendencia acústica de la época.
Después de 2 años, el autor oriundo de Osorno vuelve con El influjo (Independiente), una demostración de su gusto por la producción de estribillos memorables, aunque con marcados vicios en su relato.
Algo que caracteriza a las 12 canciones de este álbum es la variedad de instrumentos que las sostienen; a la tradicional guitarra se suman baterías, percusiones, saxo, y otros arreglos que prueban la evolución del cantante a la hora de estructurar sus composiciones, logro que abre una notoria brecha en comparación a su debut.
Buenos ejemplos son “Vidas paralelas”, “Mil horas”, “Panamá” y “París”, cortes ricos en sonidos y en los que el chileno escarba con destreza en sus historias íntimas.
Pese a estos momentos, en el disco también abundan narraciones zigzagueantes que no consiguen dar coherencia a la poesía de Geosónica. Así sobran las ensoñaciones y los versos románticos conectados mediante rimas toscas, tal como se escucha en “Fuego, casas y recuerdos”, “Parque” o “Nuestra luna”.
Por tanto, la poca claridad de los motivos del cantante -evidentemente amorosos, pero hilados a la fuerza- hacen que gran parte de este repertorio insista en menciones obvias sobre las relaciones, la melancolía o la alegría.
En conclusión, las referencias sentimentales que aparecen una y otra vez en el disco impiden que las buenas melodías de El influjo salgan bien paradas. Esos tropiezos hacen del osornino un creador en crecimiento, pero aún atorado en un estilo –que al menos en Chile- ya está sobrepoblado.