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Crítica de teatro: “El otro”, un proceso inconcluso

Crítica de teatro: “El otro”, un proceso inconcluso

Una experiencia singular e interesante presenta la compañía Niño Proletario: muestra las conductas afectivas en la vida de las parejas que, al mismo tiempo, son pacientes psiquiátricos.

Viernes 10 de agosto de 2012| por Leopoldo Pulgar Ibarra

Es posible afirmar que “lo teatral” es un factor insuficiente en este montaje, incluso si se considera que se trata de una experiencia escénica no convencional.

Pero antes, las cosas concretas de “El otro”, un trabajo que se inspira en el libro “El infarto del alma”, de la fotógrafa Paz Errázuriz y la escritora Diamela Eltit, que rastrea la presencia del amor en la vida de las parejas que habitan el Hospital Psiquiátrico de Putaendo. Una referencia que también acoge la compañía Niño Proletario que dirige Luis Guenel (“El Olivo”).

La obra se presenta en un amplio recinto que parece ser una fábrica desmantelada. Lugar rudo, frío, impersonal, de contornos irregulares en el que destacan tuberías en desuso. El recinto está lejos de lo glamoroso y sirve para introducir a un mundo de marginalidad. Entre la utilería destacan una mesa, un par de sillas, una ducha improvisada con mangueras… Los actores y actrices lucen vestuario cotidiano, descolorido y pobre.

Desde el comienzo, se observa en escena a un elenco que se desplaza casi coreográficamente, casi siempre a distancia entre unos y otros, según una pauta previa. Son pocos los momentos de convergencia y en los que agrupan. El tiempo cronológico, fuerte en su monotonía, pesa sobre el escenario y entre los espectadores (en realidad, juega a favor y en contra). Hay un ritmo cadencioso y un pulso musical ininterrumpido. También quiebres violentos y reacciones sorpresivas…

Recursos expresivos

El elenco (José Soza, Paola Lattus, Greta Nilsson,  Eduardo Soto, Rodrigo Velásquez, Daniel Antivilo y Carolina Cifras) actúa roles diferenciados entre sí y, generalmente, sin conexión con los otros, incluso cuando se constituyen las parejas. El elenco conserva sin errores la matriz catatónica, repitiendo siempre un movimiento base.

Dos son los recursos expresivos primordiales en esta producción: el gesto corporal que define a cada actor-personaje; y el universo sonoro y musical compuesto por Jaime Muñoz, de gran protagonismo. La banda somora es monumental y apabullante. Es rica en matices industriales, a veces sigue o persigue uno o más movimientos, acoplándose o adelantando el gesto humano. Hay sonidos musicales armoniosos, ruidos molestos… También silencios que valorizan el conjunto escénico.

No hay textos en boca del elenco, sí frases que se proyectan en los muros y que trasportan lo que busca enfatizar la obra, el amor. La primera es “Me enamoro”.

En conjunto, actores y actrices muestran en escena ciertas conductas catatónicas que develan ante el espectador un mundo desconocido o que no se quiere conocer, ciertamente pobre y abandonado, del que conviene mantenerse alejado.

Actores-personajes

A través del gesto corporal que dispone cada uno se van delineando los actores-personajes. Junto con sugerir que cada actitud particular obedece al trauma que provocó su locura, el gesto corporal personal equivale a una respuesta instintiva del ser humano en condiciones extremas, lo que permite la sobrevivencia.

El instinto no se pierde en estas condiciones precarias y emerge rompiendo incluso la reiteración catatónica. En este sentido, lo sensual y el amor se expresan dislocados, pero físicamente, sin perder su carácter reiterativo, en relación a las personas y a las cosas, a la conservación de la existencia. Los desnudos femeninos y ponerse bajo ducha equivalen a un grito por la vida y la sensualidad. Aunque la única realidad parece ser la afirmación del otro a través de la negación de uno mismo.

En todo este trayecto, el elenco de actores, algunos de ellos de gran y experimentada trayectoria, como José Soza y Eduardo Soto, construyen sus pequeños universos personales a través de la repetición de un movimiento. El carácter catatónico del gesto, perturbador por definición, pone al espectador al borde de un abismo en su intento de comprender sus significados. La misma aproximación contradictoria que tiene quien se haya atrevido a visitar un psiquiátrico en nuestro país y compartir con sus asilados.

En este sentido, las imágenes que propone la obra forman parte de una propuesta que no pretende narrar una historia personal o colectiva, algo casi imposible por la distancia física y afectiva en que se ubican los personajes. Sí equivale a un muestreo de conductas que conforman una realidad global al interior de un psiquiátrico, donde la ternura está presente como un eslabón afectivo pilar de la vida en estado de abandono, escaso en la “vida real”.

Desde este punto de vista, si se considera que lo dramatúrgico no se desarrolla y se presenta como un proceso inconcluso, la obra exhibe mejor la desconexión de los habitantes del psiquiátrico con el mundo externo y menos como reservorio de “resistencia” respecto de la sociedad actual.

(Factoria Italia. Bilbao 497. F: 9 679 2189 / 9 570 5002. Jueves, viernes y sábado, 20.30; domingo, 20.00. $ 5.000 y $ 3.000. Jueves populares, $ 3.000).

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