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Viernes 15 de junio de 2012| por Leopoldo Pulgar Ibarra
La dramaturga norteamericana Lisa D’Amour es la autora de esta obra que da otro golpe al mito del "sueño americano", publicitado como panacea para incorporarse a un mundo mejor. “Detroit” (en la imagen) es una historia típicamente urbana, condición que refleja con delicadeza una escenografía (diseño de Valentina San Juan y Catalina Aguilar) que construye sobre el escenario, en maquetas, la fachada de las casas y las calles de la villa en que viven los personajes de la obra. Más atrás se levanta el jardín del hogar de los protagonistas, buenos ciudadanos de clase media, aparentemente de vidas muy sólidas.
Allí sucede la tragedia contemporánea que padecen cuatro seres humanos que alguna vez saborearon la publicidad engañosa de un sueño que se transformó en pesadilla.
La compañía Teatro Sub (“Más allá de la terapia”, “Machote futbolero”), dirigida por Pierre Sauré, desarrolla con precisión una obra más bien intimista, a puertas cerradas, cuyos personajes muestran-esconden emociones y sentimientos.
Cierto recelo y lecturas entrelíneas se advierten desde que los protagonistas reciben a los nuevos vecinos quienes, desde el comienzo, desentonan en ese ambiente pulcro por la forma desastrada de vestir. En especial, por el gesto corporal permanente de Sharon (bien reflejado por la actriz Cristina Aburto), que sugiere violencia contenida, y el rictus de amargura en su rostro. Ofrece un gran contraste con la soltura de los anfitriones y el deseo de éstos de ayudar a los visitantes que vienen saliendo de terapias de rehabilitación del alcoholismo y las drogas.
El asado de recepción, más bien pobre, es un indicio de que algo anda mal, lo que se revela cuando el trago suelta lenguas, temores y pudores. En realidad, los cuatro se encuentran con problemas de subsistencia y de trabajo, mientras ocultan una frustración insana a punto de reventar. Pronto se sabrá que las condiciones económicas han cambiado, que el endeudamiento los tiene con la soga al cuello, que sin trabajo estable la vida cómoda no puede continuar. Y directa e indirectamente se cuestiona el sistema que provoca este desastre.
Entre tanto, en la villa parece continuar todo con normalidad. Este detalle se resalta a través de una linda vecina que corre por las calles y que increpa con violencia a Sharon cuando, en una ocasión, ésta obstaculiza su carrera.
El director, en el transcurso del relato, deja que el espectador asista al proceso de ir destapando poco a poco a estos cuatro personajes, sus realidades íntimas, lo que piensan, sienten y sufren. Así, sin estridencias, ellos mismos parecen sorprenderse por sus propios descubrimientos, sin dejar de lado el tremendo desencanto y la gran frustración que los domina.
En este trayecto la composición musical de Daniel Marabolí opina, envuelve y zamarrea a los protagonistas, contribuyendo a crear un ambiente más global, de lo íntimo a lo espectacular.
Un quinto personaje ingresa a escena en la parte final de la obra. Desarrolla un monólogo que busca reconstruir cómo era la vida en el barrio antes de la crisis. Y lo hace sin dramatizar, con cierta resignación y nostalgia, un gesto sereno que, a través de la sonoridad y credibilidad de la voz del actor Regildo Castro, subraya la fuerza y sentido de este montaje.
(Matucana 100. Ju. a sá., 21.00; do., 20.30. $ 4.000 y $ 2.500; ju., $ 2.000. Hasta el 1 de julio)
Seguramente en un escenario más amplio los integrantes del grupo Tercera Vía se sentirían más cómodo al momento de ejecutar sus coreografías revisteriles. Pese a ello, la obra “Colectivo 3” se esfuerza por reconstruir un mundo poco conocido y lograr dos objetivos: dar paso a la nostalgia a través del tradicional espectáculo de las plumas y los brillos en cuerpo de mujer, inexistente en Chile; y, al mismo tiempo, pulsar la sensibilidad social antidiscriminación mostrando en unas cuantas pinceladas la vida en el sector de los travestis y homosexuales de una cárcel santiaguina.
Porque lo glamoroso y tragicómico de este montaje se cruzan con la dureza de la vida real, combinación contradictoria y vital que fluye sobre el escenario por canales testimoniales.
En el centro de la obra destaca, sin dudas, la legendaria vedette Maggie Lay. Encarna a Perla, la protagonista de un grupo que habita la calle 3 del presidio y que prepara un acto artístico como parte del festejo de aniversario del penal.
Con la dirección de Luis Galán, actor que integra también el elenco, el montaje se construye con canciones, bailes, coreografías y mucho sentido del humor. Y aunque el soporte de los chistes y relatos, mayoritariamente, hablen de malas experiencias, nunca se abandona la esperanza y la alegría.
El valor de esta obra no debe buscarse en el plano formal ni en la escritura misma, sino en instalar con claridad lo testimonial, a través de la descripción de situaciones discriminadoras concretas y/o la evocación de alegrías vividas, siempre experiencias personales. Aquí nadie alude a fantasías, sino a vida real, a lo que sucede en la calle y en el penal, a la manera en que este grupo de seres humanos debe responder a las hostilidades que vive a diario. Así, uno a uno va teniendo la palabra mientras se prepara el número artístico.
Un montaje que disfrutarán especialmente los nostálgicos de la bohemia santiaguina.
(Le Trianon, Santo Domingo 2096. Vi., sá. y do., 21.00. $ 5.000. Hasta el 30 de Junio).