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Crítica de teatro: Realidades en tres dimensiones

Crítica de teatro: Realidades en tres dimensiones

Mientras “Los perros” aúllan ante la tremenda actualidad de una dramaturga mexicana, desconocida en Chile, y “María Bonita” gatilla evocaciones y nostalgias por la diva azteca; “Rojo claro sobre rojo oscuro” aporta una mirada joven sobre un estremecedor caso policial de nuestro país.

Viernes 22 de junio de 2012| por Leopoldo Pulgar Ibarra

Desde el comienzo huele a peligro en este montaje que podría ser la crónica de un secuestro y de una violación anunciada. Porque en “Los perros”, texto de la mexicana Elena Garro (1920-1998), se reiterará la fatalidad de una cultura con raíces indígenas, lo inexorable de un destino que se asume con tranquilidad o resignación (¿o ambas cosas?).

Sin embargo, porque estamos en Chile, la propuesta escénica del avezado director Rodrigo Pérez también adquiere una dimensión urbana muy actual, por tanto, la lectura que hace el público es inmediata: la violencia contra la mujer en las sociedades patriarcales latinoamericanas.

La anécdota de la obra es más que sencilla. Una mujer y su hija se preparan para asistir a la fiesta más importante del pueblo, cuando un pariente les avisa del peligro que corre la niña de 12 años: que el “dueño” de la localidad atentará contra ella.

Eso es todo. Sin embargo, a partir de allí, al interior de un ambiente escenográfico (Catalina Devia) que sugiere la presencia humana y lo desértico-desolado, lo poético, popular y teatral se desencadenan como un fuerte movimiento subterráneo, fundidos en una historia de gente sencilla, que resalta simplemente lo humano, lo frágil y vulnerable, cómo se usa y abusa del poder, cualquiera sea la dimensión y el lugar donde se ejerce. Y cómo frente a la amenaza y la afrenta surge lo que se puede y lo que no se puede hacer. O que no hay nada que hacer.

Brevedad y síntesis ocupan el escenario, una propuesta que busca reflejar una mirada escénica contemporánea en todas sus líneas. También contiene discursos materiales y poéticos, con cuerpos actorales (Catalina Saavedra construye una fuerza nuclear como si fuera un monólogo, en un elenco de cinco personas) y textos que adquieren peso y volumen, una sobrecarga cultural y emotiva que aumenta en la medida en que se viaja hacia la comisión inexorable del destino-abuso (la madre también vivió una experiencia similar).

Las mujeres visten falda artesanal multicolor sobre vestuario corriente, incluidas zapatillas; el gesto corporal hierático transporta lo expresivo especialmente a través de la voz, con movimientos insinuados y con la mediación del silencio monumental, que cubre y alimenta todo como una gran sábana llena de pliegues.

Un buen montaje que permite conocer a una dramaturga mexicana en el programa Grandes Clásicos Latinoamericanos del Teatro de la Universidad Católica.

(Teatro UC. Jorge Washington 26. F: 205 5652. Ju., vi. y sá., 20.30, hasta el 25 de agosto. $ 7.000, $ 5.000 y $ 3.500)

“María Bonita”, toda una diva

Un puente hacia la nostalgia legítima y, al mismo tiempo, la oportunidad de disfrutar de la hermosa voz de la cantante chilena Carmen Prieto es “María Bonita”, un montaje teatral que combina de manera sencilla y efectiva lo teatral y lo musical. Junto con dar espacio a una decena de canciones, rancheras y boleros que da un sustento romántico al relato, el monólogo escrito por Prieto y Cristián Villarreal, que también dirige, expone trazos biográficos relevantes de la diva que fue María Félix (1914-2002), actriz y símbolo femenino de México de todos los tiempos.

En realidad, sube al escenario un homenaje a María Félix, a diez años de su fallecimiento. A través de la voz de Prieto, texto y letras contribuyen a dar un contexto romántico a la vida de la artista azteca, un emblema del período de oro del cine mexicano, una mujer de gran temple, orgullosa de su país, admirada hasta lo increíble.

La opción del director es entregar el monólogo de manera parsimoniosa, descriptiva y elegante. La protagonista siempre se desplaza con suavidad y sensualidad utilizando una energía cuidada y controlada, opción que va dibujando a una María Félix con aires de reina, segura de sí misma, que disfruta mientras reata episodios de su vida. Su belleza y su capacidad amatoria, sin traumas ni prejuicios, son a menudo subrayados en este montaje. Se advierte a una mujer feliz, que ha logrado sus objetivos sin caer en actitudes serviles, una conducta poco común en estos ambientes. Un personaje real cuyo enorme autoestima y talento la llevaron de manera intuitiva a instalarse en una posición inconquistable, factor que el texto recalca.

A María Félix la bautizaron como La Doña luego de protagonizar la cinta “Doña Bárbara”, basada en la novela homónima del escritor venezolano Rómulo Gallegos.

En el montaje chileno Carmen Prieto es acompañada en el escenario por el piano y el acordeón de Cristián González. Su aporte es fundamental ya que dota a la obra de una vertiente sonora de gran vitalidad que transforma a la música en un segundo e indispensable protagonista.

Villarreal no complica la entrega. Con pocos elementos escenográficos –un diván, un altar- y constantes cambios de grandes pañuelos de la protagonista, alterna breves relatos biográficos (hasta el día anterior a la muerte de la diva) y canciones (destaca “María Bonita”, que le dedicó su esposo, el gran compositor Agustín Lara). Penas y alegrías suben al escenario, recuerdos de películas, éxitos, fracasos y, por supuesto, todos sus amores… en realidad, los más importantes, como lo declara María Félix en la obra.

Así, en este montaje se entremezcla de manera entretenida, la nostalgia y la actualidad de la cantante Carmen Prieto. Una tremenda voz.

(Montecarmelo. Bellavista 0594. F: 777 0882. Vi. y sá., 22.00. $ 10.000).

“Rojo claro sobre rojo oscuro”

Un trabajo más cerebral que sensitivo aporta la compañía Cronópolis Teatro (“Prueba viviente”), que dirige Javiera Larraín, también responsable de la dramaturgia de “Rojo claro sobre rojo oscuro” (en la imagen). Porque en el segundo montaje de este grupo joven, predomina el factor racional, tanto en la propuesta temática reflexiva –un grupo de actores discute y hace ejercicios respecto a cómo se puede enfrentar un tema- como en la estructura fragmentada de la puesta en escena, que alterna fórmulas representativas con el debate sobre las formas de trabajo. Una opción legítima que también permite que la verdad escénica se haga presente y seduzca al público.

Y con lo contingente social como referencia: el estremecedor caso policial con aquella madre que atentó contra sus dos hijos golpeándolos ferozmente con un martillo (los hermanos Rojo),  en venganza por las infidelidades de su marido, que concluyó con la muerte del menor y la sobrevida con graves secuelas neurológicas del mayor. Actualmente la mujer, que no reconoce la autoría, se encuentra en la cárcel. Fue condenada a partir de las grandes incoherencias y contradicciones de su coartada.

Sobre el escenario se encuentran tres actores (Carolina Vásquez, Soledad Figueroa, Phelix Williamson) ensayando la obra. En realidad, aunque es obvio que el tema humano le interesa, el trío se dedica a intentar construir un camino escénico que, desde el comienzo se complica, porque parte cuestionando la posibilidad de representar esa situación. Más aún si las acciones sugeridas son interrumpidas e interpeladas por sus compañeros (el grupo de actores pasa por más de un momento difícil durante su trabajo). Sin embargo, de manera indirecta la obra va bosquejando una historia. Se trata de un relato que se pasea entre realidad y ficción, un proceso en el que se duda incluso sobre lo que se define o admite como verdad o realidad. Otra arista interesante se relaciona con la incertidumbre respecto de si es posible ser la voz de otra persona a través del canal interpretativo que es el actor, un sujeto que habita un mundo muy distinto respecto del que se intenta representar.

Las escenas en que la actriz asume el rol de la madre de los hermanos Rojo, especialmente, al inicio de la obra, da una pista sobre las opciones de la directora en la línea de actuación. Como se deja de lado lo representacional, la actriz entrega su texto desde su propia realidad como persona, enfatizando el gesto corporal en la suave pero intensa expresividad de las manos (un sencillo y gran momento emotivo) que inserta al personaje en su drama e historia de inmediato. O como cuando se alude a ella manipulando un abrigo.

Aunque no son novedosos los montajes con el “teatro dentro del teatro”, esta obra atrapa la atención del espectador porque utiliza un punto de vista interesante para abordar un caso real y debido a que responde a una mirada joven que plasma en el escenario la búsqueda de caminos de innovación en el trabajo teatral.

(Estación Mapocho. F: 8 424 0453 / 8 548 7017. Vi., sá. y do., 21.00, hasta el 8 de Julio. Vi. y sá., $ 3.000; do., $ 2.000).

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