
Domingo 9 de enero de 2011| por Marco Antonio de la Parra
Esta vez la experiencia es fuerte, intensa, a ratos maravillosa. Un laberinto otra vez, de recuerdos de lo que parece ser la infancia y el amor de un niño de la cordillera de Colombia. Pero eso no es lo importante, lo fuerte es que esa historia se convierte en la historia imaginaria de cualquiera de nosotros, el amor, la muerte, el sexo, la ternura, la infancia y la sepultura. Se recorre a solas, descendiendo escaleras, espantando con las manos la ropa blanca que cuelga, mirándose en múltiples espejos, viendo en reflejos un universo onírico flotante a través de efectos simples y por lo mismo maravillosos. La sensación es de recorrer la historia del amor a través de experiencias sensoriales que contactan con el cuerpo, la memoria, sobre todo la memoria y el olvido.
Gran parte de la trayectoria, que dura casi una hora, se hace descalzo hasta encontrar los zapatos a la salida, en cajones con hojas secas, con manos misteriosas que señalan el camino y personajes curiosos que dictan sentencias inolvidables como en los sueños. Hay que correr a reservar, cada función permite solo 50 asistentes por lo agotador y fino del mecanismo de relojería del espectáculo, tan íntimo que llamarlo espectacular es como un insulto. Se mueve uno en una cierta y dulce penumbra escuchando correr el río aquel que está en nuestra imaginación desde niños.
Se sale del laberinto construido en los subterráneos del MAC (detrás del Museo de Bellas Artes) con la sensación de estremecimiento, de contemplación, de pausa en la existencia donde pensar todo lo vivido, lo ganado y lo perdido. La historia, que la hay, subterránea
como el río citado, pero la hay, se lee distinto desde un visitante hombre o mujer, pero no menos cautivantes en cualquiera de los casos. Hay los que asustan ligeramente en el momento en que el laberinto se torna absolutamente oscuro y es pura sensación o cuando hay que recorrerlo de rodillas y hay los que prefieren que pase rápido y los que se quedarían ahí para siempre.
Manos invisibles protegen o guían o acompañan al viajero. No hay nada que temer. Sólo que se agoten las entradas en una experiencia única que estará entre nosotros solamente hasta el 23 de enero. Se ingresa en grupos cada 20 minutos de 19 a 22.20 horas. Entre medio de propuestas ferozmente vanguardistas, este trabajo del maestro de maestros Enrique Vargas, antropólogo teatral colombiano, es absolutamente imperdible, imprescindible.
Si se conocen su trabajo anterior, no necesito explicar más. Si no se le conoce es una oportunidad única. Así que a tomarse por asalto las boleterías, a entrar al MAC por esa puerta lateral que da al Norte, pequeña y misteriosa, para sumergirse en la nube, como dice un extraño dueño de la cantina que nos recibe al comienzo, en que convierten a veces los sueños demasiado intensos y reiterados.
Vayan al Teatro de los Sentidos. No podrán salir. Quedarán sintiendo la piel aguzada, hipersensibles, conmovidos y agradecidos de que existan talentos como el Enrique Vargas y su troupe. Una joya.