
Domingo 31 de enero de 2010| por Rafael Fernndez Contreras (*)
Es en reuniones de amigos cuando se cuentan las mejores historias que los hombres guardamos con libidinoso placer en los recónditos laberintos craneales, sobre todo cuando las reuniones ocurren al calor de unas cuantas cervezas bien heladas. Esa espuma, ese amargor que le otorga el lúpulo al brebaje, estoy seguro, es el elemento que hace soltar la lengua con tanta facilidad. A pesar de tener la certeza de que no hay nadie más "ca(n)chero" que Tarugo Saraya, bien conocido en corrillos ministeriales, creo que todos tenemos lo propio, aunque menos estrambótico que las hazañas de mi susodicho compadre, quien según le escuché decir un día -acuciado por unos tragos de más- sufre de priapismo; es decir, se manda unas erecciones como un solsticio. Estos endurecimientos lejos de ser una maravilla, son una fatalidad, pues en tales condiciones el placer no llega nunca y el hombre queda con las mismas ganas y más encima adolorido y luego tiene que caminar como los patos, haciéndole el quite al cogote agónico del pájaro de la perversidad. Yo participo en un grupo de funcionarios públicos, cuyas sesiones las realizamos en el bar Las Tejas, en calle San Diego. Allí hemos ido conociendo una serie de historias, todas dignas de postular al Fondart. Debo ser sincero y decir que no hay manera de comprobar la certeza de lo que allí se cuenta. Sin embargo, se nota que alguno de los nuestros le han puesto "con l'olla", como se dice proverbialmente, pues no quieren ser opacados por los malabarismos orgiásticos de nuestro "gallo Giro", que por suerte, a estas alturas de la vida ya no se lo comerá la zorra porque no tiene dientes capaces de cortar la acerada herramienta de mi compadre Tarugo.
Aunque las intervenciones no están supeditadas a un calendario de compromisos, se espera que en cada rueda le toque a uno más contar su anécdota. Yo había estado sacándole el cuerpo a mi turno, pero el día llegó y no tenía nada preparado, porque he sido un tipo más bien correcto, bastante fiel y monógamo. Mi compadre Saraya reclamó para que dejara de andar con huevadas, aquello de la vida honesta y la moralina del respeto a las mujeres que nadie se tragaría, porque calentones somos todos, "mire que hasta las estatuas de la Alameda se les para la tula en cuanto llega el verano a Santiago". Tosí dos veces e inmediatamente me recordé de Celia, una mujer que vivía frente a mi casa cuando llegué por primera vez al barrio de Macul, venía del norte. Digo mujer, porque era mayor que yo, se notaba a las claras. Y aunque era cazuela, no se le veía marido por ninguna parte. Creo que el tipo pasaba viajando, una especie de trabajo raro que tenía el hombre. A mí todavía no me picaban ni las moscas, pero esa mujer, parada en la puerta de su casa todas las tardes, iba a ser mi primer pecado mortal. Mi ánimo andaba por los suelos, venía saliendo de una grave enfermedad infecciosa y casi paro las chalas. Por esos días salía a distraerme a la calle y desde la acera la aguaitaba, afirmándome para que no me llevara el viento. Ella me sapeaba sin disimulo, lo notaba a la legua. Pronto comenzó a dar vueltas a la manzana y como que me invitaba con su cara picarona y abusadora. A veces llegaba hasta Avenida Quilín, que estaba a tres cuadras de distancia. Comencé a seguirla y aunque ella lo notaba, nunca miraba para atrás. Un día, al dar vuelta una esquina, me la topé de frente. Me sermoneó porque la seguía. Yo no abrí la boca. Antes de llegar a casa me dijo que la esperara el día en la Rotonda Quilín, pues iba al dentista. Así lo hice. Luego de la consulta comenzó a atardecer, pasamos de carrerita a un parque cercano y allí entre medio de los árboles me dio unos apretones de película, me baboseó entero, mientras yo le agarraba, con las pocas fuerzas recién recuperadas, los senos que se le salían por el escote y se los lambía acezando como potrillo moribundo. Celia andaba con un abrigo largo y con falda debajo. Se subió las polleras, se abrió los calzones por debajo. Me sacó la presa del amor con mucha delicadeza, le dio unos besos tiernos y ardorosos. Se puso en punta de pie ante el armamento enemigo y se inmoló en él. Mientras avanzaba dentro de ella, yo iba perdiendo peso, me fallaba la fuerza de gravedad. Con cada empujón que me daba Celia, se me apagaban las luces del cerebro. Justo cuando le vinieron unos espasmos y chillaba en mi oreja, me fui de bruces encima de ella y perdí el conocimiento. Nunca más salió conmigo. Al poco tiempo llegó el marido. ¡Gracias Macabeo, me salvaste la vida! Sólo por ti, aquel día conté una historia diferente.
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(*) El autor de esta historia, Rafael Fernández Contreras, acaba de ganar el Concurso de Cuentos "Historias de Amor" de la Municipalidad de Lo Prado y se ha ganado un lugar en esta sección por su estilo narrativo en el género erótico. Esta sección está abierta a la colaboración de nuestros lectores: cuento@lanacion.cl |