
Viernes 5 de marzo de 2010
Dentro del conjunto de actores estatales y privados, cuyas acciones deberán ser sometidas a examen en el contexto del terremoto del sábado 27, desde luego se encuentran las Fuerzas Armadas. Sin embargo, esta evaluación no debería concentrarse tanto en su forma de reaccionar y operar en la catástrofe, sino más bien en una perspectiva de futuro: la concepción de éstas respecto de su sentido en tiempos de paz.
Obviamente, la misión fundamental e inalienable de las FFAA es asegurar la integridad física del país y garantizar su soberanía y autonomía política. Para este propósito, las ramas castrenses manejan la función disuasiva. El punto es que los procesos de integración, la consolidación de los regímenes democráticos y la existencia de niveles multilaterales de resolución de conflictos han estrechado en la región las hipótesis de guerra efectiva.
Este cuadro de distensión más o menos generalizado ha replanteado la cuestión acerca del sentido de los militares en sociedades como la chilena, que se orientan por una vocación de paz. Nuestras Fuerzas Armadas no han sido inmunes a este debate y, de hecho, está recogido en parte en los libros blancos de la Defensa Nacional. Se trata de textos que
-conviene recordarlo- fueron posibles de consensuar ya bastante avanzada la transición, además después de que las FFAA dejaron de desempeñarse como fuerza represiva interna y se alejaron paulatinamente de la sombra ideológica del general Augusto Pinochet.
Este proceso ha conducido a una situación objetiva de modernización de las instituciones armadas y de inserción en la corriente principal de la discusión estratégica mundial. Luego de dos decenios de democracia, las FFAA han dejado atrás el aislacionismo propio de la guerra fría en que las sumió Pinochet con su cruzada anticomunista.
La notable participación de soldados chilenos en operaciones de paz ha sido ampliamente reconocida como una señal de un nuevo escenario. Con todo, es una evolución que no debería congelarse. Al próximo gobierno le corresponderá una responsabilidad crucial en mantener y consolidar la normalización militar y no ceder a tentaciones involucionistas o nostálgicas del autoritarismo (como ya las hemos observado estos días). El rol clave que están desempeñando las FFAA en la mitigación del desastre es un test acerca de este dilema, ya que se ha puesto en el centro del análisis la relación entre el poder civil legítimo y la institucionalidad castrense.
En este ámbito, un tema que exigirá una reflexión de Estado es cómo las Fuerzas Armadas se hacen cargo de nuevas amenazas a la seguridad del país y la nación, donde los desastres naturales -debido a su terrible impacto en las infraestructuras y la población- son un nudo fundamental. La redefinición -o ampliación, en rigor- del campo de acción de las FFAA hacia áreas no suficientemente exploradas, que superen la protección clásica del territorio, demandará un importante esfuerzo, que -por ejemplo- obligaría a reorientar políticas de adquisiciones o de asentamiento de tropas. Será un debate imprescindible del próximo período. Lo relevante es que se haga con una inequívoca perspectiva democrática.