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Domingo 14 de febrero de 2010| por J. C. Ramrez Figueroa
"La física cuántica dice que el universo es un gran vacío. Las cosas emergen cuando su equilibrio es perturbado. La realidad sería, entonces, una accidental ausencia de nada. Así, lo que llamamos creación sería un desequilibrio. Una catástrofe cósmica donde las cosas existen por error. El único modo de neutralizarlo es asumir este error hasta el final. Y nosotros tenemos un nombre para esto. Lo llamamos amor".
Esta tesis del filósofo esloveno Slavoj Zizek -"el Elvis de la crítica cultural" según el New Yorker- infecta sobre todo la última parte de "El amor puro, de Platón a Lacán" (Fondo de Cultura Económica / Cuenco de Plata), una notable investigación de cuatrocientas páginas que postula que el amor, tal como lo idealizamos en las películas o canciones, es imposible.
Su autor, el historiador francés Jacques Le Brun (1931), parte recordando el intenso debate teológico en torno al amor durante el siglo XVII. François Fénelon, el subversivo teólogo francés, señalaba en su obra "Explicación de las máximas de los Santos" (1697) que no tiene ninguna gracia amar a Dios esperando la vida eterna como premio. El amor verdadero sería más bien, amarlo aunque estuvieses ardiendo en el infierno. Esa sería la misión del cristiano.
TRIUNFA EL CAOS
El Papa Inocencio XII, espantado, condenó la idea mediante la epístola "Cum alias" (1699). Amar a Dios, sin desear la salvación, llevaría a la inacción y "dejarse estar". O al simple goce contemplativo. Fénelon se defendió diciendo que los antiguos místicos decían lo mismo que él. Además. Platón ya había expuesto la idea de que el hombre que ama puramente podía "ser como Dios" aunque jamás podría "ser como Dios". Le Brun aprovecha esta polémica para retroceder a Platón, la Torá y el Nuevo Testamento. Luego, pasar a San Pablo y San Agustín ha
sta llegar a Freud y Lacán.
Y aunque el erotismo terminó desplazando a lo religioso la conclusión sobre el amor sigue siendo la misma: "El amor puro traza a través de la historia del pensamiento occidental una configuración paradójica e impensable, pero incesantemente pensada para tratar de reducir su paradoja. La pérdida de quien ama es su triunfo, la ruina de toda esperanza y la destrucción del sujeto del amor cumplen la función de recompensa".
Es decir, según el aguafiestas de Le Brun, el amor sólo triunfa cuando el amante se degrada, la persona amada se destruye y desaparece cualquier esperanza de felicidad.
DEL AMOR TEOLOGAL AL SEXO POR INTERNET
"El amor puro, de Platón a Lacán" es un golpe bajo a la candidez de manifiestos como "El arte de amar" (1959) de Fromm y se alinea más con los ácidos "Estudios sobre el amor" (1939) de Ortega y Gasset. Aunque reconozca que el amor es un acto de la voluntad más que un "sentimiento" (que por su naturaleza no es eterno), la contradicción sería el factor clave que imposibilita su pureza y por ende el acto de amar en plenitud.
Las preguntas que recorren sus páginas son: ¿es pensable un amor "puro" y totalmente desinteresado? ¿Qué justificación teórica se le puede dar? ¿Tiene el mínimo de coherencia lógica para ser admitido y fundado en la razón?
La condena a las ideas de Fénelon sobre "la pureza de amar aunque te estén haciendo daño", intrigó a Kant, Freud y Lacán. Tres jalones esenciales en el camino de una "desteologización" del problema del amor, según el historiador.
La más extrema sería la óptica de Lacán, donde, incluso las relaciones sexuales no tendrían ninguna diferencia con el sexo vía internet. Porque según él la idea de comunicación entre los dos cuerpos unidos en el acto sexual no sería más que una masturbación acompañada. "El cuerpo real del otro sólo sirve como sostén para nuestras proyecciones fantasmáticas". Esta estructura, donde la persona tiene a su pareja, pero en realidad está metido en "otra cosa" es la misma de quien se toca usando la banda ancha. En ese sentido, para Lacán, no existirían las relaciones sexuales.
Concluye el autor: "Quizá no definamos lo que es el amor puro, ni lo justifiquemos, pero podremos comprender por qué no puede ser definido ni justificado, y algunas de las razones de la permanencia de esa configuración a través de los siglos (su estructura, su función irreemplazable), que expliquen su aparición recurrente en otro campo cuando la reflexión o la represión lo han expulsado de los campos del pensamiento". LCD