
Jueves 10 de junio de 2010| por Fernanda Donoso / La Nacin
Cuando le solicitó una entrevista al general Carlos Prats, él le dijo que buscaría un momento, porque estaba lleno de deberes y problemas.
"Considéreme entre sus problemas", le contestó una Raquel Correa muy joven, que lucía un peinado setentero. Eso fue en el explosivo año 1973. Ahora, su libro de entrevistas es un dramático recorrido por 40 años de historia de Chile.
Tenía todo el estilo de una heroína de cine, de Oriana Fallaci. Frente a su intransigente grabadora dieron examen desde Salvador Allende (cuenta que se escapó de su casa en Guardia Vieja con un cuestionario a medio corregir en la mano), a Eduardo Frei Montalva, pasando por Manuel Contreras, Augusto Pinochet, Benito Baranda, Ricardo Lagos, Juan Guzmán, y más tarde Michelle Bachelet y Sebastián Piñera.
Resultan impactantes sus rápidos y sobrios retratos de personajes. "Sueña mucho, jamás sueños hermosos", escribió de Jaime Guzmán.
"Dejó de estar en el gobierno, pero la verdad-verdad nunca dejó de estar con el gobierno militar", dice de Jovino Novoa. Pinochet recibió a Elizabeth Subercaseaux y a ella en La Moneda, "simplemente de pie, inmóvil, como un actor en medio del escenario".
El general decía dormir "profundamente" seis horas cada noche. Y agregaba: "Tiene que haber una mano dura".
En un programa de televisión con ella fue cuando Ricardo Lagos interpeló al dictador, en 1988: "¡Y ahora usted le promete al país otros ocho años con torturas, con asesinatos, con violaciones a los derechos humanos! ¡Me parece inadmisible que un chileno tenga tanta ambición, que pretenda estar 25 años en el poder! (...) Raquel, usted me va a excusar: ¡Hablo por 15 años de silencio!".
Se arrepintió de algunas preguntas y se horrorizó de muchas respuestas. No sigue en televisión, dice, "por falta de silicona", pero la periodista forma parte del paisaje mental de los chilenos, y tiene todos los premios de la profesión. Desde el Lenka Franulic al Premio Nacional de Periodismo.
"'Estoy frente a un fabricante de armas; no a un artista de cine. Por eso le pregunto por armas'. No es difícil imaginar el tono de elegante displicencia -la voz algo ronca, el mentón levemente altivo, la semisonrisa- con que Raquel Correa debió pronunciar esas palabras", escribe Carlos Peña en el prólogo.
En todos estos diálogos relampagueantes, tiene el valor de preguntar en el límite de lo posible. De hacer las preguntas incómodas, con una segurísima semisonrisa.