
Domingo 4 de octubre de 2009| por Amanda Espejo*
Si no fuera por el golpeteo de los dedos contra su muslo, se diría que la mujer de rostro ladeado hacia la ventanilla iba dormida. Sólo su mano, por alguna razón, se negaba a estar quieta. Tal vez, el traqueteo del bus le sugería una especie de ritmo y no era la primera vez que parte de su cuerpo tomaba decisiones propias.
La ventanilla es como una cinta de celuloide, pensó. Afuera, una pareja de jóvenes se apretujaban sin pudores arrimada a un poste de luz. Un estremecimiento le recorrió las piernas al observarlos. Algo tembloroso, entre placentero y molesto. De pronto, deseó con vehemencia estar abajo, en medio de la cinta imaginaria que corría sin discriminar personajes y actitudes.
Bruscamente, algo cortó la monotonía de su viaje. Un brazo rotundo, nervudo y masculino se afianzó en el fierro superior, un paso más adelante que el asiento de ella. Un vaho de aire caliente se filtró por la ventanilla entreabierta y se le pegó en el rostro. Entonces pensó que iba a enrojecer y que todos se darían cuenta de que algo le estaba pasando, algo que la ponía fuera de control.
¿Qué tenía que ver el brazo con eso? Su mirada buscó la mano. No era delgada, por lo tanto, sus yemas habían de ser de una blandura cálida, tal como de pronto, le pareció el asiento bajo sus posaderas: en ese instante lo sintió mullido y caliente, sobre todo, caliente. Desesperada, comenzó a moverse suavemente al compás de las ruedas del bus.
La culpa -urdió- la tienen las yemas suaves y cálidas que adivinó en ese brazo desconocido. Son ellas las que han bajado hasta aquí, se han introducido entre mis piernas, han hurgado y provocado este desborde de humedades que empapa mis ropas. Ahora se deslizan, se resbalan por cada uno de mis pliegues en busca de... y allí lo tienen. Ya lo encontraron y se prenden a él delicadamente, yema contra yema, lo perciben, despacio, lo tantean tan exquisitamente, que el resto de mi sexo se muere de envidia. Quiero que me toquen por todos lados. Que refrieguen su blancura contra mi rosa. Que adivinen mis sensores. Que los palpen... que no me suelten hasta que me pueda frotar en el asiento lo suficiente y ...¡oh, maravilla!, ya viene. Una última acelerada con el ronquido preciso para esconder mi gemido y... ¡Ahora!
Un salto provocado por el camino la dejó sudada hasta la raíz del cabello. El calor no abandonaba su rostro y amenazaba con inundar sus senos, los que erigían sus pezones hasta el dolor. Haciendo un esfuerzo, sacudió su cabeza arreglándose el pelo. Sobre la línea que demarcaba el brazo, vio unas pestañas oscuras velando un ojo que ella sentía clavado en cada centímetro de su cuerpo. Una extraña emoción la embargó...
El tiempo le jugaba en contra. Sin pensarlo, se puso de pie y avanzó por el pasillo acercándose al causante de su alboroto. Sintió placer mientras su cuerpo se abría paso por lo apretado del gentío; disimuladamente, se paró tras el portador del brazo y se dejó llevar por el balanceo propio del bus. Queriéndolo, su vientre rozó sin vergüenza las caderas del hombre. Ella, audaz como el más experto de los acosadores, se mantuvo allí sin respirar. Lo imaginó desnudo... el resto de su cuerpo tenía que ser duro y suave a la vez. En ese instante, se dio cuenta de que estaba harta de vivir en base a fantasías y que de una vez por todas quería ser la protagonista real de una de ellas. Esto le dio nuevos bríos y con un último refregón sobre la espalda del hombre se deslizó hasta la puerta de bajada. Él la seguiría, estaba segura. Su invitación había sido inequívoca.
Caminó hasta dejar atrás la última casa y buscó el rincón que le pareció más protegido antes de parar su carrera. Tampoco fue necesario que se volviera. El ruido de los zapatos rascando la gravilla duró exactamente diez segundos más antes de detenerse tras su espalda. Ella cerró los ojos y aspiró una bocanada de aire tibio en busca del aliento. El resto no corrió por cuenta de ella. La violencia de una mano sobre su hombro la enfrentó de bruces con su realidad.
-Putas, vieja, para el hueveo ¿ya? Te iba a pedir unas pocas monedas, pero me choreaste y ahora te va a salir más caro. ¡Dame la cartera! Y el reloj y la cadena.
Un muchacho encorvado y ojos extraviados no esperó a que se despojara de las cosas: se las arrebató a tirones, casi a la par que hablaba.
Paralizada como estaba, ni siquiera sintió los pasos del agresor al retirarse.
Trató de caminar pero no pudo. Estaba agotada y pisoteada hasta la última fibra de su dignidad. Mejor esperaría un poco hasta que se secara la humedad de su entrepiernas y la burla de una noche en que ella no sería la heroína de ninguna historia .
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SOBRE LA AUTORA Amanda Espejo ha desarrollado un amplio trabajo en la revista "La Mancha", de Quilicura, un espacio colectivo donde poetas y escritores han consolidado el trabajo de creación. Para conocer más de su narrativa, puede ingresar a lamanchadesdequilicura.blogspot.com. |