El capital Krugman
Pocos empresarios conocidos llegaron a escuchar las ideas progresistas de Paul Krugman. León, despistado como siempre, lo hizo dos horas antes y los organizadores no le hicieron la vida fácil. Pero al final consiguió conversar con Vittorio Corbo, quien se rió ante la consulta “entre Dios y el dinero, ¿con qué se queda?”; con Patricio Meller, quien no se percató que Krugman estaba más gordo, y con el Premio Nobel, a quien…
Ando con un autoadhesivo de una nueva editorial que lleva por nombre Das Kapital, que en alemán significa El Capital. Como carezco de capital, el autoadhesivo es literalmente lo único que tengo, y pensé que traerla hasta acá, al Espacio Riesco, me haría entrar en onda. Además uno nunca sabe lo que puede pasar en una conferencia de un Premio Nobel de Economía, más si éste es nada menos que Paul Krugman, quien se hizo famoso por sus críticas a George W. Bush en sendas columnas, que hasta hoy aparecen quincenalmente en el New York Times.
Son cinco para las ocho de la mañana y el lugar donde se desarrollará la conferencia ya está preparado para recibir a la gente. Por lo pronto las personas bajan de sus autos, suben escalas, reciben revistas de BanChile de manos de una promotora de ojos verdes, hablan por celular o revisan el mensaje de su amante en su blackberry, todo eso hacen hasta que una amable anfitriona los detiene y les dice:
-Buenos días, busque la inicial de su apellido.
Muchos responden “gracias”, otros siguen de largo hasta un mesón y los menos la corrigen diciendo:
-Sé cuál es mi apellido, señorita.
La conferencia que dictará Krugman lleva por nombre “La crisis y la nueva economía”. En verdad no sé si es seminario o conferencia; siendo más sincero, tampoco me importa. Pero aquí estoy, chupándome el dedo gordo o, si prefieren, esperando a que me entreguen mi acreditación. Estoy aliviado, porque dejé atrás “los presidenciables”, ahora son cosa de ustedes y el voto está en sus manos.
Me alivio tanto que me dan ganas de ir al baño, pero como aún no estoy autorizado a ingresar, me tengo que aguantar nomás… Ay, un pum, ay, dos pum… Hay dos minitas bien ricas que se han sumado a la promotora de ojos claros y…, bueno ahora diviso a Patricio Meller, ex presidente del Consejo Asesor para la Equidad y el Trabajo. Don Patricio llega poco después de las ocho, y le consulto por la importancia de “Paul Krugman on tour”. Don Patricio enseña los dientes con una mueca y dice con entusiasmo:
-Este gallo es el mejor economista del mundo. Toma nota de lo que dice. Es muy crítico.
Después Álvaro Hoppe me explicará el entusiasmo de Patricio Meller por el Premio Nobel: “Lo que pasa es que ambos son judíos”. Desconocía este rasgo antisemita de Hoppe. Aunque no creo que llegue a tanto y comparta las ideas de Hitler o de Miguel Serrano sobre que la usura está en la raza, ¿o sí, Hoppe? Bueno, mi compañero de desventuras se salva, porque la usura, al igual que Dios, está en todas partes.
Las dificultades y don Vito
La situación es la siguiente: en un segundo piso hay un desayuno VIP para cincuenta personas. Ahí desde luego está hace un rato Paul Krugman. ¿El resto? Que se joda en aras del progresismo. No, el resto está abajo, en un subterráneo, disfrutando de otro desayuno: jugos, café, tapaditos, muffins. Cuando disfruto de un juguito de frutilla, aparece un tipo joven y me informa que al parecer hubo una descoordinación.
-¿Cuál? -pregunto con voz seca, porque en lo que a mí respecta no veo la descoordinación. Ya tengo mi credencial y debería estar todo bien.
-Tiene que subir -dice, tomándome el codo-. La prensa entrará toda junta.
No sé por qué le hago caso al pendejo de barba hirsuta ni menos por qué le dejo tocarme el codo. ¿Será por qué me excita? Opto por subir con la cabeza gacha y la cola entre las piernas. Al hacerlo, o más precisamente al llegar nuevamente donde estábamos con Hoppe, nos topamos con Vitorio Corbo, el ex presidente del Banco Central. Todos los saludan como si fuese su padrino o algo así. Don Vito, escucho por ahí. Como se ve bonachón, me acerco y, como aquí se hablará de capital, le consulto si se leyó “El capital”.
-Cuando chico, no ve que estudié en la Universidad de Chile -responde, como si todos los estudiantes de “la Chile” alguna vez leyeron, casi por obligación, el famoso libro de Karl Marx.
-¿Y se entretuvo con la lectura?
-Ya ni me acuerdo.
-Don Vittorio -dice una mujer de relaciones públicas, tomándole el codo. Curiosa costumbre ésta.
-Entre Dios y el dinero, don Vittorio, ¿con qué se queda? -pregunto finalmente, pero el ex presidente del Banco Central sólo ríe y enseguida desaparece por unas escaleras hacia el desayuno VIP.
Solos, sin nadie con quien hablar, de pronto se nos acerca Francisca Veth, quien se identifica como encargada de comunicaciones y directora de la revista Sin Retorno. Ella se planta frente a Hoppe y a mí y dice:
-Disculpen, pero por exigencias del señor Krugman: no van a poder tomar fotos.
-¡¿Cómo?! -exclama Hoppe.
-Yo sé que es una lata, pero el señor, cómo decirles, es un poco especial y no quiere fotos. Pero no se preocupen: nosotros se las mandamos, ¿ya?
-Bueno, si él no fotografía al señor Krugman, está despedido -le explico a Francisca, quien ahora traga saliva.
En realidad no le creo nada a Francisca, quizá porque hace un mes que no le creo a nadie que lleve por nombre Francisca. Además, un Premio Nobel no se va a estar negando a sacarse fotos, pues lo único que quiere es eso: fotos.
La conferencia se ¿inicia?
El inicio de la conferencia o seminario se retrasa hasta las diez de la mañana. Aunque al parecer así estaba planificado desde un principio. Minutos antes, el murmullo de tazas, vasos y platos se torna insoportable. Quizá por eso decido abordar a Carlos García-Huidobro, no me pregunten quién es.
-Disculpe, ¿pero usted es una persona importante?
-No -contesta-, yo soy uno más.
Luego intento hacer lo mismo con otro, pero al verme venir con mi camarita amiga, dice no.
-No, ¿qué? -replico.
-No -insiste el desconocido.
-¿Sabe? Hay un idioma que compartimos: se llama español. ¿No quiere que lo grabe, no quiere que converse con usted?
-Eso.
Un detalle me hace pensar que por fin Paul Krugman bajará a los infiernos y nos dictará la receta de cómo no ser pobres y resucitar en un solo intento. Digo esto porque Patricio Meller acaba de descender hasta acá. Don Patricio está más entusiasmado que antes.
-Está muy moderado con respecto a lo pesimista que era antes de la crisis -afirma-. Y dice que todo está bajo control.
-¿O sea que nos podemos ir pa’ la casa?
-Además está muy sociable, y eso que fue intensa su pasada por Argentina, en donde dio siete conferencias.
Cuando don Pato termina de hablar, todos ya han ingresado al salón de la charla, por lo que imagino que el Premio Nobel ya está adentro. Camino rápido, avanzo por un pasillo, hasta que me doy cuenta de que unos flashes estallan en mi cara o muy cerca de ella. Imagino por un instante que algunos fotógrafos ya saben de los dos libros que lanzaré en dos semanas, y eso me llena de orgullo. Sin embargo, al mirar bien, me percato que a quien bombardean con flashes es a Paul Krugman, quien toma asiento en primera fila, saluda a un ejecutivo de BanChile, saca una botella de agua mineral sin gas y se ajusta un micrófono. El Premio Nobel está listo para subir al escenario y deslumbrar a la audiencia con su inteligencia y gordura.
El colapso de la charla
Paul Krugman empieza su charla a las diez de la mañana, y yo tengo hambre, pese a que desayuné hace tres horas. No sé quizá es la barriga del Premio Nobel la que me provoca apetito y me hace recordar esa revista “gastronómica” llamada 60Guatas.net.
Krugman habla en inglés y para mi sorpresa todos asienten como si manejaran o hicieran que manejaran el idioma, cosa que me sorprende y me hace mirar a Hoppe y arquear las cejas en son de interrogación. Hoppe me responde con un bostezo. Con eso nuestros jefes deben estar felices: él tiene sueño y yo hambre. Inquieto por lo que sucede, recuerdo a Pedro Carcuro y me pongo de pie. Salgo de la sala y ahí encuentro la explicación: un maletín con audífonos que entregan la exposición con traducción simultánea. Ahora sólo basta echarse en la silla y bostezar, ¿no, Hoppe?
El profesor de Princeton, el columnista del New York Times, el Premio Nobel, el gordo este, explica las razones de la crisis con los ojos bien abiertos, como esos niños que se sorprenden por todos sus descubrimientos. El gordo de los ojos abiertos enseña los cuatro puntos por los cuales el colapso no fue total. La palabra “colapso” me intimida, por lo que sólo alcanzo a tomar nota de tres de ellos:
–Política monetaria. En vez de subir las tasas de interés para proteger las reservas en oro, éstas se bajaron.
–El papel del gobierno. El gasto fiscal continuó creciendo, pese a que el gasto privado bajó notoriamente.
–El estímulo fiscal.
Pero lo que más llama mi atención, bueno y la de muchos de los invitados por BanChile, es lo siguiente:
–En 2005 el modelo de fondos de pensiones de ustedes era bastante popular en Estados Unidos. Si lo hubiésemos implementado, el colapso hubiera sido total.
Cuando termina de decir esto, se produce un extraño silencio, como si nadie ni nada hubiese en la sala. Enseguida comienza el éxodo. Para consultarle sus motivos, salgo tras ellos y les digo:
-¿Está aburrida la exposición?
-No, pero todos tenemos que trabajar.
Bueno, la verdad es que si Krugman hubiera hablado de sueldo ético, de flexibilizar el pre y postnatal, muchos de estos ejecutivos, porque insisto hay poco empresario grande, se hubiera quedado a aplaudir.
Mi Premio Nobel
A las once concluye la exposición del Premio Nobel de Economía, y dos representantes de BanChile suben al estrado para hacerle preguntas, las cuales no son de mi interés ni tampoco de muchos de los presentes, que empiezan a huir ahora en patota.
-Como economista me siento un epidemiólogo -advierte Krugman para evitar el desbande, sin éxito desde luego. Porque hasta Vitorio Corbo abandona la sala.
Krugman, en todo caso, tampoco está muy entretenido con las consultas de sus interpeladores. Se rasca el pelo, mira el público, sonríe, cuenta anécdotas: por Dios intenta que esto termine de una buena vez. Porque concordemos que hablar de crisis implica un poco estar en crisis, y no creo que eso sea agradable. Cerca del mediodía se produce la “última respuesta de la noche”, lo que en cierta medida produce alivio en muchos de nosotros y en especial en Hoppe, quien ha vivido los últimos años en permanente crisis: económica, sentimental, vocacional, física.
Todo termina y me acerco al estrado, donde Paul Krugman es felicitado por sus interpeladores. Él sonríe nuevamente. Cuando baja, aprovecho de acercarme y de mostrarle el autoadhesivo de Das Kapital. Él lo observa con detención y repone en inglés:
-Ah, in my country is our problem too.
Como no domino el idioma de la “madre patria”, no sé qué contestar y sólo mantengo el autoadhesivo extendido, por lo que él imagina que quiero un autógrafo. Acepto, Paul. Luego otras personas lo abordan, y él se comporta igual de amable con ellos. Parece una estrella de cine o algo así. Al final alguien lo saca rápido de la sala y lo conduce hasta un ascensor. Le cuesta moverse a este Premio Nobel de Economía. Al parecer en lo único que no ha hecho economía es en su cuerpo.