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  El color y la posición de la cosa

  El autor lleva muchos años escribiendo. Ha publicado en Alemania y Portugal. Ha ganado más de una decena de distinciones, tanto en novela como en cuento. Está separado y tiene cuatro hijos que viven en Europa y Estados Unidos. Hoy está a cargo de la Biblioteca de la Tesorería General de la República.

Domingo 7 de marzo de 2010| por Rafael Fernndez Contreras

Nos juntábamos en una plaza a contar en secreto cosas cochinas, estábamos en sexto preparatoria. Llevábamos revistas Pingüino, Viejo Verde y otras llenas de mujeres en traje de baño, con las costillas y la guata al aire. Apenas terminábamos de mirarlas, hacíamos toda clase de conjeturas. Pedro C. aseguraba que las mujeres tenían las guaguas por el ombligo. Al Mario F. lo cabreaba ese tipo de idiotez, pues las guaguas, rectificaba, las tenían por el popo. Yo, chacotero y burlón, a veces me ponía serio, como cuando se pensó que ese tipo de nacimiento fuera po-po-sible. Le corregí de inmediato, explicando que un bebé no podía nacer por el trasero, porque saldría "retrasado" mental. Y no faltó el sopas tonta que todavía creía en el Viejo Pascuero, parece que fue Mauricio S. Dijo que a los niños los traían las cigüeñas de París. Saltamos todos sobre él y le dimos una camotera, por leso.

Un día viernes nos juntamos en la plaza para resolver dos grandes dilemas que nos comían de curiosidad. Teníamos un compañero cuyo papá era de raza negra y otro, hijo de comerciantes japoneses, gente humilde, pobres como el resto del grupo. A espalda de ellos discutimos asuntos bastante delicados, pero quedamos donde mismo. Una vez que nos sentamos en la plaza, el Pedro C. le preguntó al hijo del señor africano.

-¿De qué color tienen la cosa las mujeres negras?

-¿Qué cosa? -preguntó el aludido.

-El sapo -dijo Pedro C.

-La sopaipilla -agregó Mario F.

-La vajilla -dijo el tontón de Mauricio S.

-Esa no es la vajilla. La vajilla es un condimento que se pone en la mesa a la hora de comer -dijo otro.

-Mauricio, si soy tan educado, aprende a prenunciar bien las palabras. La cosa de las mujeres, dicho sin rotería, es la vagira -corrigió, Carlitos V.

-¡École cuá! -remachó uno medio gangoso-. Incluso hay una canción para el sapo, con ese nombre elegante: "Gantaramena, vagira, gantaramena, gantarameeereeeeena".

-Negra, tendrán que tenerla, poh -dijo el mulato.

-Te guatiaste. La tienen colorá, como carne viva.

-Tái más gil -me rebatió Pedro C. ¿De qué color son toos los choros?

-Negros -contesté de mala gana.

Ahí les conté que yo conocía un lugar en donde podíamos salir de la duda. Tenía que ser rapidito, eso sí. Además, había que soltar unos pesos por ver la empanada tan cerca que hasta podía olérsele el pino. Igual debía dar su poco de vergüenza quedarse pegado, mirando la… -acercó los dedos de ambos jemes y los apretó uno contra el otro, mostrando la abertura que quedaba entre ellos, a eso se refería.

Hicimos una vaca. Juntamos un buen resto de plata. Con eso alcanzaba de más para salir del empacho.

Llegamos a la dirección señalada, miramos desde afuera, por siaca. El hombre que recibía el dinero no estaba por ningún lado. Le sugerí a mis compañeros que entráramos a la guerrucha. "¡¡¡Güeno!!!" contestaron en voz baja. El negocio estaba en penumbra, tal como le había dicho mi papá a un primo suyo, y hasta le dio la dirección. Yo anoté los datos, por eso que andábamos por allí, curioseando. De repente, entramos en una pieza y vimos la cosa de la mujer negra. Era roja y gorda, parecía un piure recién sacado de su caparazón. Había acertado. Justo en ese momento apareció un hombre en la sala.

-¿Cómo entraron al museo? -preguntó sorprendido.

Le explicamos cómo. Señaló que podíamos seguir en compañía de un profesor.

-Los franceses tienen sus normas y este museo es de ellos, se llama Dupuytren de París -era una frase memorizada.

-Es que tenemos que hacer una tarea. Nos preguntaron el color de la cosa de una mujer negra -mentí muy suelto de cuerpo.

-Negra, tendrá que ser -dijo, dejando claro que no lo sabía.

-Es roja -aclaró Carlitos V-. ¡Mire!, es ese sapo rojo.

-Señor, ¿sabe cómo la tienen las japonesas? -inquirió Pedro C.

-No -le contestó, mientras nos empujaba hacia fuera.

-En horizontal, no ve que son achinadas.

El tipo nos expulsó de una vez, pero riéndose a carcajadas. //LND

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