
Domingo 21 de marzo de 2010| por DIEGO MOULIAN
Pese a que los héroes de los dos principales culebrones televisivos de este año no han dejado de correr y galopar por las terrosas calles del Santiago del siglo XIX, poca, muy poca polvareda ha levantado la guerra de las teleseries en su versión 2010. El inicio de las producciones dramáticas vespertinas no ha suscitado la pasión de temporadas anteriores, cuando copaba las portadas de los diarios, llenaba horas de programación en sus respectivos canales y era tema ineludible de conversación en peluquerías, micros y durante el habitual receso oficinesco de la hora de almuerzo.
Obviamente, el cambio en la coalición de gobierno y, sobre todo, el reciente terremoto han hecho que la atención de la opinión pública se ponga en temas más urgentes y relevantes. Pero el desinterés por Martín Rivas, Manuel Rodríguez y Feroz también responde a una tendencia de largo plazo de sostenida baja en la audiencia de este tipo de programas. Amores de mercado -emitida el 2001- marcó un promedio de casi 47 puntos de rating, y las actuales teleseries en su conjunto han logrado apenas un promedio de 34 puntos. Hoy por hoy, el público juvenil -al cual se dirigen estas historias- prefiere ver TV cable o pegarse al computador para twittear con sus amigos, antes que sintonizar la televisión abierta a las 8 de la tarde.
Dentro de esta guerra deslavada, no ha habido un ganador claro. Si se considera la audiencia -sin duda el parámetro más importante para la industria televisiva-, TVN puede cantar victoria porque ha sumado algunos puntitos más que su competencia, pero Chilevisión tiene el consuelo de haber conquistado el beneplácito de la crítica. Se podría hablar de un empate técnico entre dos productos que no difieren demasiado entre sí. Haciendo honor al género, el principal motivo que mueve ambas historias es la conquista del amor en medio del rechazo de la sociedad.
A pesar de que ambas son teleseries de época, los conflictos políticos, económicos y sociales del período que abordan no constituyen un componente central del relato, sino que un elemento que se integra de manera aislada y superficial. La comedia romántica de la estación estatal, que cuenta las vicisitudes de un joven humilde que se enamora de una presumida muchacha de clase alta, podría desarrollarse sin problemas en el Chile de hoy. Las aventuras y desventuras del guerrillero del amor, en tanto, son similares a las que protagonizaba el líder de Los Pincheira, quien también se ocultaba en una cueva, corría a caballo, saltaba muros y se disfrazaba para estar cerca de su amada y escapar de sus enemigos.
Al contrario de lo que opinan algunas voces que se han levantado en estos días, no creo que sea pertinente exigirles a las teleseries que sean un retrato fiel de un período de la vida nacional, ni tampoco que sean una traducción literal de un clásico literario. Sin embargo, sí es posible pedirles mayores esfuerzos para que el contexto histórico sea un motor de la historia y no sólo un mero decorado atractivo visualmente. //LND