
Domingo 3 de enero de 2010| por Ral Sohr
Sólo dos países concentran más del 40% de las emisiones de CO2. Se trata de Estados Unidos, con 20,2% de las emisiones, y China con 21,5. Pero la responsabilidad de ambos en saturar la atmósfera con los gases de efecto invernadero (GEI) difiere en mucho. China es un recién llegado, con algo más de una década, a la liga de los grandes contaminadores. En cambio, Estados Unidos lo es desde hace muchas décadas y, junto con el resto de países industrializados, es responsable de la acumulación de 80 por ciento de los GEI. Hay pues responsabilidades históricas dispares. Si se consideran las emisiones en términos absolutos, ambos países emiten cantidades similares. Pero en términos de per cápita, el cuadro es muy distinto: Estados Unidos emite 18,67 toneladas por habitante y China 4,18. Hay una diferencia más: China es un país con grandes sectores de su población todavía en la pobreza. Al menos 150 millones de personas están en esta condición, el ingreso per cápita chino es de 5.962 dólares. Estados Unidos, por su parte, tiene uno de los más altos estándares económicos del mundo, con un ingreso per cápita de 46.716 dólares.
Una forma de medir las exigencias humanas sobre el planeta es contrastar las demandas con la capacidad de regeneración de los ecosistemas. Este método de evaluación es llamado la huella ecológica de la humanidad. Aplicando este criterio, se estimó que la especie humana está sobregirada: la huella ecológica equivale a 1,3 del planeta. Esto es igual a decir que la Tierra no es capaz de renovar un tercio de los recursos utilizados. En lo que toca a ambos países la conclusión es: si los chinos aspiran al mismo nivel de vida que los estadounidenses, se requieren cuatro planetas Tierra para asegurarles el mismo estándar.
En Estados Unidos, hay una fuerte corriente política contraria a los postulados verdes del Presidente Barack Obama. En especial en la derecha abundan los escépticos que señalan que las actividades humanas poco tienen que ver con el calentamiento global. Estas partes tienen amplio respaldo de poderosos sectores industriales, como la ExxonMobil y otras industrias petroleras y del rodado. Incluso hablan de la "tiranía ambiental", que pretenden imponer las naciones en vías de desarrollo.
A propósito de lo que piensan los científicos sobre el cambio climático, una encuesta reciente mostró que la gran mayoría coincide con las apreciaciones de Naciones Unidas sobre la gravedad de la situación. En tanto que 18 por ciento de los investigadores consultados cree que el diagnóstico es exagerado. En el otro extremo, hay 17 por ciento que cree que el panorama oficial subvalora los peligros que nos amenazan. En lo que respecta a la población estadounidense, un sondeo determinó que 73 por ciento quiere que se disminuyan los niveles de emisiones.
En China, a su vez, hay un fuerte lobby que postula que no deben permitirse injerencia extranjera para controlar las emisiones. Reclaman estos sectores que el calentamiento global es utilizado para pasmar el necesario desarrollo económico del país. Esta visión es compartida por numerosos estados del Tercer Mundo donde también se teme una "tiranía ambiental" impuesta por las naciones industrializadas.
Es curioso, sin embargo, que se acuse a los chinos de intransigentes, como lo hizo Gran Bretaña, y no aceptar las condiciones propuestas por Occidente. En rigor, ni Beijing ni Washington tenían propuestas nuevas. Obama no hizo más que reiterar metas muy modestas. Un recorte de las emisiones en un 17 por ciento en relación a 2005, lo que en términos reales no es más que una reducción de 4%. El año base considerado en el Protocolo de Kioto es 1990. Y esa es la referencia adoptada por la Unión Europea para comprometerse con una baja de 20 por ciento de las emisiones de dióxido de carbono para 2020.
La postura china en Copenhague fue que ellos estaban allí para firmar un documento y no para negociar. En realidad, Estados Unidos tuvo la misma actitud. Tanto así que ambos países, acompañados por India, Brasil y Sudáfrica, firmaron un documento sin consultas al resto de las casi 200 naciones representadas. El resto fue confrontado con una situación de facto: tómenlo o déjenlo. Aunque el contenido del documento es lamentable, pues no fija metas claras y no es vinculante es, como lo dijo Obama, mejor que nada. Para las naciones africanas y otras, entre las más afectadas, hay promesas de fondos para mitigar el impacto del cambio climático. Si no salía acuerdo alguno, no tendrían seguridad de recibir algo. Así, con amargura y desilusión, las naciones se sumaron en su mayoría a un acuerdo gestado a sus espaldas. Los comunistas chinos no están dispuestos a comprometer la soberanía de su país sometiéndose a un acuerdo que hipoteque el desarrollo nacional. Los capitalistas estadounidenses piensan igual. Obama sabe que cualquier acuerdo debe ser ratificado por el Senado que es enemigo de someter al país a compromisos internacionales. Y se negó a hacerlo con el Protocolo de Kioto, aprobado en 1997, y al cual adhirieron la mayoría de los países. Washington ha tenido la actitud que el mundo debe aceptar reglas del juego de las cuales ellos se eximen como, por ejemplo, la Corte Penal Internacional.
Las razones para el desencuentro en Copenhague son muchas. Se perdió una oportunidad de oro para sacar al mundo de un camino que conduce al despeñadero. Congregar a más de cien mandatarios no es fácil. Quizás en vez de reunir a todos sería preferible partir por los mayores contaminadores e ir ampliando el círculo de países a medida que se alcancen resultados. Lo que es seguro es que la factura ambiental dejará huellas devastadoras. //LND