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Jueves 19 de enero de 2012| por Juan Costeau - foto: UPI
Nadie entiende muy bien los trucos de María Eugenia Larraín, pero al final de la jornada siempre lo logra: negocia con algún canal para contar una nueva revelación de su alambicada vida amorosa.
Ahora que se encuentra en una fase poco noticiosa de su primorosa y mediática existencia, la modelo viajó en el tiempo para destapar una situación que, en su momento, golpeó a la mayoría de los chilenos: la suspensión de su matrimonio con Iván Zamorano dos días antes del enlace civil.
La treta fue perfecta. En época de vacas flacas faranduleras, Raquel Argandoña y Pamela Díaz le dieron de comer a la maniquí.
¿Cómo? Asegurando en sus respectivos matinales que el ex goleador fue quien se arrepintió de llevarla al altar. Larraín, que sabe que los años pasan y que no es tonta, contraatacó con habilidad. Pudo oler en esas frases el dinero fresco. Apareció declarando en todos los medios que ella había terminado la relación y que el día del rompimiento pasaron cosas “muy graves”.
Con ese anzuelo, los sabuesos de “Primer Plano” abrieron la billetera y la ex mujer del “Chino” Ríos sonrió otra vez: cobró cinco millones por revivir ese “traumático” episodio.
La entrevista que, por supuesto, contó con lágrimas de la mujer dejó la puerta abierta. Perspicaz, Larraín sabe que guardando cartas de su pasado puede seguir cobrando. Y bastante caro. El asunto es que la modelo se olvidó, de un momento a otro, de su carrera musical. Eso ya no importa. Lo que interesa es seguir facturando.
Y así como esta vez apunta a Zamorano, en su cabeza los cálculos ya están hechos. Cuando se aburra de contar confidencias sobre el ex capitán, los dardos irán dirigidos a otro gigante del deporte local: Marcelo Ríos. Esa progresión de detalles infames e historias oscuras servirá para que María Eugenia siga viviendo en un standard poco convencional al chileno medio: con una importante cuenta de ahorro, excesivo tiempo libre y que no le trabaja un día a nadie. O sea, el sueño del pibe.
La idea es maravillosa y, de seguro, traerá muchas envidias de otros personajes de la farándula. Pero su visión es, a la larga, cortoplacista. Larraín comprende que tiene la sartén por el mango. Basta que hable dos palabras donde sugiera situaciones y los canales estarán dispuestos a pagarle lo que sea para que les brinde buen rating.
El problema, eso sí, radica en su futuro. Cuesta imaginar a esta mujer en buenas condiciones mentales en una década más. Si ahora pocos hombres se acercan a ella dispuestos a encontrar amor y comprensión, en los años posteriores lo será aún más. ¿Qué le queda? ¿Buscar nuevos escándalos eternamente? ¿Vivir una existencia solitaria y amparada en la locura?
Todos son enigmas que, por cierto, apuntan en una sola dirección: Kenita Larraín se dirige directo a una decadencia y autoparodia funesta que ni los billetes de algún estelar podrán ocultar.