El recuerdo de un viaje sin retorno
Hasta la construcción del muro de Berlín en 1961, tres millones de ciudadanos del este pasaron al oeste, la inmensa mayoría de los cuales lo hizo porque, según la propaganda occidental, se vivía mejor y había más oportunidades económicas.
Para los dieciséis millones de ciudadanos de la República Democrática Alemana (RDA), la posibilidad de salir del país era un sueño sin parangón con los de sus semejantes de otros países del este. Desde 1972 se podía viajar a Polonia y la extinta Checoslovaquia con el carné de identidad, pero a partir de 1980 la aparición del sindicato no gubernamental polaco contra el Estado socialista, Solidaridad, eliminó a Polonia. Para ir a Hungría, Rumania y Bulgaria se precisaba un permiso de la policía que, a excepción de los disidentes, casi siempre se otorgaba al solicitante.
Excluyendo a la corona checa, el cambio de moneda se limitaba a una pequeña cantidad, lo que convertía el turismo en ejercicio de precariedad y lo condenaba a prácticas de intercambio. Los viajes a otros países del bloque, desde la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) hasta Vietnam, pasando por Cuba, eran complicados, casi siempre organizados y oficiales. El viaje a la República Federal Alemana (RFA) era capítulo aparte.
PERMISOS ESPECIALES
Desde 1964, los jubilados con parientes en el otro lado podían visitar la RFA una vez al año, posibilidad a la que se acogían 1,3 millones de personas. A partir de 1972, varios miles de jóvenes también podían viajar por “razones familiares especiales”, como bautizos, bodas, enfermedades o fallecimientos de parientes occidentales.
En 1986, por ejemplo, la ahora Canciller Angela Merkel -que entonces trabajaba en un instituto científico de Berlín este- viajó a Hamburgo para asistir a la boda de su prima, oportunidad que aprovechó para recorrer la RFA de punta a punta.
El año anterior, 185 mil alemanes orientales habían usado dicha posibilidad que, como la de los jubilados, era consecuencia de iniciativas negociadas por los políticos de la RFA. En la misma época se registraban entre tres y ocho millones de visitas a la RDA desde la RFA y Berlín oeste.
La media de ciudadanos orientales huidos ilegalmente a través de la frontera era de unos tres mil anuales entre 1980 y 1985. Antes, la menor sofisticación del muro interalemán había permitido traspasar la frontera a más gente.
Hasta la construcción del muro de Berlín en 1961, tres millones de ciudadanos del este pasaron al oeste, la inmensa mayoría lo hizo porque, según la propaganda occidental, se vivía mejor y había más oportunidades económicas. De ellas, 33 mil eran encarcelados que el gobierno de la RFA “compró” a un precio que en 1988 alcanzó a algo más de 148 mil dólares por cabeza.
La frontera entre ambas Alemania se cobró más de 900 vidas de gente que intentó cruzarla por los medios más diversos. Varios centenares el número exacto se desconoce, murieron tiroteados por guardias fronterizos o instalaciones de disparo automático.
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