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  El reto de Haití

  Antes del terremoto, en la capital vivía un cuarto de la población del país. De ésta, el 90 por ciento moraba en barrios marginales en condiciones infrahumanas: sin agua potable, con electricidad sólo algunas horas al día, con la consiguiente putrefacción de los alimentos, sin alcantarillas ni recolección de la basura. El correlato de esta condición es una esperanza de vida media de 52 años y una mortalidad infantil de 81 por mil nacidos.

Domingo 24 de enero de 2010| por Ral Sohr

Haití produce sentimientos encontrados. Uno inmediato de compasión y solidaridad. La escala del daño causado por el terremoto es difícil de asimilar. La velocidad con que fluya la ayuda internacional es sinónimo de vidas y dignidades salvadas. El mundo observó atónito como en Nueva Orleans, luego del huracán Katrina, aparecían comportamientos brutales y colapsaba la administración. Ello en un país tan bien organizado y rico como Estados Unidos. Era evidente que en Puerto Príncipe, con una tradición de bandolerismo, la violencia no tardaría en tomarse las calles. El hambre y la desesperanza suele sacar lo peor de los humanos.

En poco tiempo, sin embargo, volverá la normalidad que, por desgracia, será más amarga a la situación previa. Antes del terremoto, en la capital vivía un cuarto de la población del país. De ésta, el 90 por ciento moraba en barrios marginales en condiciones infrahumanas: sin agua potable, con electricidad sólo algunas horas al día, con la consiguiente putrefacción de los alimentos, sin alcantarillas ni recolección de la basura. El correlato de esta condición es una esperanza de vida media de 52 años y una mortalidad infantil de 81 por mil nacidos.

Es comprensible que dos millones de haitianos hayan optado por emigrar. Más de un millón vive en Estados Unidos. El Presidente Barack Obama ha detenido la deportación de haitianos que residen en forma ilegal. Es más, les ha concedido el estatus de Protección Temporal, que les da un respiro de 18 meses durante los cuales pueden trabajar y así ayudar a sus familias.

¿Por qué este país ha quedado tan rezagado? A fin de cuentas antes de su independencia era cotizado como una de las colonias más ricas de Francia: una gran plantación de azúcar, con mano de obra esclava. La gran gesta independentista haitiana, que culminó en 1804, barrió con los colonizadores blancos y los ingenios. Como en muchos lugares del Caribe, los negros nunca más quisieron pisar las plantaciones donde fueron tratados en condiciones inhumanas. El París colonialista no estaba dispuesto a aceptar el ejemplo de esclavos que ponían de rodillas a la metrópoli. En consecuencia, impuso un aislamiento económico total. Para levantar el embargo, Francia exigió el pago de 150 millones de francos para compensar a sus esclavistas. Así, los que rompieron las cadenas debieron indemnizar a sus antiguos amos. En 1900 Haití destinaba 80 por ciento de su presupuesto al pago de esta deuda.

Como lo señala Regis Debray, en un informe que le comisionó el Estado francés sobre los abusos coloniales, "el Estado costero, militarizado y occidentalizado, ocupó el lugar aún caliente dejado por Amo blanco e instauró relaciones de explotación y exclusión con la masa rural 'africana'… El Estado parásito y depredador extrajo del campesinado la plusvalía que le era necesaria... No hubo acumulación de capital. No hubo desarrollo de una administración ni servicios públicos…. Haití fue, hasta los Duvalier incluidos, un Estado sin nación. Lo que emerge hoy es una sociedad sin Estado".

Una vez que Haití consiguió zafarse de la deuda francesa, cayó en manos del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) que realizó préstamos en los '90. En 1995 el FMI, en el marco de las políticas de ajuste estructural, obligó a Haití a reducir sus aranceles al arroz de 35 a tres por ciento. El arroz estadounidense copó el mercado. El país que exportaba el grano pasó a ser un importador neto: tres cuartas partes del arroz consumido provenía del exterior. En 2003, Haití destinó 57,4 millones de dólares al pago de su deuda externa. La ayuda internacional dicho año sumó 39,2 millones de dólares.

El grueso de la población haitiana vive en una economía de subsistencia en forma similar a la que vivieron sus ancestros africanos. Incluso es llamativo que muchas aldeas tienen un diseño que evoca las construcciones de sus orígenes. En el país se hablan decenas de dialectos, según la proveniencia de las distintas regiones de África desde donde fueron traídos por la fuerza. La ausencia de una educación pública en las zonas rurales ha mantenido atomizada a una proporción importante de la población.

Dada la magnitud del daño causado por el terremoto hay voces que señalan que la tragedia también puede ser una oportunidad. La historia haitiana enseña que las intervenciones extranjeras han sido nefastas. Por su parte los haitianos tampoco han podido hacerse cargo de su destino. Una vez que sean enterrados los muertos y pase la emergencia, a Haití y a la comunidad internacional les espera un reto descomunal: cómo construir un Estado y una sociedad eficiente que responda a la voluntad de quienes la integran. //LND

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