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  El rey de la ambigüedad

  Quizás lo más auténtico de todo lo que ha rodeado el fallecimiento de Michael Jackson sea la tristeza anónima de sus fans.

Domingo 12 de julio de 2009| por DIEGO MOULIAN

En el noticiario de Mega del martes pasado se observó una escena casi surrealista: el orfeón de Carabineros, en plena Plaza de la Constitución, entonando los acordes de "We are de world" en honor al fallecido Michael Jackson. Cuando veía la secuencia, imaginé que un funcionario policial se sacaría su abrigo verde, dejaría en el suelo su instrumento y se pondría a caminar hacia atrás, imitando el clásico paso de baile del Rey del Pop; pero el sentido homenaje no dio para tanto.

Al igual que el conjunto musical de la institución uniformada, ese día todo el planeta giró en torno al último adiós de la megaestrella. Su ceremonia fúnebre fue seguida en directo por más de mil millones de televidentes en los cinco continentes y la circulación por internet se elevó en 20%. Los canales de la televisión chilena no se quedaron fuera del evento. Realizaron decenas de enlaces desde Los Angeles y emitieron largos programas especiales, informando al dedillo sobre el multitudinario show mortuorio, lo que probablemente causó la molestia de muchas dueñas de casa que esa tarde se quedaron sin ver su teleserie favorita.

Un columnista de un diario de la plaza criticó la cobertura de las exequias que hizo la TV nacional, cuestionando la falta de comentaristas expertos en la industria de la música y el espectáculo. Sin embargo, el fenómeno que provoca Jackson rebasa largamente lo musical. Él fue una de las figuras más representativas -como señaló Marco Antonio de la Parra- de este mundo posmoderno, donde las grandes verdades y las certezas incombustibles forman parte del baúl de los recuerdos. Michael fue el rey de la ambigüedad. No era negro ni blanco; siendo un adulto cincuentón seguía comportándose como un niño; se declaraba un celoso defensor de la privacidad de sus hijos y ocultaba sus rostros de la curiosidad de los paparazzi, pese a que alguna vez mostró a uno de sus retoños colgando desde un balcón. Logró crear en torno a sí mismo un halo de misterio que le permitió despertar siempre el interés de los medios y de sus seguidores. Ese era su negocio; incluso hasta en el momento de su muerte, cuando la incógnita sobre su lugar de entierro mantuvo la expectación en alto, obligando a las cadenas televisivas norteamericanas a contratar helicópteros para seguir la carroza fúnebre.

Quizás lo más auténtico de todo lo que ha rodeado el fallecimiento de Michael Jackson sea la tristeza anónima de sus fans. En La Florida, la familia Muñoz Pérez levantó un altar en el living de su casa, donde pusieron una foto del cantante, prendieron velas y lloraron a moco tendido por la pérdida de su ídolo. Las imágenes de los acongojados seguidores del Rey del Pop se repitieron en la TV chilena durante todo el martes, una jornada de sentimientos encontrados: junto a los semblantes doloridos de los fanáticos de Michael, la pantalla chica demostró que la vida sigue con los rostros eufóricos de los hinchas azules que, a esa hora, celebraban el nuevo título del club de sus amores.

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