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  El tsunami de tinta del Mono González

  Seis días de talleres junto a artesanos de Curanipe y Pelluhue produjeron el libro "27 febrero", un conjunto de serigrafías donde el artista callejero vuelve a revivir a los desaparecidos. Esta vez, los cuerpos flotantes entre barro y sal son los protagonistas.

Domingo 1 de agosto de 2010| por Paola Mosso / La Nacin Domingo

Luego del terremoto del 27 de febrero los lugareños de Curanipe y Pelluhue huyeron a los cerros. Desde lo alto vieron olas arrastrando caballos y golpeándolos contra las estructuras aún en pie de sus pueblos, para finalmente llevárselos en un huracán de barro y sal. También observaron algunos autos que fueron engullidos por el monstruo azul mientras intentaban escapar por las rutas que bordeaban la costa. Recuerdan que sus pasajeros gritaron hasta que los focos de los carros desaparecieron en medio de la profunda oscuridad.

A cinco meses del remezón, los perros fieles siguen cuidando sus casas destruidas. Hambrientos y enrabiados esperan a dueños que no volverán a sobar sus tristes lomos.

Con estas imágenes se encontró Alejandro "Mono" González al viajar a la Región del Maule. Ocho artesanos lo habían perdido todo y ahora tenían una oportunidad de reactivar sus vidas con las herramientas que uno de los fundadores de la legendaria Brigada Ramona Parra llevaba: bastidores, poleras y pinturas de todos colores que no sólo servirían para estampar la cara bonita de la zona, sino también hacer memoria de las horas en que sus casas se desvanecieron. Un trabajo de pérdida y recuperación que vuelve a revivir el muralista que pintó sobre el país las caras de los desaparecidos por la dictadura. Hoy, los flotantes son los protagonistas de su nueva obra, un libro publicado por Editorial Perro Seco que rescata las imágenes más crudas del maremoto a través del pincel de uno que sorteó gracias a su brocha, las olas de otras catástrofes.

MUROS Y TABLAS

Los paisajes urbanos de películas como "Machuca", "La frontera" y "La fiebre del loco" -y próximamente de "La lección de pintura" de Pablo Perelman-, e incluso los escenarios de la franja del No, han sido trazados por la mano de González. Las escenografías le han permitido costear su día a día. En eso se encontraba junto a su equipo terminando unos paneles que viajarían al día siguiente a la Expo Shanghai, cuando se sacudió Chile. Luego de un abrupto escape del galpón mientras se tambaleaban los edificios aledaños, fue a dejar a uno de sus compañeros de trabajo a su casa. La camioneta que usualmente está llena de brochas y tarros de pintura, se llenó de vecinos ansiosos por llegar a sus hogares. Al doblar por una esquina de San Bernardo, la luz se cortó. Al doblar por la siguiente, un gran muro casi aplasta al vehículo. El muro, protagonista de las calles que lo habían acompañado durante toda su vida, se caía ante sus ojos.

Los muros como soporte del arte gráfico callejero tomaron fuerza a fines de los sesenta con las manos de jóvenes determinados en lograr el triunfo de la Unidad Popular. Uno de ellos fue el Mono, que desde su juventud participó activamente utilizando como vitrina de expresión las calles del país. Desde el momento en que Salvador Allende asumió la Presidencia, los murales, que antes se dedicaban a consignas políticas, afloraron. Palomas, banderas, corazones y manos convirtieron las grises paredes en pizarrones de las demandas sociales. Una de las brigadas que mantiene su trabajo hasta hoy es la Brigada Ramona Parra (BRP), que rinde honores a una joven asesinada en la Plaza Bulnes y que pintó en 1971 junto a Roberto Matta el mural "El primer gol del pueblo chileno", obra recientemente restaurada en la comuna de La Granja.

ORQUESTA DE PINCELES

El Mono nació en Curicó hace 63 años y viajó joven a Santiago, donde estudió en la Escuela Experimental Artística. Ahí aprendió las artes muralistas de Diego de Rivera y David Alfaro Siqueiros. Además de estudiar, trabajó en cultura y propaganda en el Partido Comunista y sus juventudes. Mientras iniciaba sus estudios de Diseño Teatral en la Universidad de Chile, fue miembro de la Comisión Nacional de Propaganda del PC y luego parte del equipo inicial de la BRP.

"En los muros está la unión solidaria y transversal de sueños comunes y de participación creativa, están ahí en esa adrenalina de lo oculto que se hace público delante de todos, con todos y para todos, con el sueño de que las cosas sean distintas", dice ahora mientras mira fijamente y mueve sus manos como si dirigiera una orquesta de pinceles. Bajo la dictadura, más de cien brigadas recorrían Chile y el Mono continuó su trabajo desde la clandestinidad, aunque centrado en dibujos y copias a través de mimeógrafos.

Más de ochenta imágenes conforman el libro "27 febrero" que se lanzará con una exposición en el Centro Cultural de España en septiembre próximo.
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"En la dictadura yo aprendí a apreciar la vida. En la clandestinidad me podía pasar cualquier cosa, así que la gozaba día a día, la vivía al día, la entregaba al día (…) El tiempo es frágil y lo recordé con el terremoto. Volví a vivir la fragilidad del ser humano, de la que no tiene conciencia", cuenta González, que durante el gobierno popular creó escenarios junto a Víctor Jara.

Pero llegó un momento en que el Mono comenzó a caminar por sí solo, y trabajó en escenografías para comerciales de televisión, películas y teatro. Incluso fue jefe de Pintura Escenográfica en el Teatro Municipal durante la década del 80, levantando los fondos de obras como "Don Quijote", con Sara Nieto. Esta última labor la realizó bajo el seudónimo de Marcelo González, por su propia seguridad y la de quien lo llevó a trabajar a los escenarios del gran teatro.

Entre tablas y andamios, el Mono continuó pintando: lo necesitaba. "El trabajo creativo es siempre una terapia. Pero ella no existe si no es compartida, encauzada y si bien en la dictadura era más subterráneo, íntimo o escondido, había imágenes que salían a circular de mano en mano. Ahí aprendí que las imágenes podían conversar y multiplicarse", cuenta el pintor que vio en sus colores el camino de comunicar lo inexpresable, el sufrimiento de una sociedad y el dolor de sus amigos perdidos. "Retratar la ausencia ayuda a caminar con la cara en alto y mirarte a los ojos: a pesar de todo estamos vivos porque tenemos sueños. Recorremos muchos caminos para encontrarnos y vamos descubriéndonos juntos en la multitud, la dictadura no fue capaz de mutilarnos. Los sueños construyen realidades donde no están. En mi trabajo hablo de la presencia de la ausencia: no la puedes tocar, pero la sientes. Están presentes", dice sobre sus muros que transmiten diálogos sociales, entre bocas, corazones y manos que se abrazan.

EL TALLER ABIERTO

"El arte es una terapia para la sociedad", dice el Mono, que durante esta década ha centrado su trabajo en talleres gratuitos de gráfica popular con comunidades de todo el país, entre ellas escuelas, organizaciones sociales y correccionales de menores. "Encuentro en los talleres las herramientas de mi trabajo y nuevos miembros para trabajar y caminar juntos", explica sobre los laboratorios que se establecieron oficialmente hace tres años gracias al aporte del Centro Cultural de España. Los talleres se unieron a su trabajo constante en los muros, labor abierta a la comunidad y que a él le gusta llamar "un taller abierto".

Cuando en abril de este año él y su equipo, conformado también por su hijo el diseñador Sebastián González, viajaron a la Región del Maule a realizar su taller de gráfica popular -proyecto también auspiciado por el Centro Cultural de España- se encontraron con un desierto urbano y un grupo de artesanos malheridos emocionalmente. Incluso personas que no se atrevían a salir de sus casas luego del terremoto, caminaron a reunirse con el pintor para aprender serigrafía y retratar lo que les había sucedido. El Mono recuerda emocionado a una mujer que quería dibujar la ola gigante que se había comido la ciudad. Se la describía con un rostro emocionado, tratando de emular las formas del agua con las manos. Mientras ella hablaba, una vecina la interrumpió y la increpó diciéndole : "¡cómo podía hablar de eso! ¡que le haría peor decir las palabras! "Yo les decía 'No, cuenten su experiencia' y ahí comenzaron a abrirse", recuerda.

La terapia de sanación que para él había sido tan reconfortante volvía a recordarla en estos momentos en que los otros la necesitaban: "Nada ayuda esconder, ocultar o tapar, el tema es decirlo y compartirlo. Dímelo, sácalo, quiero verlo y aquí está: es nuestra terapia colectiva. Nos dolemos, nos alegramos, nos caímos, nos paramos… a caminar", dice con su voz cálida, como si su gran bigote la abrazara al salir.

imagenDurante esos seis días de abril reconfortó a los artesanos y ellos a él, llevándolo a crear las más de ochenta imágenes que conformarán el libro "27 febrero", que se lanzará con una exposición en las dependencias del Centro Cultural de España en septiembre próximo.

"Me interesan las terapias sociales porque finalmente me las estoy haciendo a mí mismo. En el fondo estoy transmitiendo algo, predicando algo, porque este país necesita sanarse. Yo vengo de esta cultura de la muerte de la dictadura, pero también vengo de esta otra, de esta tragedia que les tocó a todos. Nadie está exento del peligro. Si no le pasó allá en la época de la muerte del hombre contra hombre, le pasó acá. Tenemos terremoto, tenemos dictadura, tenemos verdad, tenemos justicia: hay procesos inconclusos. Yo quiero cerrar mi ciclo de vida dándole respuesta a esos procesos inconclusos", dice el hombre que ha navegado por las aguas pintando sobre sus olas el color de la ausencia.

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