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Electricidad: empezar por el uso eficiente

Chile podría disminuir su consumo eléctrico en el equivalente a lo que brindarían tres plantas nucleares que, además, tardarían dos décadas en construirse a un costo de más de nueve mil millones de dólares.

Domingo 5 de septiembre de 2010| por RAÚL SOHR

En la mayoría de los países el Estado es el que asume la responsabilidad por la seguridad energética. Hoy todos los países enfrentan un doble desafío: asegurar que cuentan con la energía requerida y, a la vez, procurarla sin dañar el medio ambiente. Multiplicar las emisiones de CO2, como ocurre con las plantas termoeléctricas a carbón, contribuye al calentamiento global. Chile se comprometió ante Naciones Unidas a disminuir sus emisiones de CO2 en 20% para 2020. Dicho compromiso es imposible de cumplir si se construyen plantas alimentadas con carbón. Además, en el caso nacional, existe el agravante de la contaminación en las zonas agrícolas. Ello va en directo detrimento de la exportación de vinos, frutas y otros productos vulnerables ante la discriminación de los consumidores.

Si para Chile se proyecta un crecimiento económico de seis por ciento anual se suele señalar que, al menos, se requiere un aumento de ocho e incluso 10% en la generación eléctrica. En rigor, lo primero que el gobierno debe estimular es el desacople entre el crecimiento y el consumo energético. Hay países, como Dinamarca, que lo han logrado. ¿Cómo? Aprovechando de la manera más eficaz lo que ya se tiene. Es lo que se denomina la eficiencia energética y puede alcanzarse de variadas maneras. Una es sacándole el mejor provecho a las fuentes. En el caso de la electricidad que debe transportarse cabe mejorar las líneas de transmisión. El mayor impacto, en todo caso, se logra con la colaboración del usuario mediante el empleo de aislantes térmicos en las construcciones, con sistemas de iluminación y aparatos eléctricos de alto rendimiento.

Londres lanzó en 2002 un programa que exigía a los abastecedores de gas natural y electricidad una reducción del consumo en los hogares de un uno por ciento, lo que equivalía a 62 teravatios hora (TWh). Ello requirió inversiones por unos 500 millones de libras esterlinas para mejorar el aislamiento en más de 850 mil viviendas. La meta aquí era lograr un ahorro de 28 TWh, para lo cual se entregaron a la población 18 millones de ampolletas de bajo consumo. El objetivo fue cumplido evitándose la emisión de 1,5 millones de toneladas de CO2.

En Estados Unidos se estima que en muchos casos se puede ahorrar hasta 75% de la electricidad empleada a través de medidas que son más económicas que la propia electricidad utilizada. Cálculos de empresas especializadas señalan que es posible lograr un ahorro de 50% en motores eléctricos y de 60% en los sistemas de climatización. La conservación, por su parte, se logra utilizando menos los automóviles, reduciendo la intensidad de la iluminación y bajando la calefacción. A veces, la frontera entre la eficiencia y la conservación de energía es borrosa, pero ambas categorías son centrales para lograr el desacople. El estadounidense Amory Lovins puso en boga el concepto de negavatios. Estos son los vatios que se ahorran o se hacen rendir más gracias a la eficiencia. A condiciones iguales, en la era de la conciencia del calentamiento global, los últimos se tornan más importantes que los megavatios. En palabras de Lovins: “Poca gente sabe cuánta eficiencia está disponible: hay suficiente en Estados Unidos para ahorrar la mitad del petróleo y el gas y tres cuartas partes de la electricidad”. Un estudio realizado en Suecia por la empresa Vattenfall, en 1989, mostró que podría ahorrarse la mitad de la electricidad a un costo que representa 78% que lo que costaría producir una cantidad equivalente.

Si están al alcance de la mano semejantes ahorros, ¿por qué no se han hecho? La respuesta está en los gobiernos y las enormes industrias generadoras y distribuidoras. El interés de las empresas es generar y vender cada vez más electricidad. Drásticos programas de ahorros mermarían sus ingresos. De allí que contribuyan a fijar una agenda que, antes de considerar la eficiencia, pone el acento en la construcción de nuevas centrales. Más represas, más termoeléctricas e incluso una planta nuclear en uno de los países más sísmicos del mundo. Las medidas de conservación y eficiencia energética son más económicas y son de rápida aplicación. Chile podría disminuir su consumo eléctrico, en algo más de una década, en el equivalente a lo que brindarían tres plantas nucleares que, además, tardarían dos décadas en construirse a un costo de más de nueve mil millones de dólares. No hay que ser ingeniero para entender que es lo que más conviene al país. //LND

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