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  Elegir Presidente es cosa seria

  ¿Cuál es el requisito principal que debemos poner a un gobernante? La integridad moral, sin duda. Un Presidente merecedor de la confianza de los ciudadanos no puede confundirse respecto de la relación entre los fines y los medios. Debe tener una noción clara del valor de los escrúpulos.

Viernes 4 de diciembre de 2009| por SERGIO MUÑOZ

Ya está casi todo dicho sobre los actuales candidatos a la Presidencia y conocemos aproximadamente los puntos que calza cada uno. Frei (67 años), Arrate (68 años) y Piñera (60 años) llevan bastante tiempo en la política y, por lo tanto, la campaña no ha deparado grandes novedades acerca de sus características personales, aptitudes y carencias. A Enríquez-Ominami (36 años), que estaba en el colegio cuando los otros candidatos ya eran figuras destacadas, lo hemos ido conociendo en estos meses.

Como es sabido, en nuestro país el cargo de Presidente concentra amplias facultades. Precisamente por ello, es muy alta la responsabilidad de los ciudadanos al elegir a quien ejercerá tales atribuciones. En los hechos, es una demostración de confianza respecto de sus atributos humanos, intelectuales y políticos para desempeñar el más alto cargo de nuestro orden republicano. Así las cosas, a esa persona no podemos sino ponerle la vara muy alta en cuanto a conocimientos, aptitudes y vocación democrática, pero sobre todo en el ámbito de la rectitud.

La elección no es un concurso para elegir a alguien "buena onda", que se tome deportivamente la función presidencial. El cargo puede ser ejercido de muy diversas maneras, pero lo decisivo es el autocontrol, la autoexigencia, las buenas costumbres que tenga la persona elegida.

¿Puede sacar la vuelta un Presidente? Por cierto que sí. ¿Puede dar la impresión de que está concentrado en sus deberes, pero en realidad no estarlo? También. Incluso en los tiempos actuales es mayor la posibilidad de que las apariencias engañen. Por ejemplo, un gobernante puede hacerse fotografiar o filmar en su escritorio, frente al computador o ante un montón de papeles, con un lápiz en la mano y en actitud reflexiva, y dar así la impresión de gran dedicación, pero todo ello puede ser únicamente una representación para los medios.

Se sabe que, en ciertos países, algunos mandatarios no se esfuerzan demasiado, o se permiten horarios de trabajo muy relajados, o dedican varias horas a su apariencia personal, para llegar sólo después de mediodía a la oficina. La excusa es, a veces, que ellos saben "delegar funciones" en sus colaboradores.

Son infinitas las triquiñuelas con las que se puede desnaturalizar el poder democrático y burlar a los ciudadanos. Una demostración de ello es la presencia en Argentina de un personaje como el ex Presidente Néstor Kirchner, que se las ha arreglado para seguir teniendo las riendas del poder durante el mandato de su esposa.

En Chile, el Presidente necesita tomar decisiones cotidianas sobre múltiples materias, entre ellas las relativas a la defensa nacional y las relaciones exteriores, en las que se juega el interés nacional. Los ministros y los asesores pueden jugar un papel importante, pero es finalmente el Presidente quien asume la responsabilidad de escoger un curso de acción. A él le corresponde sopesar los pros y los contras de una determinada situación, y optar por la mejor solución posible, a veces limitada e insatisfactoria.

El Presidente no es una especie de gerente general de una gran empresa llamada "República de Chile". Aunque es indispensable que tenga claridad sobre los ingresos y egresos de la caja fiscal, y buen criterio acerca de cuánto gastar y en qué áreas, necesitamos que entienda el sentido esencial de las decisiones económicas. No puede hacer consideraciones puramente contables, sino también sociales, políticas, institucionales, incluso éticas, para resguardar eficazmente el interés colectivo. Fue lo que debió hacer la Presidenta Bachelet frente al impacto de la crisis mundial en nuestro país.

El Mandatario debe mantener la calma en tiempos turbulentos o de crisis. Es entonces cuando su equilibrio y su sensatez son puestos a prueba. Si le toca enfrentar una emergencia, será determinante su buen juicio para que el país salga airoso. Pero será catastrófica su estrechez de miras.

Por tales razones, uno puede imaginar lo inquietante que debe ser en algunas naciones de la región la presencia de mandatarios desaprensivos, con fuerte inclinación demagógica, dispuestos a atropellar las leyes y que gobiernan sólo para su grupo de poder. En tales circunstancias, los ciudadanos sólo pueden cruzar los dedos y esperar que no se produzcan grandes calamidades.

Un gobernante cabalmente democrático debe saber decir no. O sea, debe ponderar los pros y los contras de una determinada situación, sopesar los factores en juego, y decidir. No debe dejarse intimidar por las presiones corporativas, ya sea de un gremio, una asociación empresarial o una agrupación de militares en retiro.

La cuestión clave es el sentido nacional y la visión de Estado. En tal sentido, puede ser desastroso que un gobernante posea negocios propios que lleguen a perturbar su capacidad de diferenciar entre los intereses personales y los del país.

Es obvio que ninguna persona reúne todas las cualidades que se requieren para una función tan exigente. Alguien puede ser un buen orador, pero nada más que eso. Otro, un especialista en movimientos tácticos, pero carente de visión estratégica. Otro puede ser un político hábil, pero no un estadista.

¿Cuál es el requisito principal que debemos poner a un gobernante? La integridad moral, sin duda. Un Presidente merecedor de la confianza de los ciudadanos no puede confundirse respecto de la relación entre los fines y los medios. Debe tener una noción clara del valor de los escrúpulos. Si relativiza el sentido de la decencia, que Dios nos pille confesados.

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