
Lunes 18 de enero de 2010| por Sergio Muoz Riveros
El proceso electoral ha concluido. El voto de los ciudadanos ha resuelto que Sebastián Piñera sea el Presidente de la República para el período 2010-2014. La derecha vuelve al gobierno por la vía democrática después de 51 años, cuando Jorge Alessandri derrotó a Salvador Allende, pero sólo 20 años después de cogobernar con Pinochet.
Las fuerzas de derecha tienen buenos motivos para celebrar. Consiguieron unirse tempranamente, neutralizar los recelos sobre su candidato y desplegar una campaña que tuvo como motivo central la idea del cambio, que en realidad se traducía como reemplazo del equipo gobernante, ya que en términos programáticos, trataron de parecerse lo más posible a la centroizquierda.
Con frecuencia, las derrotas electorales de una fuerza gobernante se deben a los magros resultados de su gestión, al fracaso económico, a la agudización de las carencias de la mayoría, al desprestigio del gobernante o la inestabilidad institucional. Pero no es el caso de Chile. Por el contrario, nuestro país ha progresado como nunca en su historia; los avances sociales no tienen parangón en América Latina y es muy alta la aprobación ciudadana a la gestión de la Presidenta Bachelet y su gobierno.
La explicación, entonces, es política, pero entendida ésta en su sentido menos noble, como juegos de poder de las cúpulas y predominio del oportunismo. Esto incluyó el cálculo desquiciado de quienes creían que era útil perder ahora para que prosperaran sus propios planes.
Se demostró que la primera vuelta era determinante para el resultado final. La derecha enfrentó un escenario soñado, en el que su candidato compitió contra un concertacionista y dos ex concertacionistas. Nunca antes se había dado un cuadro tan favorable para sus intereses. Pero eso no fue todo. Marco Enríquez-Ominami atacó con saña a Frei y la Concertación, lo que, en los hechos, generó confusión en una parte del electorado progresista y representó un gran servicio a la derecha. Esquivar el examen del tóxico papel que jugó MEO, implica taparse los ojos ante el factor más gravitante del triunfo derechista.
Está fuera de discusión que, más allá de sus errores e insuficiencias, la Concertación cumplió una sobresaliente labor en el gobierno. Por desgracia, como alianza partidaria experimentó una aguda erosión en los últimos años, provocada por la falta de democracia interna en los partidos, los proyectos personalistas, la escasa renovación de sus dirigentes, la moda de ser díscolo, la pérdida del sentido de lealtad, todo lo cual debilitó a una coalición que -cruel paradoja- ha sido la más exitosa de nuestra historia.
¿Pudo ser diferente el resultado con otro candidato? No hay cómo saberlo. ¿Quizás MEO no se habría presentado si el abanderado hubiera sido Lagos? Es sólo especulación. Además, en tal caso, es posible que Adolfo Zaldívar hubiera atraído una parte de los votos concertacionistas.
Lo concreto es que Frei estuvo dispuesto a dar una batalla difícil contra un candidato de la derecha que llevaba un año en campaña y no se fijaba en gastos. Habría sido más cómodo para él observar los acontecimientos desde su condición de ex Presidente que ya cumplió su tarea, pero se puso al frente. Mostró gran temple y una enorme capacidad para asimilar las exigencias de estos tiempos. Creció en la campaña y se ganó el respeto de amplios sectores.
¿Qué viene ahora? Piñera tendrá que responder a las expectativas que alimentó. Tiene a su favor el mejor balance fiscal que un gobierno le haya entregado a otro. O sea, habrá plata, y probablemente él no se preocupará mucho de la ortodoxia neoliberal sobre el gasto público con tal de ampliar su base de apoyo. En el Senado habrá mayoría concertacionista y, por tanto, estará obligado a buscar acuerdos. Ya veremos qué hará con sus negocios y cómo enfrentará las presiones corporativas. Esperemos que los años que vienen no signifiquen un retroceso social y que no se vea afectada la gobernabilidad.
La Concertación deberá efectuar una autocrítica sin coartadas, que sea el punto de partida de una auténtica renovación. Siga existiendo o no con el mismo nombre, los partidos que la integran deberán poner al día sus estructuras y estilos, oxigenarse de verdad, dialogar con la sociedad y abrir paso a la nueva generación de dirigentes.
Éste es el momento de la unión, no de la dispersión. Pueden surgir nuevas agrupaciones, pero cualquier refundación tiene que afirmarse en el principio de la alianza de la DC y la izquierda. La eventual ruptura sería un segundo triunfo de la derecha. Hay que mantener, además, la unidad de acción con el Juntos Podemos.
Corresponde que las fuerzas de centroizquierda actúen con dignidad en la derrota. Deben contribuir a que el gobierno de la Presidenta Bachelet termine su tarea con honores y reafirmar su compromiso con los procedimientos democráticos y el interés nacional.
¿Y el futuro? Una cosa es clara: Michelle Bachelet, Ricardo Lagos y Eduardo Frei tendrán que ser los inspiradores y guías de la regeneración de una corriente unitaria de centroizquierda, moderna, inequívocamente democrática, comprometida con la justicia social y ajena al populismo.
Sólo las corrientes políticas que aprenden de sus errores y reveses consiguen perdurar. Las fuerzas de centroizquierda tienen ahora la oportunidad de asimilar las lecciones profundas de estos años, repensar sus programas y prácticas, actuar con renovado sentido ético. Así podrán reconquistar la confianza de los ciudadanos.
Foto: Esteban Garay