
Viernes 7 de agosto de 2009| por RAÚL SOHR
A medida que se aleja la fecha del lanzamiento de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, el 6 y el 9 de agosto de 1945, respectivamente, crece el debate sobre si se justificaba el empleo de la más letal de las armas de destrucción masiva. Los científicos que desarrollaron las armas atómicas en Estados Unidos sabían del poder devastador que se aprestaban a poner en manos de gobernantes y militares. En el selecto grupo que participaba en el Proyecto Manhattan, cómo se codificó la producción de esos ingenios nucleares, participaban numerosos europeos refugiados del nazismo alemán y del fascismo italiano. Entre varios surgieron reservas éticas sobre las consecuencias de lanzar semejante carga destructiva sobre alguna ciudad japonesa.
Uno de los participantes en este debate fue Glenn Seaborg, Premio Nobel de Química, en su condición de codescubridor del plutonio. Poco antes de su muerte conversé con Seaborg, en San Francisco. A él le correspondió integrar una comisión destinada a asesorar al Presidente Harry Truman sobre la utilización del arma atómica. Una de las opciones que consideró Truman fue traer a Estados Unidos una delegación japonesa del más alto nivel. Allí los nipones podrían apreciar de primera mano la aterradora capacidad destructiva de la bomba atómica. Si no se rendían, después de ver lo que les esperaba, la responsabilidad sería enteramente de ellos. Se esperaba que la demostración inclinara la balanza en favor de los japoneses, que ya comprendían la futilidad de continuar la guerra.
Pero los generales estadounidenses descartaron la idea de realizar una exhibición pacífica. Estimaron que ninguna demostración técnica tenía posibilidades de detener la guerra. Estaban frescas las batallas cuerpo a cuerpo en Iwo Jima y Okinawa, y un oficial comentó sobre futuros combates: "Todos están de acuerdo en que la única manera de derrotar a los japoneses es matándolos a todos. Ellos no se rinden y nuestras tropas no asumen riesgos y los matan de todas formas". Truman acabó haciendo suya la opinión castrense, entre otros argumentos porque no podían asegurar que las bombas estallarían en todos los casos.
Hiroshima fue escogida como blanco porque estaba intacta, sin haber recibido una sola bomba en toda la guerra. Ello permitiría estudiar con claridad la devastación causada efectivamente el 6 de agosto de 1945. El estado de ánimo febril de algunos mandos nipones lo reflejó el general Anami Korechika, ministro de Guerra, quien sentenció: "¿No sería magnífico que toda la nación fuese destruida como una bella flor?". Tres días más tarde, una segunda bomba cayó sobre el centro industrial de Nagasaki, esta última de plutonio. Pese a que la mayoría de los japoneses deseaba la paz, hasta el último minuto la ultraderecha militarista buscó proseguir la guerra. Cuando el Emperador grabó la cinta magnética en que anunciaba la rendición -sería la primera vez que los japoneses escucharan su voz-, los ultristas intentaron dar un golpe de Estado e impedir que la cinta fuese transmitida. Finalmente, el general Korechika y cientos de sus seguidores cometieron el suicidio ritual del harakiri. La bomba atómica sacudió hasta sus cimientos al imperio del sol naciente, que firmó su rendición incondicional.
Hay algunos japoneses que hoy creen que la bomba fue lanzada sobre su país porque eran asiáticos o amarillos a los ojos del racismo occidental. Argumentan que Estados Unidos no hubiese lanzado una bomba sobre la blanca Alemania, pese a que los germanos combatieron con igual fanatismo hasta el último reducto en Berlín. Esta creencia carece de fundamentos objetivos porque el arma no estaba disponible para la culminación de la guerra en Europa. En lo que toca a las víctimas y sus descendientes pueden tener un consuelo: el horror por la matanza, que cobró 200 mil vidas y cientos de miles más en años posteriores, fue de tal magnitud que jamás, desde entonces, ha sido lanzada una ojiva nuclear en el curso de un conflicto.