
Domingo 22 de noviembre de 2009| por Diego Moulian
Hace un tiempo, muchos lamentábamos la baja presencia de los candidatos presidenciales en la televisión, el gran canal de interacción entre la ciudadanía y la política. En las últimas semanas, sin embargo, la tortilla se ha dado vuelta, y ahora abundan las quejas porque salen hasta en la sopa. Pero, más que cuántos segundos contabilizan, lo importante es saber cómo aparecen los postulantes a La Moneda en la pantalla chica. Sin tomar en cuenta el espacio institucionalizado de la franja, es posible detectar tres modalidades principales.
En los noticiarios la carrera presidencial ha sido abordada por medio de notas relativamente breves. En estos espacios informativos el énfasis ha estado puesto en los conflictos y rencillas y en las cotidianas actividades proselitistas de cada uno de los postulantes, con una clara menor tribuna para Arrate. Prácticamente han brillado por su ausencia sus propuestas y programas para enfrentar los problemas de la sociedad. Se trata de una cobertura ensimismada, donde la campaña se ha convertido en la gran noticia, dejando de ser sólo una instancia para que los candidatos comuniquen sus planteamientos a los electores.
Los debates televisivos constituyen la segunda modalidad de aparición de los presidenciables. Su excesiva rigidez y el escaso tiempo para hacer uso de la palabra, han complotado contra un intercambio de ideas de fondo, primando el eslogan efectista. Sin embargo, comparando el debate de TVN con el más reciente de Anatel, se observa una mejoría en la calidad de la discusión, lo que tiene que ver con el mayor protagonismo de los periodistas. En el primero, Alejandro Guillier actuó como un mero presentador; en el otro, en cambio, hubo un panel de profesionales de la prensa que planteó varias interrogantes incisivas, contrapreguntó, puso en el tapete tópicos de actualidad relevantes, y obligó a los candidatos a pronunciarse sobre asuntos incómodos para ellos y significativos para la población. Es necesario, por lo tanto, reivindicar el rol del periodismo, y, de paso, echar por tierra la ilusión demagógica que se ha instalado con fuerza en el ultimo tiempo, según la cual dar la oportunidad al público para que interpele a los presidenciables es sinónimo de profundización del debate democrático, al obligar a los dirigentes políticos a hacerse cargo de las demandas ciudadanas. Eso se intentó en el foro del canal estatal y no dio resultados; la mayoría de las preguntas de los asistentes fueron bastante básicas y los candidatos les hicieron el quite con facilidad.
Por último, tenemos la presencia de los candidatos en programas misceláneos o faranduleros, como los matinales, la serie de Chilevisión "Usted no me conoce", el anunciado ciclo de entrevistas con Mario Kreutzberger, Morandé con Compañía y el reality 1910, espacio de rescate de la memoria histórica al que sólo asistieron Piñera y MEO. Supuestamente, aquí los presidenciales muestran su lado humano y sensible, su faceta familiar, su cotidianeidad en el hogar. La tesis central de estos espacios televisivos es la siguiente: conocer la intimidad de los postulantes al sillón de O'Higgins permite a los electores tomar una decisión más informada. Adoptan así un rasgo de la política norteamericana, según la cual la vida privada de los candidatos es un elemento relevante para el escrutinio ciudadano. Yo, sin embargo, prefiero la tradición europea, gracias a la cual el hijo que tuvo Mitterrand fuera de su matrimonio jamás formó parte de la discusión pública. //LND