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Viernes 13 de julio de 2012| por Juan Costeau - foto: Esteban Garay
En el principio, Francisca García-Huidobro generaba simpatía. En su paso por “S.Q.P.” entendió perfectamente lo que había que hacer en el negocio para destacar: ningunear a unos faranduleros de poca monta, ser categórica en sus aseveraciones y derrochar humor a cuentagotas. Esas cualidades, en un ambiente de mínima capacidad intelectual, la transformaron en un personaje sobresaliente.
Por eso, no sorprendió que, al poco tiempo, le ofrecieran la animación del estelar “Primer Plano”. Esa responsabilidad fue su propia revancha: como actriz siempre fue secundaria y, ahora, -pese a las miradas inquisidoras de sus colegas- exhibía una mueca de triunfo.
Pero se sabe: la televisión, con el tiempo, siempre distorsiona. A sus comportamientos de patrona de fundo, García Huidobro fue adquiriendo actitudes para el aplauso fácil.
Mientras la actual temporada de “Primer Plano” es, por lejos, la más baja de su delirante trayectoria, la conductora ha añadido conductas que reflejan su mal momento televisivo.
Hace unos días, en “Talento Chileno” -candidato con merecimientos al programa más ordinario de 2012- ofreció una lamentable autoparodia. Unos niños con síndrome de Down -en un truco bajísimo para conseguir audiencia- ofrecían una coreografía y la cámara se quedó pegada en García-Huidobro. ¿Qué hacía? Por sus mejillas corrían planificadas lágrimas.
Esta semana, a raíz de la promoción de la película del humorista Kramer, la actriz sacó la voz para demostrar su poder.
Afirmó que no le gustaría que el cómico fuera a “Primer Plano” para hablar sobre su filme. La razón es evidente: manifestar su apoyo a Jordi Castell, su compañero de labores y que tiene pugnas públicas con el comediante. La actriz se olvida de un pequeño detalle: Chilevisión, la compañía en la que trabaja, es uno de los auspiciadores de la película.
Este berrinche no es más que la constatación de que su personaje televisivo se la ha devorado. García Huidobro cree tener la capacidad de subir o bajar el pulgar sobre negocios de la empresa y, por consecuencia, mostrarle a la gente común del amplio dominio de sus atribuciones.
En su opinión no hay rebeldía ni supuesta solidaridad. Lo que hay, tal como ese llanto al observar a los niños discapacitados, es una caricatura. Tratar de embaucarnos a todos que en ella se concentran todas las virtudes de un ser humano noble, bueno y rotundo. Un traje que, definitivamente, no le queda a la medida.