
Domingo 23 de agosto de 2009| por DIEGO MOULIAN
En Argentina "ahora es el turno de que el fútbol caiga bajo la égida del Estado", señaló alarmado El Mercurio durante esta semana, a raíz de la decisión del canal público del vecino país de comprar los derechos de transmisión de los partidos de la liga local, lo que implica el fin unilateral del contrato que la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) tenía con la estación de cable TC Sports. Es muy probable que el acuerdo entre la AFA y la red televisiva estatal esté motivado por cálculos de esa naturaleza, lo cual no es ninguna novedad. En la nación trasandina, y también en Chile, las relaciones entre fútbol y política siempre han sido más estrechas de los que muchos han querido reconocer. Basta con recordar las dictaduras militares, que hicieron todo lo posible para convertir al deporte rey en el opio del pueblo, en un factor distractor frente a los crímenes, abusos y penurias económicas. Es legítimo, por lo tanto, tener aprensiones cuando el régimen de turno mete sus manos en el balompié. Sin embargo, hay que reconocer que la resolución del gobierno de la Señora K se hace cargo de un problema de fondo: asegurar que la ciudadanía tenga acceso libre a hechos de la vida colectiva que, por su relevancia e impacto masivo, son de connotación pública. El fútbol encaja perfectamente en esta categoría de acontecimientos. En España -un país que claramente no está dominado por la obsesión estatizadora a la que tanto teme El Mercurio- la ley le reconoce un estatuto especial a las competiciones deportivas de trascendencia social, las que deben "retransmitirse en directo, en emisión abierta y para todo el territorio del Estado". Gracias a esta legislación, los clásicos entre el Barcelona y el Real Madrid -por ejemplo- son vistos por todos los catalanes y madrileños sin distinción, aunque no tengan televisión pagada en sus hogares. Durante las décadas de los 80 y 90, los fanáticos del fútbol nos acostumbramos a seguir los habituales fracasos y escasos éxitos de los equipos nacionales por la TV abierta. Sin pagar un peso, vimos al Colo Colo que levantó la Copa Libertadores, a la Unión Española que llegó a cuartos de final de ese torneo, a la UC que fue subcampeón continental. Hoy en día, no basta con estar abonado a la televisión por cable para presenciar el campeonato criollo y las competencias sudamericanas, además hay que cancelar un monto adicional que permite acceder a la señal premium. La pasión de multitudes se ha convertido en un rentable y exclusivo espectáculo para quienes pueden pagar. A la mayoría de los hinchas sólo le queda un consuelo: los derechos de transmisión del próximo Mundial fueron adquiridos por TVN. Así, no tendrán que correr a la fuente de soda de la esquina o gastar el dinero de la cuenta del agua para poder observar por TV el desempeño de la Roja en tierras africanas.
Estamos en presencia de una nueva fase -advirtió el diario-, de la ofensiva estatizadora de la administración de Cristina Fernández, que ya nacionalizó el servicio de correos, Aerolíneas Argentinas y el sistema de pensiones, agregando que se trata de una maniobra ideada por el propio Néstor Kirchner para aumentar la popularidad del gobierno de su esposa.