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  Haití golpeado y sin Estado

  Las poblaciones están construidas sobre laderas de cerros que con frecuencia se desmoronan. Los huracanes y lluvias provocan deslaves con fatídica regularidad.

Viernes 15 de enero de 2010| por Ral Sohr

Una maldición parece pesar sobre la primera república independiente del Caribe. El terremoto del martes ya se configura como la mayor de las desgracias en cuanto a víctimas fatales en la historia del país. La proyección de bajas suma decenas de miles. Como en otras tragedias naturales, sin embargo, resulta dudoso que se llegue a saber una cifra exacta. Haití, con sus estimados nueve millones de habitantes, carece de un censo que permita establecer, en forma confiable, la cantidad de muertos.

La primera prioridad de los rescatistas, como es lógico, será salvar cuantas vidas sea posible. La luctuosa tarea de establecer las estadísticas de muertes será enterrada con la rápida putrefacción de los cadáveres y la amenaza que ello representa para los sobrevivientes.

Los sismólogos tienen una clara explicación de lo que ha ocurrido. La isla que Haití comparte con la República Dominicana está sobre dos placas tectónicas que cada tantos siglos producen terremotos. Pero aunque los haitianos lo sabían, era poco lo que podían hacer. Ello porque Puerto Príncipe, la capital, que sufrió el pleno impacto de las ondas sísmicas, es una ciudad completamente inorgánica.

Las poblaciones están construidas sobre laderas de cerros que con frecuencia se desmoronan. Los huracanes y torrenciales lluvias provocan deslaves con fatídica regularidad. No existe canalización de las aguas, lo que produce una constante erosión de terrenos cuya vegetación desapareció hace mucho. Apenas 2% del país tiene cobertura vegetal.

En Estados Unidos hay sectores de la derecha xenófoba que estigmatizan a los haitianos. Más de un millón de ellos ha emigrado a América del Norte. Dicen que es el país de las cuatro H: Haití, HIV, Heroína, Homosexualidad. El telepredicador estadounidense Pat Robertson, en su alucinada visión del mundo, achacó el terremoto y otras desgracias al demonio. Ello porque los haitianos llegaron a un pacto con el diablo para independizarse de Francia. "Te serviremos si nos liberas de los franceses", asegura que propusieron a Satanás. Y el maligno, según Robertson, aceptó y expulsó a los franceses.

El verdadero demonio que enfrentan los haitianos es la ausencia de un gobierno eficaz. Claro, ningún Estado puede impedir los desastres naturales, pero en 2008 el Caribe fue golpeado por una seguidilla de cuatro huracanes: Fay, Gustav, Hanna e Ike. Es difícil comparar cómo cada cual afecta a distintas regiones. Las tormentas son caprichosas y cambian de rumbo e intensidad. Pero quedó a la vista una diferencia abismal entre lo ocurrido en Cuba y Haití. La Habana, en previsión de Ike, evacuó a un millón de personas y tomó las providencias que permitieron, pese a grandes pérdidas materiales, preservar lo más precioso: las vidas de sus ciudadanos. Ante Haití no se pudo más que sentir una profunda conmiseración, con una población que quedó indefensa ante el embate de la naturaleza. Se estimó que murió más de medio millar de personas. La ciudad de Gonaives quedó sumergida bajo un lodazal, con la mitad de sus cien mil habitantes sin agua potable.

Para todos los efectos prácticos, Haití carece de Estado. La escasa administración central es incapaz de conducir el país, amén de la endémica corrupción que la afecta en todos los niveles. En Haití, el país más pobre de América, el robo de bienes públicos fue desenfrenado por parte de la dupla, padre e hijo, integrada por Jean-Claude Duvalier, llamado también Baby Doc al heredar el poder de su padre, François Duvalier, alias Papa Doc. Entre ambos gobernaron durante 35 años.

Al ser depuesto, Baby Doc contaba con al menos 120 millones de dólares depositados en bancos internacionales. A los pobres haitianos, como suele ocurrirles a los pobres en todo el mundo, les llueve sobre mojado. Ahora con el terremoto quizás, en medio del dolor, se abra una oportunidad para construir un nuevo Puerto Príncipe y, junto con la ciudad, los haitianos echen las bases para un Estado que les permita enfrentar las desgracias futuras.

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