
Sábado 30 de junio de 2012| por Nación.cl - foto: EFE
Salvo que se produjera un vuelco político muy importante, todo parece indicar que en las elecciones presidenciales del domingo en México triunfará el candidato del opositor Partido Revolucionario Institucional (PRI, centro) y del Partido Verde, Enrique Peña Nieto, ex gobernador del Estado de México, el más poblado del país, vecino a la capital, con 15 millones de habitantes.
Su triunfo marcaría el regreso al poder de un partido que gobernó el país durante más de 71 años y que fue asociado con los peores vicios institucionales pero también con cierta estabilidad política. Pero su favoritismo se explica, más que en sus propias promesas, en los 12 años de fallidos gobiernos conservadores que dejaron al país sumido en la violencia y la pobreza.
Además de la sangrienta guerra al terrorismo que desató la venganza y la lucha interna en los cárteles de la droga, los mexicanos reclaman a Felipe Calderón no haber generado empleos, pese a lograr una estabilidad macroeconómica, en un país con el 47% de sus 112 millones de habitantes en la pobreza.
Por esto los sondeos no sólo son auspicios con el PRI sino que también prevén que la izquierda obtenga una victoria abrumadora en la capital mexicana, que gobierna desde hace 15 años, en las elecciones legislativas.
El candidato a jefe de gobierno de la coalición Movimiento Progresista, Miguel Ángel Mancera, domina las encuestas con una ventaja arriba de 72%, es decir, más de 4 a 1 respecto a su rival más cercana, la conservadora Isabel Miranda.
Asimismo, los sondeos anticipan que el Partido Acción Nacional (PAN), que desbancó del poder al PRI en el 2000, podría sufrir fuertes golpes no sólo porque perdería el principal cargo, sino las gobernaciones en 2 de sus principales bastiones: el estado occidental de Jalisco y el sureño de Morelos, aunque podría agregarse Guanajuato, también al occidente.
Uno de los elementos que más hundió el apoyo popular a los conservadores fue la guerra que el Presidente Felipe Calderón lanzó en 2006 contra los cárteles de la droga sacando a los militares a la calle para contrarrestar la acción de la policía infiltrada muchas veces por los narcos.
Esta guerra ha dejado más de 60.000 muertos, 250.000 desplazados, 20.000 desaparecidos y unos 10.000 huérfanos, según cifras de organismos civiles.
Esto es lo que tendrán en cuenta el 1 de julio los 79,5 millones de personas que fueron convocadas para elegir en todo el país a un Presidente de la República, 500 diputados federales, 128 miembros del Senado y 7 gobernadores (entre ellos el de la capital).
Y aunque pocos defienden la integridad política del PRI, muchos anhelan cierto nivel de tranquilidad, aunque Peña Nieto no ha hecho anuncios muy llamativos relacionados con la seguridad ni el control de la violencia, a todas luces, el gran desafío del próximo gobierno mexicano.
Peña Nieto afirmó durante su campaña que tendrá un “compromiso indeclinable con el combate al crimen organizado”, pero nunca concretó su estrategia, más allá de anunciar que será asesorado por el colombiano Oscar Naranjo, gestor de sonados golpes al narcotráfico en su país.
Otro elemento que eclipsa la figura de Peña Nieto es su partido. Sus rivales y detractores aseguran que detrás de la nueva figura del PRI están los tradicionales caudillos, entre ellos varios ex gobernadores acusados de nexos con el narcotráfico y corrupción.
“El PRI no ha modificado su forma de hacer política. Pero tiene estructura territorial, una cara nueva y la insatisfacción que gravita por la violencia. Le ofrece a la gente experiencia y certidumbre de protección”, explica Javier Oliva, investigadora la Universidad Autónoma de México.
Peña Nieto (joven carismático y con una bella esposa actriz) apuesta a esa experiencia, luego que en las elecciones de 2006. “En el PRI sabemos competir, ganar y gobernar en democracia”, dijo esta semana en un mitin.
Por eso sus detractores no tienen muchas expectativas sobre su futuro Gobierno pues -aseguran- una cosa es tener la experiencia necesaria para derrotar a enemigo agonizante y otra es gobernar con nuevas estrategias dejando atrás los antiguos vicios. Si Peña Nieto aprendió eso, sólo se sabrá después del 1 de julio.