
Miércoles 22 de junio de 2011| por Claudio Leiva Corts
Pamela tenía 7 años y vivía con sus abuelos mientras su madre trabajaba. A la niña le gustaba dormir con el abuelo y era una buena alumna. Pero de pronto su conducta cambió. Sus compañeritas le contaron a la profesora que Pamela se masturbaba en el baño y hacía que el resto la imitara. "Esto hago en mi casa", les decía la menor.
Esta es una de las historias incorporadas en el primer Manual de Prevención de Abusos Sexuales en Niñas, Niños y Jóvenes en Ambiente Escolar, elaborado por la Vicaría para la Educación del Arzobispado de Santiago.
El relato de lo que le ocurrió a Pamela es absolutamente pertinente, porque si bien los abusos a menores ocurren principalmente en el hogar, las consecuencias se observan en el colegio.
Por lo mismo, el manual entrega una serie de instrucciones a profesores y autoridades de los establecimientos que dependen del Arzobispado de Santiago, con el fin de que estén atentos a las señales indicativas de estos delitos. El documento fue elaborado por la psicóloga Claudia Arce Rodríguez.
SÍNTOMAS
Tal como en la historia de Pamela, algunos indicadores a los que hay que estar atentos son los cambios bruscos de conductas, pérdida de apetito, llantos frecuentes, miedo a estar solo o con determinados miembros de la familia y rechazo al padre o a la madre en forma repentina.
Además, las víctimas pueden mostrar resistencia a desnudarse o bañarse, aislamiento, problemas escolares, fantasías o conductas regresivas como chuparse un dedo u orinarse en la cama, tendencia al secretismo, agresividad, fugas, acciones delictivas, autolesiones o intentos de suicidio.
El manual también llama la atención sobre indicadores físicos como dolor, hematomas, quemaduras o heridas en la zona genital o anal; cérvix o vulva hinchadas o rojas; restos de semen en la ropa, la boca o genitales; ropa interior rasgada, manchada o ensangrentada, y dificultad para caminar y sentarse.
Asimismo, las víctimas pueden quejarse de dolor o picazón en la zona genital o vaginal, presentar infecciones urinarias o vaginales; secreciones, hemorragias, hinchazones, contusiones que no son atribuibles a accidentes y enfermedades de transmisión sexual.
También se debe estar pendiente de cambios en la esfera afectiva y sexual, como rechazo a las caricias y al contacto físico, conductas seductores o precoces como el conocimiento de actos sexuales inadecuados para la edad del menor, dibujos sexualmente explícitos, actividad sexual con juguetes, interés exagerado por el comportamiento sexual adulto y agresiones sexuales a otros menores.
QUÉ HACER
Ante la presencia de estos síntomas, el manual de la Vicaría recomienda resguardar la privacidad de la víctima. Si el menor quiere comunicar algo, el profesor debe llevarlo a conversar a un espacio reservado. También debe generar empatía con él y sentarse para quedar a su misma altura.
Asimismo, se debe procurar que el menor se sienta escuchado, acogido, creído y respetado a medida que va relatando los hechos. Mientras más confianza se le demuestra, mayor información proporcionará. En todo caso, no se le debe presionar para que hable.
También se recomienda no cuestionar el relato de la víctima, ni enjuiciarlo ni transmitirle prejuicios o experiencias personales en relación a este tipo de delitos. Se debe registrar en forma textual lo que el menor señala y no indagar más de lo necesario, para no contaminar el relato del niño, sobre todo cuando no hay pruebas físicas. Cuando el caso llegue a la justicia, profesionales adecuados se encargarán de las investigaciones.