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Domingo 8 de noviembre de 2009| por Ldice Varas
Durante toda esta semana la discusión cinéfila ha estado centrada en la polémica por la película que representará a Chile en la sección mejor filme extranjero en el Oscar. Ataques a la crítica por no haber apreciado a "La nana" en su momento, denuncias de presiones políticas en la elección de "Isla 10" y acusaciones de miopía de un lado para otro. El ambiente está caliente, pero todos tienen una opinión y quieren hablar sobre cine chileno. En medio de estos dimes y diretes se estrena "Ilusiones ópticas", el primer largometraje de Cristián Jiménez, luego de su archiconocido corto "El tesoro de los caracoles". La cinta no viene a calmar aguas ni a dividirlas, pero entra a la cancha persignada. Quizás los espectadores se saltarán la frase de oro "no me gusta el cine chileno" e irán al cine por curiosidad, sólo para saber qué están dirigiendo sus coterráneos, ojalá así sea, porque en la sala se encontrarán con una sorpresa: "Ilusiones ópticas" está bien lejos de ese "cine chileno" que es del que se ha querido debatir esta semana. Verán una cinta dirigida con prolijidad, con pasión desmesurada por el plano y su capacidad narrativa, dividida entre el humor absurdo y el drama intimista.
En la cinta se mezclan varios relatos: Juan (Iván Álvarez de Araya), ex ciego, aún no se acostumbra a ver y lo que observa no le gusta. Historia de "superación" que aprovechará Gonzalo (Álvaro Rudolphy) para grabar un comercial para Vida Sur, la empresa de servicios médicos que operó a Juan. La misma empresa en la que trabaja David (Gregory Cohen), un funcionario apegado al reglamento que acaba de ser trasladado, que en el lenguaje laboral moderno significa ser despedido; ahí también trabaja Manuela (Paola Lattus), una triste secretaria que ve en una cirugía plástica la oportunidad de sentirse bonita. Manuela vive con su hermano (Eduardo Paxeco), un guardia de mall que se enamora de una ladrona compulsiva (Valentina Vargas) casada con Gonzalo. Más allá del cruce circular de historias, Jiménez apuesta por describir visualmente, sin privilegiar una por sobre otra, ofreciendo a los personajes el espacio para desenvolverse y mostrar sus personales infiernos a través de gestos increíblemente humanos: ir a buscar una chaqueta para salir al frío, mirar desde el edificio a las personas que despidieron, una presentación a la que le faltan láminas, comer galletas en una reunión.
Filmada completamente en Valdivia, la ciudad, la humedad y la temperatura se cuelan en la fotografía y en el tono. El gris no sólo como color, también como el equilibrio entre lo negro de su humor y lo transparente de sus intenciones, porque la cinta, teniendo múltiples lecturas y enfoques -pasan tantas cosas en el primer como en el segundo plano-, no es engañosa ni pretenciosa. Se sabe inteligente sin ser rebuscada, se sabe divertida sin necesidad de chistes, mejor dicho con chistes que se demoran en cuajar.
"Ilusiones ópticas" es de esas películas que dan ganas de ver de nuevo inmediatamente, no sólo porque sea muy buena, de hecho esa no es su principal cualidad, sino porque nos deja perplejos, sabemos que estamos ante un hecho raro, una película apasionada con las posibilidades de contar historias con la cámara, egoísta en el mejor de los sentidos porque no tiene voluntad de masas, tiene, algo inusual, reverencia por el relato, sus personajes y sus cotidianas miserias.