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La carretera a Beijing

El problema es en todas partes el mismo: más personas, con mayores ingresos, que aspiran al automóvil propio para desplazarse.

Viernes 27 de agosto de 2010| por RAÚL SOHR

China bate récords de crecimiento económico. Este mes desplazó a Japón como la segunda mayor economía del mundo. El año pasado superó a Estados Unidos como el principal país productor de automóviles del planeta. Entonces salieron de sus plantas 13,8 millones de unidades, de las cuales ocho millones eran automóviles y el resto camiones, buses y tractores. Pero este desarrollo vertiginoso trae consigo algunas complicaciones mayores.

Mientras las fábricas vomitan más y más vehículos, no hay caminos y calles suficientes para darles cabida. Así, esta semana la carretera que une el Tíbet con Beijing vivió un embotellamiento de proporciones históricas. Debido al deterioro de una ruta alternativa, miles de camiones llegaron a formar una fila que se extendió por 100 kilómetros. Se estimaba que el paso por todo el atolladero podía tardar hasta nueve días.

La carretera en cuestión pasa por la Región Autónoma de Mongolia Interior. En esta ruta son miles y miles de camiones los que transitan cargados hasta el tope con carbón destinado a las cientos de centrales termoeléctricas. Éstas a su vez alimentan a decenas de millares de industrias. Si bien China ha desarrollado un enorme programa de construcción de carreteras, ellas no dan abasto. Es tal el volumen de tráfico que los caminos se desgastan con rapidez y requieren trabajos de mantención y eso es, precisamente, lo que ocurre en una vía alternativa. Además, otras autopistas no admiten camiones de ocho toneladas para arriba, lo que ha contribuido a semejante aglomeración de camiones.

Las descripciones del formidable taco recuerdan “La autopista del sur”, el lúcido cuento de Julio Cortázar en que narra la llegada a París, luego de las vacaciones de agosto, y en que numerosos vehículos quedan inmovilizados. A choferes y acompañantes no les queda otra que descender de los autos y tejen una serie de relaciones durante la espera. De la misma manera, los camioneros chinos han buscado matar el aburrimiento jugando a las cartas en improvisados tableros. Otros se quejan de que son acosados por vendedores de sopas de fideos y otras comidas típicas. Pero aun cuando llegan a Beijing saben que entran a la ciudad que tiene, junto con Ciudad de México, la peor circulación de tráfico del mundo. No sólo los vehículos se mueven a la vuelta de la rueda en las horas pico, sino que el aire es tóxico, entre otras cosas, a causa de tanto tubo de escape.

Las autoridades buscan distintas soluciones. En Shanghai han optado por carreteras elevadas. En algunas capitales asiáticas como Bangkok ya construyen carreteras a un tercer nivel. En Beijing han privilegiado calles ultraanchas de ocho pistas y más por lado. Pero ya sea en China o Chile calzan las palabras de un experto vial estadounidense: “Agregar más autopistas con mayor capacidad para resolver la congestión del tráfico es como comprar pantalones más anchos de cintura para resolver los problemas de la gordura”. El problema es en todas partes el mismo: más personas, con mayores ingresos, que aspiran al automóvil propio para desplazarse. Es una aspiración comprensible pero insustentable. Los niveles de consumo de petróleo y los millones de toneladas de emisiones de CO2 están alterando el clima del planeta.

Pero no sólo está el daño ocasionado por el calentamiento global a causa de los gases de efecto invernadero. También muchas ciudades están en vías de ser descuartizadas por enormes carreteras urbanas. Los automóviles, con sus respectivos estacionamientos, ocupan un lugar creciente. Es común en grandes ciudades que se instalen barras de metal para impedir que los vehículos se apoderen de veredas y platabandas. La libertad que brinda el automóvil es contraria, en cada vez más casos, al interés del bien común.

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