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  La democracia de los desacuerdos

  La colchoneta socialista, que frenaba en parte el inmenso descontento popular, ha caído. Las barreras y los compromisos ya no existen para el ejercicio de la otra política: la callejera, la brava, la vieja lucha obrera en sus infinitas versiones. Cuando las cuarenta lucas se acaben y comiencen los despidos sin indemnización y se pretenda meter la mano privada en Codelco, una dura democracia de los desacuerdos se hará sentir por doquier.

Domingo 7 de febrero de 2010| por Antonio Gil/ La Nacin Domingo

Como el avezado comerciante que es, imaginamos a nuestro flamante Presidente electo sacando un roñoso cuaderno en que se lee clarito: dos parlamentarios más para la Alianza en la Cámara, y tres representantes más para la Concertación en el Senado.

Un negocito complicado para el hombre como cualquiera puede ver. No les quepa duda que de ser de otra forma, en lugar de implorar, con tiritón de pera incluido, por una "democracia de los acuerdos" y un gobierno de "unidad nacional", el próximo Mandatario no trepidaría un segundo en pasarle al país una aplanadora por encima e inaugurar la nueva era de la "democracia de los cuchillos largos". ¿O alguien es tan incauto como para imaginar que actúa movido por algún afán altruista?

Debemos señalar que se equivocan los que creen que la democracia se restringe a ese mero ritual de balotas negras o blancas. De votos a favor o en contra en las cómodas esferas del parlamentarismo.

Recordemos que los trabajadores y sus organizaciones limitaron desde los noventa, y al máximo, sus acciones reivindicativas en pos de proteger la frágil transición. Y que, a causa de este ejercicio, debieron pagar un precio oneroso: la despolitización de su gente, ahora pasteurizados "ciudadanos" (¿qué carajo es eso?) y un brutal debilitamiento de los otrora poderosos aparatos sindicales.

Situación que, a la larga y en gran medida, colaboró en la brutal inequidad en la distribución del ingreso que hoy nos hace famosos en el mundo entero, y en el triunfo derechista de las diez lucas más del demagógico bono marzo, en el que Frei ofertó sólo treinta, contra los cuarenta de Piñera.

No deja de ser una paradoja que los "desalojadores" busquen ahora hacer un business con los desalojados, al tiempo que buscan involucrar en sus malabares a connotados hombres de la Concertación.

El punto es que todavía nadie conoce qué se vende y qué se compra en este Persa Bío Bío en que parecen querer convertir la política chilena, devolviéndola veinte años atrás, cuando no quedaba otra que la transa, el tira y afloja, el pan por charqui.

Se lo ve saltón a Piñera. Como si recién hubiese caído en cuenta que la mano le viene medio revuelta.

Pronosticamos el renacer de los díscolos de ambos lados del mostrador y un enrarecimiento insalubre de las maneras formales de hacer política. La colchoneta socialista, que frenaba en parte el inmenso descontento popular, ha caído.

Las barreras y los compromisos ya no existen para el ejercicio de la otra política: la callejera, la brava, la vieja lucha obrera en sus infinitas versiones.

Cuando las cuarenta lucas se acaben y comiencen los despidos sin indemnización y se pretenda meter la mano privada en Codelco, una dura democracia de los desacuerdos se hará sentir por doquier.

Es posible que los últimos en escucharla sean los ensalonados señores parlamentarios que comen Mahi Mahi con palmitos y otros pescados exóticos, con delicadas guarniciones, en los comederos del Parlamento y miran desde las alturas a los rotos huevones que los propulsaron a este Olimpo donde sus negociaciones o no negociaciones con el Piñerato valdrán verga al lado de los gigantescos despliegues de un pueblo engañado y desencantado que vuelve otra vez por lo suyo. Seguirá sacando cuentas el mercader y sus correveidiles.

No saca nada. Unos y otros afilarán sus dientes. La democracia de los desacuerdos, nos guste o no, se va a jugar en una cancha de tierra. Y no vemos árbitros preparados para dirigirla.

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