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  La encrucijada afgana

  Hasta ahora la estrategia básica de las fuerzas extranjeras, como antes lo hicieron los rusos, es eliminar la mayor cantidad posible de insurgentes. El acento de las operaciones está en el pleno empleo del poder de fuego. Esto trae aparejado, en forma inevitable, un gran número de bajas civiles, que a su vez acrecienta el rechazo a los invasores.

Viernes 2 de octubre de 2009| por Ral Sohr

Estados Unidos ha comprometido su credibilidad militar en Afganistán. El Presidente Barack Obama planteó, a lo largo de la campaña electoral, que era necesario cambiar el centro de gravedad de las acciones bélicas de Irak a Afganistán. A su juicio, los talibanes presentan una amenaza más seria, en términos de nutrir el terrorismo internacional, que la insurgencia iraquí. Dicho y hecho: las fuerzas norteamericanas han iniciado el retiro de Irak e incrementan sus esfuerzos en la campaña afgana.

Washington es acompañado en este viraje por sus aliados occidentales. Ya en marzo de 2007, Jaap de Hoop Scheffer, entonces secretario general de la OTAN, dijo en Kabul: "Nos guste o no, Afganistán es un frente de batalla en la lucha contra quienes quieren destruir la base de nuestras sociedades", y agregó: "Si no tenemos éxito en Afganistán, Al Qaeda nos atacará en Europa, así como lo hizo en Estados Unidos". Hace algunos días Anders Fogh Rasmussen, el sucesor de De Hoop, dijo que "los talibanes no tienen posibilidades de volver a tomar el poder", pero advirtió que si la OTAN se retira "pronto, habría terroristas en Afganistán atacando desde allí, provocando inestabilidad en Pakistán y Asia Central".

Es insólito que uno de los países más pobres del mundo, sin materias primas, en una región remota, con una población analfabeta, haya sido durante siglos un codiciado y sangriento campo de batalla. Los combates entre las fuerzas occidentales, la OTAN (ingresó en julio de 2006) y los insurgentes recrudecen. La inestabilidad es una constante desde la caída del régimen talibán en noviembre de 2001. Hoy, más de cien mil efectivos, provenientes de 37 países, intentan, con serias dificultades, mantener el país bajo control. Es una tarea compleja, porque remotas e inaccesibles regiones han gozado, desde tiempos inmemoriales, de una autonomía efectiva.

Hasta ahora la estrategia básica de las fuerzas extranjeras, como antes lo hicieron los rusos, es eliminar la mayor cantidad posible de insurgentes. El acento de las operaciones está en el pleno empleo del poder de fuego. Esto trae aparejado, en forma inevitable, un gran número de bajas civiles, que a su vez acrecienta el rechazo a los invasores. Para ganar legitimidad, la OTAN ha intentado crear una institucionalidad democrática. Con ese propósito fueron convocadas elecciones nacionales que exigieron un gran esfuerzo militar para minimizar la intimidación de los talibanes. El ejercicio no rindió los esfuerzos esperados debido a las denuncias, al parecer fundadas, de un masivo fraude perpetrado por el Presidente en ejercicio, Hamid Karzai.

Ahora Estados Unidos y la OTAN se preguntan cómo seguir adelante en una guerra que ha costado decenas de miles de vidas y más de cien mil millones de dólares. Una línea de acción propuesta es invertir más en la construcción de la sociedad afgana que en las ofensivas bélicas. Pero incluso es dudoso que esto prospere. La condición básica para un retiro gradual de las tropas extranjeras es la existencia de un gobierno, un ejército y una policía nacional capaces de dar la necesaria seguridad. La dificultad es cómo tener semejantes instituciones en un país que no se reconoce como nación. En vastas regiones la primera lealtad es hacia los clanes y sus respectivos señores de la guerra. Siempre es posible negociar con los diferentes caudillos y lograr algunos acuerdos. Pero ellos son transitorios e inestables. Esa es la historia de Afganistán y romper con ella, para construir un Estado moderno y democrático, constituye un desafío que parece estar más allá de los recursos de Occidente. Un objetivo más realista es neutralizar las actividades de elementos terroristas dejando al país a su suerte. Los esfuerzos deberían apuntar a mermar la influencia de los talibanes en Pakistán, que se ha convertido en una creciente fuente de inestabilidad. Los estrategos occidentales deberán, en plazos breves, definir sus cursos de acción.

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