
Lunes 12 de octubre de 2009| por YVON LE BOT/LE MONDE
"La vida loca", documental que Christian Poveda realizó sobre las maras, que finalmente lo asesinaron a principios de septiembre en El Salvador, se estrenó recientemente. Allí queda claro que estos grupos no son simples bandas de delincuentes juveniles, sino auténticas organizaciones criminales, unidas por el odio y la voluntad de destruir a sus contrincantes.
Tampoco son pandillas confinadas en un barrio, una ciudad o un país, sino redes inscritas en los flujos globalizados: migración, tráfico de drogas y de armas, modos culturales, flujo de información y de imágenes. Son transnacionales de la violencia que ilustran una de las caras sombrías de la mundialización.
De California a América Central, hay dos maras que dominan: la M18 y la MS13. Su nombre revela su código genético: mara es apócope de marabunta, colonia de hormigas gigantes que devoran todo a su paso. No obstante, estos grupos no surgieron en la selva amazónica, sino en la jungla de asfalto de Los Angeles (Estados Unidos), en las calles 18 y 13 respectivamente, en la época de la recuperación de las pandillas (años setenta y ochenta).
Las bandas latinas se formaron en barrios y prisiones para contrarrestar a las pandillas negras. Crecieron con la migración provocada por las guerras civiles, las crisis económicas, las catástrofes naturales y la marejada neoliberal que devastaron a los países del sur del río Bravo. Así, Los Angeles actualmente es una ciudad hispana en más del 50%.
A partir de los '90, EEUU realizó expulsiones masivas de inmigrantes, especialmente de miles de jóvenes delincuentes, encarcelados o no, originarios en su mayoría de América Central, donde las guerras, una tras otra, ya habían terminado. Más desarraigados y sin propósito en "su" país (donde jamás habían vivido algunos de ellos), estos jóvenes les dieron una orientación criminal a las pandillas locales que ya había. El aura californiana sedujo a los marginados de los acuerdos de paz, a soldados perdidos, guerrilleros sin empleo y huérfanos de la guerra.
Pero aunque están ancladas en territorios bien definidos, las maras han desprovincializado, desnacionalizado y desideologizado la violencia. Convertidas en apolíticas, ya no se limitan a la búsqueda de beneficios económicos. Se convierten en un modo de vida y en una fascinación: en un vértigo de muerto.
MARCAS INDELEBLES
El Salvador, Honduras y Guatemala han subido, al lado de Colombia, a los primeros lugares de los países de América Latina (y, por tanto, en el mundo) en materia de número de homicidios: alrededor de 40 por cada 100 mil habitantes. Esta violencia no es sólo obra de las maras, pero éstas son un actor central en ella.
Con la fuerza de varias decenas de miles de miembros (de 50 mil a 100 mil según fuentes oficiales), las maras se desarrollan en el terreno de una sociedad descompuesta, de núcleos familiares desintegrados por la guerra, la migración, la violencia doméstica y los maltratos infantiles. Operan como familias substitutas para jóvenes de entre 12 y 25 años de edad -a veces menos- que no tienen perspectivas, objetivos ni futuro.
Presos de la deriva y del desconcierto, más que de una situación desagradable -si bien algunos realizan algunos trabajos precarios-, estos jóvenes siguen viviendo con su familia o ya han fundado una. Se trata mayoritariamente de muchachos y en las maras reina un machismo brutal.
En ellas se entra mediante un rito de iniciación: golpizas, después robos y otros delitos menores, para después participar en violaciones colectivas, secuestros y asesinatos. Están vinculados por un pacto de sangre en la vida y en la muerte. Los tatuajes son una marca indeleble de esta pertenencia e inscriben al individuo en el cuerpo colectivo. Significan que el ingreso en la mara es un viaje sin retorno, que no se puede salir de ella más que muerto. Asociadas a una jerga propia y a signos codificados, las marcas corporales son una forma de identificar quién sé es y, así, son también una manera de desafiar a la banda rival.
LEÑA SECA
Extorsiones, secuestros por rescate y asesinatos afectan a todos los barrios populares de las ciudades centroamericanas, a veces a las clases medias, rara vez a las ricas. Los migrantes son presas particularmente vulnerables. Los miembros de las maras se han infiltrado hasta México y ahí atacan a los clandestinos en las rutas de la migración, hasta la frontera entre mexicana-estadounidense y aun más allá. Se reúnen con sus "hermanos" de pandilla que siguen activos en EEUU. Traficantes y consumidores de marihuana, de crack y de cocaína, suelen ser también mandaderos de los carteles mexicanos de la droga.
Hasta ahora, la respuesta de los gobiernos ha sido sobre todo la represión, lo que alimenta la espiral de la violencia. Como en Honduras, donde las maras han respondido a las masacres en las prisiones con matanzas en los autobuses.
Iglesias y algunas organizaciones no gubernamentales, también transnacionales, han establecido programas de prevención y de reinserción. Obligado por el déficit presupuestal, el gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, está pensando en vaciar las cárceles de su estado. ¿Sangre nueva para las maras?
* Sociólogo, especialista en América Latina y director de investigaciones de CNRS, y también pertenece a la EHESS; su libro más reciente es "La gran revuelta indígena".