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  La guerra de los drones

  Un arma robótica, operada a gran distancia, cambia el panorama político de los conflictos. Es un sueño castrense muy antiguo operar sobre territorios hostiles sin el riesgo de perder efectivos. La pesadilla de la captura de prisioneros que, en los hechos, se convierten en rehenes y, como tales, en piezas de negociación, se desvanece. Esto cambia la ecuación, y el país que dispone de este medio puede asumir una postura más agresiva al no exponer a sus soldados.

Domingo 31 de enero de 2010| por Ral Sohr / Columnista LND

La CIA libra un silencioso y letal duelo con los talibanes y sus aliados yihadistas en Afganistán y Pakistán. La agencia de inteligencia estadounidense recibió un duro golpe, el 30 de diciembre, cuando uno de sus principales expertos en la lucha contra Al Qaeda, junto a otros seis norteamericanos y un jordano, murieron en un atentado suicida perpetrado en una base operacional en la provincia de Jost, en Afganistán.

La repuesta de la CIA fue inmediata: multiplicó sus ataques mediante drones o plataformas aéreas no tripuladas. Tan sólo en las primeras semanas de enero ha lanzado once operaciones destinadas a matar militantes enemigos. Las misiones bélicas con estos ingenios vienen en ascenso. En 2009 se registró una cincuentena de incursiones con fines destructivos en que fueron descargados misiles y bombas.

Los drones, zángano en castellano, son ya una de las armas predilectas del arsenal de Estados Unidos. Su empleo se masifica en Afganistán y Pakistán (Afpak, como les llaman a ambos países en el Pentágono). Los alcances políticos y militares del uso creciente de estos ingenios bélicos ha abierto un debate en los países donde son utilizados.

Un arma robótica, operada a gran distancia, cambia el panorama político de los conflictos. Es un sueño castrense muy antiguo operar sobre territorios hostiles sin el riesgo de perder efectivos. La pesadilla de la captura de prisioneros que, en los hechos, se convierten en rehenes y, como tales, en piezas de negociación, se desvanece. Esto cambia la ecuación, y el país que dispone de este medio puede asumir una postura más agresiva al no exponer a sus soldados. Pero el otro lado de la moneda es que, al igual que los aviones tripulados, los misiles disparados desde los drones no discriminan entre insurgentes y civiles. En rigor, nunca podrán hacerlo pues la naturaleza de la guerrilla consiste en mezclarse con la población que les brinda cobertura. Esto es aún más evidente en las áreas tribales de Afpak en que los señores de la guerra son a la vez los cabezas de clanes. En 2009, los ataques mediante drones causaron más de 600 muertes en Pakistán. Según el Pakistan Institute for Peace Studies, con sede en Islamabad, la mayoría de las víctimas fueron civiles. La muerte de inocentes ha causado, como es natural, gran indignación y la oposición acusa al gobierno de permitir a una potencia extranjera ataques contra su territorio. La situación causa malestar entre los militares paquistaníes que exigen el fin de las incursiones.

El dilema para Estados Unidos es sopesar la eficacia bélica de los drones frente a los costos políticos que acarrea su uso. Es bien sabido que, en las guerras irregulares, el factor decisivo no es quien elimina el mayor número de enemigos. La balanza suele inclinarse a favor de quienes conquistan las mentes y corazones de la población.

Washington empleó drones ya en la primera guerra contra Irak en 1991. Lo hizo enviando una cantidad de ellos contra Bagdad. El objetivo fue activar la malla de radares y baterías para que descargaran su fuego. Los señuelos consiguieron su objetivo. Tras ellos volaban 60 aviones atacantes armados con misiles antirradares HARM que captaban las ondas que los guiaban hasta la fuente emisora. Así fue barrida buena parte de la capacidad defensiva antiaérea iraquí. A partir de ese momento las fuerzas de Sadam Hussein quedaron ciegas ante el masivo bombardeo aliado.

Los drones fueron empleados a lo largo del conflicto en Kosovo en la década de los 90. Allí se los destinó ante todo a misiones de reconocimiento. Su tarea era brindar información a los comandantes de lo que ocurre del otro lado del monte. Dotados de cámaras y sensores pueden reemplazar al clásico observador avanzado, como se llama al arriesgado uniformado que debe acercarse a las líneas enemigas para detectar blancos y, a menudo, dirigir y corregir la trayectoria de los tiros de artillería. La gran virtud de los drones es que no bien detectan un objetivo transmiten sus coordenadas en tiempo real. Este lapso de lo que los americanos llaman "sensor to shooter" (del sensor al gatillo) era de menos de una hora en la guerra de Kosovo; en Afganistán se redujo a unos segundos. Hoy el sensor y el gatillo son uno, pues el avión no pilotado es la plataforma de armamento.

La progresión de los drones en términos de horas de vuelo es exponencial. En 2006 volaron tres mil horas, el año pasado lo hicieron durante 25.000 y para este año estarán en el aire diez veces más: 250.000. El concepto de la guerra a control remoto gana fuerza. Los drones que operan en Afganistán pueden ser comandados desde cualquier lugar. De hecho, algunos son dirigidos desde la base aérea de Creech en Nevada y otra situada en Ohio, en Estados Unidos. Aunque las bases operativas, desde donde despegan y aterrizan están en Kandahar y Jalalabad, en Afganistán.

A lo largo del tiempo ha habido escritores que han pretendido presentar la guerra como una actividad romántica. Han subrayado el patriotismo y la camaradería. En rigor estos valores son una parte ínfima comparada con el tedio dominante interrumpido por breves fragmentos de combate, con la crueldad y el egoísmo, que termina por imponerse. Hoy, para los que guían los drones, que matan a miles de kilómetros, es una ordinaria actividad burocrática.

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