
Miércoles 13 de enero de 2010| por Sergio Muoz Riveros
¿Qué está en juego el domingo? Es muy claro. La posibilidad de que Chile siga teniendo una conducción progresista que asegure el rumbo que le ha permitido convertirse en la nación de América Latina que ha logrado mayores avances económicos y sociales, o la posibilidad de que se produzca un viraje a la derecha, cuyos resultados serían por lo menos inciertos.
El cuadro político de hoy es muy distinto del de la primera vuelta. El dato fundamental es el proceso de reunificación de las fuerzas de centroizquierda, que en diciembre se presentaron divididas en tres candidaturas.
Frei es hoy el representante del ancho y plural mundo progresista, en cuyo seno hay diversas sensibilidades y se plantean no pocas discrepancias, pero en el que existe una gran coincidencia: el rechazo a la involución derechista.
Es visible que el temor a la derecha ha actuado como estímulo para muchas personas que tienen una actitud crítica hacia la Concertación o han expresado reservas sobre el propio candidato, pero que manifiestan un rechazo frontal a lo que representa la coalición derechista, que encarna sobre todo el poder del dinero, nunca tan fielmente representado por quien es la tercera fortuna de Chile.
Inmediatamente después del 13 de diciembre hubo un visible cambio de escenario y de tendencia. El candidato que ha sumado fuerzas es claramente Frei.
Fue valioso el apoyo de Carlos Ominami a Frei nueve días antes de la elección. No debe haber sido sencillo para él desandar el camino que inició al dejar el PS, pero pesó más su comprensión de lo que está en juego, y eso merece reconocimiento. Su hijo prefirió demorar su gesto hasta el último momento.
Sintiéndose ya triunfadores, algunos representantes de la derecha han empezado a mostrar la bilis revanchista e incluso clasista que les anima. Si uno escucha a Víctor Pérez, de la UDI, o Andrés Allamand, de RN, el primer impulso es tomar resguardos personales frente a la eventualidad de que lleguen al gobierno. Otro tanto ocurre con Carlos Larraín, presidente de RN, que expresa un obsceno desprecio clasista y parece creer que todavía está combatiendo a los "upelientos" de 1973. El propio candidato no disimuló su desdén al referirse al presidente de la CUT.
Fue reveladora la discusión sobre la posible incorporación de ex funcionarios del pinochetismo a un eventual gobierno derechista. El comando aclaró que no había objeciones. El episodio mostró que, pese a todo, los herederos de Pinochet conservan una significativa influencia en las filas de RN y la UDI. Piñera no se atreve a decir ni una palabra contra el dictador por temor a la reacción de ciertos miembros de la cúpula derechista y la pérdida de votos entre los militares en retiro. ¿Cómo podría decir algo que molestara, por ejemplo, a Jovino Novoa, Alberto Cardemil, Pablo Longueira, Jorge Arancibia, Cristián Labbé, Iván Moreira, María Angélica Cristi, Patricio Melero y muchos antiguos incondicionales del régimen?
Es cierto que la derecha ha cambiado respecto de lo que fue durante los 17 años que colaboró con la dictadura, cuando funcionó la alianza entre las armas y el dinero, pero sigue siendo una fuerza que genera recelos desde la perspectiva de consolidar la cultura de la libertad, la igualdad de oportunidades, la lucha contra los abusos del mercado, la transparencia en el sector público y en el sector privado, la construcción de un Estado de derechos garantizados.
La fraseología de campaña usada por Piñera ha intentado disimular las creencias profundas de la derecha en cuanto a reducir el papel del Estado y ampliar la gravitación del mercado, y sobre todo la noción de que hay que permitir que surjan "los más capaces". Esto último trasunta inequívocamente la convicción conservadora de que las desigualdades sociales forman parte del "orden natural de las cosas".
La adhesión de la derecha a la idea de protección social ha sido dictada por el oportunismo. En el fondo, ha estado dispuesta a usar cualquier ropaje con tal de acceder al gobierno, incluyendo el viejo disfraz del "sheriff" que llega a limpiar el pueblo de malhechores.
Los antecedentes más rotundos sobre la forma de actuar de Piñera los aporta su trayectoria en el mundo de los negocios. En rigor, no ha creado ninguna empresa, sino que ha actuado como un hábil operador bursátil dispuesto a tomar todas las oportunidades. En 1997, aprovechó su condición de senador para negociar con Endesa-España y conseguir un mejor precio para sus acciones de Enersis, el que los pequeños accionistas no pudieron obtener. Lo ocurrido en LAN, en 2006, es su retrato perfecto.
Sería muy grave la eventual concentración del poder político, económico y de los medios de comunicación en las mismas manos. Es la conclusión elemental ante la línea seguida por un hombre que ha mostrado gran desaprensión en materia de métodos. Tal perspectiva no puede dejar indiferente a nadie que se identifique con una sociedad más democrática, en la que exista un sistema de contrapesos del poder.
A mucha gente le habría gustado reelegir a la Presidenta Bachelet, pero la Constitución no lo permitía. Sin embargo, Frei es el heredero y continuador de la línea de acción de la Presidenta, como ella misma se ha encargado de dejarlo en claro.
Al final de cuentas, los electores deberán pronunciarse sobre una cuestión fundamental: en quién vale la pena confiar; quién da más garantías de protección del interés colectivo; quién asegura mejor la estabilidad, la gobernabilidad y el progreso social.
Todo indica que el resultado será estrecho. Cada voto cuenta.