24 Septiembre 2020 01:32
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La tarea titánica de salvar a las ballenas del “zoológico de los muertos” en Dublín

Expertos del Museo de Historia Natural de Dublín tratan de desmontar, en el marco de la renovación del inmueble, dos enormes esqueletos de ballenas que se encuentran en altura por más de un siglo.

Inclinados sobre una enorme maraña de alambre y huesos en el Museo de Historia Natural de Dublín, un grupo de especialistas intenta delicadamente desmontar dos esqueletos de ballenas que han estado flotando sobre las cabezas de los visitantes durante más de un siglo.  

“Es un poco como trabajar en un rompecabezas, pero sin una caja o una bonita foto de la representación final”, bromea Nigel Monaghan, que está a cargo de la colección de animales disecados.

Porque para desmontar un esqueleto de ballena, explica a la AFP, “no hay ningún manual o guía de usuario”, de ahí la necesidad de un sólido conocimiento anatómico.  

Situado a proximidad de la oficina del primer ministro irlandés, dentro del Museo Nacional de Irlanda, el Museo de Historia Natural se está embarcando en un vasto proyecto de renovación de 15 millones de euros.

Fundada en 1856, la instalación es conocida afectuosamente por los irlandeses como el “zoológico de los muertos” por su enorme y algo macabra colección de animales disecados.  

“Vemos nuestro museo como una majestuosa mansión de la muerte”, dice Monaghan, que observa la obra desde una galería que da a la sala principal, donde se apilan cabezas de antílopes, tarros llenos de serpientes y un pingüino de dura mirada.

SALVAR A LAS BALLENAS

En preparación para la gran operación que está a punto de tener lugar, todos los residentes del museo están siendo embalados y almacenados.

Aquí yace la cabeza de un hipopótamo protegida con plástico de burbujas, allí un solitario colmillo en un cojín de espuma.  

El edificio tiene muchos problemas por resolver: mal aislamiento, falta de ascensor para los discapacitados, ausencia de salidas de emergencia en las galerías superiores. 

Pero las obras de renovación del inmenso techo de cristal del edificio se han topado con un gran obstáculo: los dos enormes esqueletos de ballena, emblemáticos del museo, que están fijados a él.

Con 20 metros de largo, un rorcual común -la segunda especie más grande del mundo después de la ballena azul- ha dominado la parte más alta de la sala desde que fue traída del sur de Irlanda a finales del siglo XIX.  

Al cetáceo se le unió en 1909 un compañero mucho más pequeño, una joven ballena jorobada de nueve metros que había encallado unas décadas antes en el pueblo de Enniscrone, en el noroeste de Irlanda.  

Ahora está rodeada de un andamio equipado con un complejo sistema de cables y poleas y una grúa que puede levantar hasta 2.000 kilogramos.

REFLEXIÓN Y EMOCIÓN

Desmontar el esqueleto de una ballena requiere expertos

Para esta titánica tarea, el Museo de Dublín ha traído a dos especialistas de los Países Bajos para trabajar con el equipo local, etiquetando con precisión cada hueso para que puedan ser fácilmente colocados de nuevo en su lugar tras las obras de renovación.  

En total, el desmantelamiento llevará casi tres meses, con interrupciones para permitir al equipo holandés regresar a sus hogares, mientras se instala el andamio alrededor del segundo cetáceo.

El trabajo tiene lugar a un ritmo extraño, consistente en un sinfín de horas dedicadas a evaluar la situación o a desarrollar estrategias, seguidas de unos minutos estresantes de delicadas manipulaciones.

Y a diferencia de un rompecabezas clásico, la tarea se vuelve más y más complicada a medida que avanza. 

Al quitar parte del esqueleto se altera su centro de gravedad, lo que puede hacer que la estructura ósea se mueva en el aire en cualquier momento y algunos de los huesos se fisuren.

Cuando el equipo finalmente decide quitar la aleta izquierda de la ballena jorobada, los múltiples huesos que la componen son firmemente unidos entre sí y fijados a la grúa que los pasa de las manos del personal en la parte superior del andamiaje a sus colegas debajo. 

Pero durante unos segundos, ninguno de los dos equipos los tiene en mano. 

Colgada al final de la grúa, la aleta se balancea repentinamente hacia la derecha, provocando gritos en la atmósfera silenciosa del museo. Finalmente llega abajo y es colocada de forma segura sobre una alfombra de espuma. 

La operación tiene que repetirse para otros 170 huesos que siguen esperando su turno. 

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