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  La verdadera derrota

  La política de los acuerdos, el nulo apoyo para medios de comunicación críticos al régimen, la negociación de la transición y la decisión de desarticular los movimientos sociales nos llevaron a progresar con la velocidad de un caracol, dependiendo de la venia siempre esquiva de la derecha, para todo había que pedirle permiso a la burguesía y al poder dominante.

Domingo 31 de enero de 2010| por Patricio Mery (*)

La derrota de la Concertación fue no haber construido un país de iguales. Durante veinte años, sus dirigentes no fueron capaces de desafiar al poder dominante de la derecha, tampoco se preocuparon de inculcar valores distintos a los del mercado a las nuevas generaciones. Promovieron el consumo como modelo de felicidad, al crédito y endeudamiento como la droga para alcanzar el bienestar.

Es verdad, el calamitoso gobierno entregado por Pinochet nos dejaba mucho por hacer, pero mientras se partieron el lomo por construir súper carreteras, no pusieron el mismo empeño en terminar con una educación clasista y excluyente. Mayores logros se ven en materia de salud, pero no así en otros ámbitos del desarrollo humano, como en el deporte, la cultura y el arte, que quedaron atrapados por las reglas del mercado, siempre brutal.

La política de los acuerdos, el nulo apoyo para medios de comunicación críticos al régimen, la negociación de la transición y la decisión de desarticular los movimientos sociales nos llevaron a progresar con la velocidad de un caracol, dependiendo de la venia siempre esquiva de la derecha. Para todo había que pedirle permiso a la burguesía y al poder dominante.

Tan sólo en el año 2005, se pudo realizar cambios cosméticos, pero relevantes a nuestra Constitución. Hasta esa fecha, tuvimos que soportar la inamovilidad de los comandantes en jefe, el Consejo de Seguridad Nacional del Estado, los senadores designados y hasta al mismo tirano sentado en el Congreso.

Cada vez que los gobiernos de la Concertación intentaron debatir sobre el pasado, poniendo una visión distinta a la del pinochetismo, la derecha saltaba del asiento para negar la sal y el agua.

Nuestro país es el producto de las políticas, formas y prioridades de los gobiernos de la Concertación de Partidos por la Democracia, que termina su vida útil, paradójicamente, pavimentando el camino para la llegada de neoconservadores a La Moneda.

Los triunfos macroeconómicos de Chile, que lo ubican entre las 15 naciones más estables del mundo, postergaron al país a estar entre las peores en redistribución de los ingresos. En Chile el poder adquisitivo regula todos los ámbitos de la vida.

La Concertación no tuvo el valor ni la voluntad para realizar cambios profundos. Muchos se acomodaron y aburguesaron, terminaron encandilados con sus nuevas amistades de la clase alta, se olvidaron que el pueblo los eligió para cambiar la vida de todos y no tan sólo la de ellos.

La verdadera derrota no fue haber perdido el gobierno, fue haber claudicado a los sueños de transformar a Chile en una verdadera república de la igualdad en libertad. Sin igualdad de oportunidades y de derechos no hay libertad. Es sólo una esclavitud disfrazada entre muchos comunes y pocos iguales.

En cambio, se optó por hacer de nuestra patria un caldo de cultivo para un modelo matizado del neoliberalismo mercantil, del conservadurismo valórico y de la excluyente y minoritaria política de los acuerdos, que hoy tiene a casi cuatro millones de ciudadanos sin participar en las decisiones del país. La derecha no ganó, fuimos nosotros los que perdimos el día que cambiamos los sueños por la comodidad y la fatiga de material.

(*) Patricio Mery, periodista, miembro del Comité Central PS Chile. merybell2006@gmail.com

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