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Miércoles 16 de mayo de 2012| por Juan Costeau
Hace un par de semanas y en esta misma columna propuse una situación que no estaba muy ajena a la realidad. El ansia desmedida por el dinero de Raquel Argandoña y Pablo Schilling tenía un damnificado: Raquel Calderón.
Tras el escándalo que copó los programas de farándula, la joven desapareció, se dijo que estaba con terapia en su casa y que necesitaba un descanso, incluso, de sus actividades universitarias. Nadie reparó, por supuesto, en que Argandoña era la piedra en su zapato.
Claro, muchos dirán que lo mejor en un momento difícil es refugiarse en la familia. Pero con la panelista de “Buenos días a todos” caben ciertas interrogantes. Ella es, por ejemplo, quien avaló que su hija -de poco más de veinte años- haya reingresado al quirófano para cambiar sus implantes mamarios y se aprovechara de quitar grasas de su cuerpo. ¿Para qué? Obviamente, para lo mismo que la ha movido durante su vida: ganar dinero.
Viviendo un obligado enclaustramiento y con Argandoña escuchando ofertas para que su hija contara sus cuitas de los últimos días, los sucesos eran, nuevamente, previsibles. Al primer descuido de la ex mujer de Eliseo Salazar, la joven iría en busca de diversión. Eso no sería un problema -es joven y debe entretenerse-, pero su caso es extremo: debe lidiar con una popularidad a la que fue arrastrada por su madre medicada con ravotril y alcohol, según propia confesión.
La imagen en que apareció acostada en una cama, riendo en forma inconexa y sobre Valentina Roth es la expresión de una personalidad dañada. Como un Hulk que no puede controlar sus distintas personalidades, Calderón está a punto de dar un salto al vacío. No se trata de ser alarmista. Más bien, es hablar con seriedad.
El modelo construido por Argandoña para su hija demuestra mucha dedicación pero escasa inteligencia. La panelista creó televisivamente a su hija, abducida por el poder económico que generaría a medida que fuera creciendo. Pero jamás intervino en sus pensamientos un mal peligroso y en constante acecho: la distorsión de la fama.
Más aún, en una joven que se expone a flashes desde antes de cumplir los quince años, lo mejor para Kel Calderón sería que su madre la obligara a llevar una vida normal a las de las mujeres de su edad. Si opta por el camino inverso, sufrirá graves percances. Britney Spears tendría su símil chilena.