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Las fortalezas del movimiento

JUAN PABLO PAREDES.- Resulta sociológicamente irresponsable, por lo menos, tildar al movimiento de intransigente y de infantilismo revolucionario, o reducirlo a un conjunto de inútiles subversivos o invocar a las fuerzas armadas para resguardar sus acciones.

Miércoles 17 de agosto de 2011| por Juan Pablo Paredes

Permítanme suplementar el argumento de Andrés Azocar que dice que las redes sociales han sido un elemento de la fuerza del movimiento, pero no el más significativo, y esgrimir -desde la sociología- algunas razones de la fortaleza del movimiento actual.

Primero, el respeto por la heterogeneidad y singularidad de cada participante en el movimiento. Las convocatorias son amplias, abiertas, plurales y a rostro descubierto, donde se respetan las individualidades de cada participante y/o asistente. Por tal razón es que vemos marchando a estudiantes, docentes, padres y apoderados, familias completas, adultos mayores, trabajadores y trabajadoras. Pero no sólo se respeta y fomenta tal diferencia, también su integración en un colectivo; es decir, este movimiento ha desarrollado un modo fuerte de colectivización. Al punto que se configura una subjetividad colectiva que ha definido un daño en común: la existencia de injusticias sociales y desigualdad social en la sociedad toda. Entonces, la primera característica que da fuerza al movimiento es la capacidad de construirse como una diferencia igualitaria, que permite individualizarse a cada participante al mismo tiempo que lo hace parte del colectivo. Tal característica es un logro que el movimiento protege de cualquier contaminación.

Segundo,  la variedad de prácticas y de repertorios de acción que el movimiento emplea. Marchas, actos, congregaciones, flashmob, correr por la educación, cacerolazos, entre otras. Además de la variedad de medios que utilizan: la presencia o la virtualidad y ambas combinadas. Tal variedad permite sostener y potenciar la primera característica. La diversidad de estrategias de acción respeta la forma en que cada quien se integra y puede participar del movimiento sin dejar de ser parte de él. Con ello se le respeta como un individuo singular, a la vez que es miembro del colectivo.

Tercero, la capacidad del movimiento de articular la serie de demandas que se han planteado, en tanto unidades coherentes. No es sólo el efecto de la articulación de demandas donde unas subsumen a las otras, sino la astucia que ha mostrado el movimiento para traducir cada una de las demandas a las necesidades de la otra, sin por esto traicionar la lógica de cada una. Por lo mismo es que la demanda por la educación pública, gratuita y de calidad ha podido articularse tan bien con las demandas de mayor democratización y participación de la ciudadanía en los asuntos que incumben a la sociedad en general, sin perder por esta combinación su fuerza particular. De tal forma las demandas adquieren un valor particular y general simultáneamente, lo que implica que la estrategia del movimiento se mantenga diversa, pero coherente, en función de estas demandas.

Cuarto, la configuración de una nueva gramática de lo público y lo común. Un efecto que actúa de manera retroactiva hacia el movimiento y su unidad, otorgándole más fuerza. Hemos pasado de la gramática nerudiana en los 90: “nos gusta cuando callan porque están como ausentes”,  a una gramática profundamente antinerudiana: “nos gusta cuándo gritan, cantan, marchan, se reúnen, porque están presentes”. La transición fueron claramente los pingüinos o los subcontratistas que trazaron el deseo de una nueva gramática, pero es el movimiento actual el que la construye. Lo que nos permite pensar que el de hoy no es ya un movimiento sectorial sino societal, siguiendo al politólogo boliviano Luis Tapia, un movimiento que apunta a transformaciones estructurales que incumben a la sociedad en su conjunto. La fuerza de esta gramática se ve en quienes pueden oponerse- a rostro descubierto y sin armaduras- a carabineros o encapuchados, vinculando la primera fortaleza con la última en tal acción.

Por tales argumentos resulta sociológicamente irresponsable, por lo menos, tildar al movimiento de intransigente y de infantilismo revolucionario, o reducirlo a un conjunto de inútiles subversivos o invocar a las fuerzas armadas para resguardar sus acciones. Ejemplos de que la desconfianza del movimiento a la política es proporcional al temor de la política a la ciudadanía movilizada.

Las características del movimiento le dan una fuerza impensada hace tres meses, pero a este no debemos temerle. Al contrario, aprovecharlo como una gran oportunidad de avanzar en democratizar nuestra democracia y la sociedad, partiendo desde la educación. Insisto, el movimiento no pregunta ¿qué hacer?, sino ¿cómo lo haremos?

Juan Pablo Paredes, académico Escuela de Sociología UD

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