
Domingo 17 de enero de 2010| por Ral Sohr
Los talibanes asestaron un golpe al plexo de la CIA en Afganistán.
Uno de sus principales expertos de la agencia estadounidense de inteligencia en la lucha contra Al Qaeda y el terrorismo yihadista murió en el atentado suicida, perpetrado el 30 de diciembre, en la base operacional de avanzada Chapman, en la provincia de Jost. Junto al oficial que había viajado especialmente desde el cuartel general de la CIA, en Langley, Virginia, murieron otros tres importantes agentes además de tres contratistas de seguridad estadounidenses. Éstos pertenecían a la empresa Xe, la sucesora, bajo nuevo nombre, de la desprestigiada Blackwater, acusada de numerosos crímenes en Irak.
Jalil Abu-Mulal al-Balawi, un médico jordano, es el protagonista de lo que probablemente es el mayor engaño del cual ha sido víctima la principal agencia de espionaje de Washington. Al Balawi fue reclutado por el Departamento General de Inteligencia (DGI) de Jordania, con él cooperó por más de un año ganándose la confianza de sus contactos. Dada la estrecha cooperación de la DGI con la CIA al-Balawi, fue propuesto para viajar a Pakistán con la misión de infiltrarse en la principal organización talibán en Pakistán, el TTP. Una vez logrado el contacto con los yihadistas éstos supieron encubrir su relación con al-Balawi, que operaba como un doble agente. Con astucia, los líderes del TTP entregaron valiosa información veraz a sus enemigos por intermedio de al-Balawi. De preferencia evaluaciones de daños causados por ataques aéreos que la propia CIA podía corroborar a través de sus aviones no tripulados. La dirigencia talibán buscaba establecer a su agente como una fuente creíble con accesos a altos niveles de la organización insurgente. Para fortalecer su imagen, una de las páginas internet de los talibanes lo señalaron como uno de sus nuevos reclutas bajo un seudónimo. Así, sus mandantes occidentales sabían de su progreso en la infiltración.
Cuando el TTP consideró que sus enemigos estaban listos para morder el anzuelo, había llegado la hora de ofrecerles una carnada que atrajese a la jefatura enemiga. Los deslumbraron con uno de los hombres más buscados: nada menos que Ayman al-Zawahiri, el segundo al mando de Al Qaeda, conocido en Occidente por múltiples videos en que se alterna con Osama bin Laden. Cuando en Langley supieron que al-Balawi podía entregarles el codiciado paradero, no vacilaron en despachar a sus jefes de alto rango. La trampa funcionó a la perfección. Era tal el valor que la CIA atribuía a la información que les entregaría al-Balawi que, para evitar que lo divisase algún afgano, se le permitió eludir los perímetros de seguridad. Era el momento que anticipaba el triunfo y los agentes CIA, en la base Chapman, se precipitaron a su encuentro. El doble agente no bien descendió del vehículo detonó la bomba que ocultaba bajo sus ropas. Sobrevivieron algunos agentes pues se encontraban del otro lado del vehículo.
El incidente dejó al descubierto las dimensiones de la guerra en Afganistán: una militar que es librada por el Pentágono y la OTAN frente a los combatientes talibanes. La otra, quizás la más decisiva, es la guerra de inteligencia. También dejó de manifiesto que tanto los occidentales como los talibanes coinciden en colocarla al centro de sus operaciones. El papel de la CIA, cuyos efectivos suelen ser motejados como las tropas del Departamento de Estado, es ante todo recabar inteligencia y diseñar planes políticos para dividir y desarticular a sus enemigos. En este plano, han tenido derrotas como les ocurrió en Vietnam y victorias como las que lograron frente a diversas insurgencias centroamericanas. En Afganistán, hay quienes consideran que la CIA ha asumido un rol de combate que la lleva a descuidar las misiones de inteligencia. Como, por ejemplo, operar los aviones no tripulados destinados a espiar y bombardear reductos enemigos.
La pericia con que los talibanes paquistaníes lograron obtener el máximo fruto del ataque suicida de al-Bawadi debe causar escalofríos a los mandos occidentales. Si lograron engañar a la CIA, y sus aliados jordanos, con seguridad podrán hacer mucho más entre los rangos de las fuerzas armadas y servicios de inteligencia afganos. Además en un país donde reina la corrupción y las lealtades tribales es más simple aún abrirse camino hasta las posiciones de poder. Nada es más destructivo para la moral de combate que dudar de las lealtades de los superiores y los camaradas de lucha. El éxito de los yihadistas es una señal que causará inseguridad en las filas del oficialismo afgano. Hasta ahora las fuerzas foráneas han estado a la ofensiva y ello, posiblemente, las ha llevado a descuidar sus defensas que en el campo del espionaje se llama contrainteligencia. Desde hace años los comandantes occidentales alertan que los insurgentes afganos son combatientes formidables, no solo por su coraje sino que por la versatilidad de sus tácticas. Ahora han descubierto que también pueden ser letales en el oscuro mundo del espionaje. //LND